A días de un vencimiento de deuda que no admitía épica ni tweets motivacionales, el Gobierno volvió a sacar del cajón el instrumento favorito de la Argentina cuando no hay crédito barato ni confianza real: el REPO. Esta vez por USD 3.000 millones, el tercero en lo que va de la gestión de Javier Milei, presentado en clave de “orden macro” y “normalización”, pero explicado con bastante más crudeza por Bloomberg.
La información no salió de un comunicado oficial ni de una conferencia con power point. Fue revelada en una nota publicada por Bloomberg y firmada por los periodistas Ignacio Olivera Doll y David Feliba, es decir, escrita directamente para la agencia financiera más influyente del mundo. Allí se detalla quiénes pusieron los dólares, cuánto pusieron y, sobre todo, qué tuvo que entregar la Argentina a cambio para poder llegar al viernes sin entrar en zona de default técnico.
Según esa investigación, seis bancos internacionales participaron del acuerdo. Banco Santander, BBVA y Deutsche Bank aportaron alrededor de USD 680 millones cada uno. Goldman Sachs sumó USD 510 millones, JPMorgan Chase otros USD 340 millones y, como frutilla geopolítica del postre, apareció el Bank of China con unos USD 100 millones. Un detalle menor solo para quien crea que la política exterior se hace con slogans: cuando faltan dólares, no hay alineamiento ideológico que valga.
El objetivo del REPO fue tan simple como poco glamoroso: juntar los dólares necesarios para pagar un vencimiento de deuda por USD 4.300 millones el 9 de enero, evitando volver al mercado voluntario de bonos, un mercado que sigue cerrado para la Argentina pese a los discursos sobre credibilidad recuperada. Para cerrar la operación, el país entregó como garantía bonos soberanos en dólares con vencimiento en 2035 y 2038, los conocidos Bonares, aplicándose un descuento del 40%. Traducido al castellano básico: hubo que poner alrededor de USD 5.000 millones en bonos para recibir USD 3.000 millones en efectivo.
Bloomberg lo resumió sin eufemismos ni metáforas: “Argentina entregó USD 5.000 millones para acceder a USD 3.000 millones en efectivo”. No es una frase militante ni opositora, es una descripción contable. Y también una señal clara del nivel de confianza real que existe: los bancos prestan, sí, pero con sobrecolateral, descuento agresivo y red de seguridad bien ajustada.
El Gobierno celebró que participaron bancos de primera línea. Es cierto. Lo que no se dice con el mismo entusiasmo es que ese financiamiento llega caro, condicionado y con prenda incluida. No es el crédito del alumno ejemplar, es el del deudor crónico que todavía no convenció a nadie de que esta vez es distinto. El Banco Central vuelve a ser la mesa donde se apilan bonos para evitar que las reservas muestren el golpe, mientras el problema de fondo queda intacto.
La presencia del Bank of China agrega una ironía difícil de disimular. En un gobierno que se declara alineado sin matices con Estados Unidos, China aparece cuando hay que cerrar la caja y pagar. La ideología funciona para los discursos; los dólares funcionan para los vencimientos.
En definitiva, el REPO no es un plan económico ni una señal de fortaleza. Es un puente precario para cruzar el mes, que se paga caro y se hipoteca a futuro. Entregar cinco para recibir tres no es normalización financiera: es urgencia. Y venderlo como éxito es, como mínimo, una operación de marketing que Bloomberg se encargó de pinchar con datos, nombres y números. Porque al final del día, el relato puede variar, pero la garantía queda.
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