Si alguien quiere entender por qué ciertos discursos actuales suenan tan viejos aunque se disfracen de “novedad”, no hace falta leer papers de Chicago ni seguir hilos de Twitter con gráficos mal citados. Basta con volver a El medio pelo en la sociedad argentina, de Arturo Jauretche. Ahí está todo. Con nombres, escenas, diálogos y una ironía quirúrgica que hoy incomodaría a más de un panelista “liberal”.
Jauretche no escribió un tratado académico: escribió una radiografía moral. El “medio pelo” no es una clase social estricta, sino una mentalidad. Es esa franja que no pertenece a la oligarquía real pero vive obsesionada con imitarla; que desprecia al pueblo mientras sueña con ser aceptada por quienes jamás la van a considerar par. Aspiracional, resentida y profundamente colonial en su cabeza.
Las escenas que el libro reconstruye —la familia Pradere, la patrona Sofía, la sirvienta Antola, el Jockey Club, la loza inglesa, la fascinación por Europa y el asco por lo propio— no son literatura costumbrista: son política. El medio pelo habla de cultura, de historia, de moral, pero siempre desde un lugar de sumisión simbólica. Admira al poderoso aunque lo desprecie. Odia al de abajo porque le recuerda lo que realmente es.
Uno de los pasajes más brutales del texto es el que describe la doble moral sexual de la alta clase y su zona de influencia. Para las hijas “bien”, todo está permitido; para el resto, castigo y desprecio. Jauretche lo muestra sin solemnidad, casi con sarcasmo, porque sabe que el privilegio no se justifica: se naturaliza.
¿De verdad hace falta explicar el paralelismo? Hoy los libertarios gritan “meritocracia” mientras heredan contactos, apellidos, capital simbólico y micrófonos. Predican la moral del esfuerzo… siempre que el esfuerzo lo haga otro. Se indignan con los planes sociales, pero jamás con la renta financiera. Denuncian al Estado cuando protege a los de abajo, pero lo reclaman urgente cuando el mercado los deja afuera.
El medio pelo del siglo XXI ya no se reúne en salones con alfombras persas: ahora tuitea. Cambió la loza inglesa por el Excel, el Jockey Club por el streaming, y la admiración por Francia por la devoción acrítica a Estados Unidos. Pero la lógica es idéntica: copiar al centro, despreciar la periferia y llamar “libertad” a la subordinación.
Jauretche entendió algo clave: el medio pelo no construye un proyecto propio. Construye un rechazo. Odia al pueblo porque el pueblo desarma su fantasía de superioridad. Por eso su discurso siempre necesita un enemigo interno: el negro, el planero, el sindicalista, el maestro, el científico, el jubilado. Hoy, como ayer, el odio funciona como pegamento identitario.
Los libertarios actuales encajan perfecto en ese molde. Se autoperciben rebeldes, pero repiten como dogma lo que dicta el poder económico global. Se dicen antisistema, pero defienden al sistema más concentrado de la historia. Se creen ilustrados, pero desprecian la historia nacional. Son, exactamente, el medio pelo que Jauretche describió: colonizados que se creen libres.
Leer El medio pelo en la sociedad argentina hoy no es un ejercicio nostálgico. Es un acto de defensa propia. Porque mientras el medio pelo siga creyéndose elite y actuando como policía cultural del poder, la Argentina seguirá discutiendo lo mismo: dependencia disfrazada de modernidad y ajuste presentado como virtud moral.
Jauretche no hablaba del pasado. Estaba hablando de ahora. Solo que todavía no existían los libertarios para confirmarlo.
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