Sarmiento contra el latifundio: la reforma agraria liberal que la historia prefirió olvidar - HISTORIANDOLA

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Sarmiento contra el latifundio: la reforma agraria liberal que la historia prefirió olvidar

No expropió estancias, pero quiso cambiar el modelo de país

Cuando se habla de “reforma agraria” en la Argentina, la imaginación suele ir directo a la expropiación de grandes estancias y al reparto de tierras. Las reformas agrarias no sólo lo hacen los comunistas. Bajo ese criterio clásico, es cierto que Domingo Faustino Sarmiento no hizo una reforma agraria clásica. No impulsó una ley nacional donde se confiscó latifundios ni redistribuyó la tierra de manera masiva. Sin embargo, reducir su política agraria a una “no reforma” es una simplificación interesada y muy oportuna para la historiografía tradicionalista y funcional al modelo agroexportador, quien es el dueño de la concentración de la tierra.





Lo que sí es verdad, es que Sarmiento intentó cambiar el patrón de propiedad y de producción, dejar atrás el predominio del latifundio improductivo y promover un país de pequeños agricultores propietarios, inspirado en el modelo de los farmers norteamericanos. No se trató de una reforma agraria por la vía de la expropiación, sino de una reforma agraria por desplazamiento del modelo, por colonización, subdivisión, crédito y educación. Y eso, para la oligarquía terrateniente, fue una amenaza real.

¡Epa! Mi profe de historia de la secundaria nunca me lo contó… si bien es un dato muy conocido, después de la acalorada disputa del campo por la Resolución 125 que ocurrió entre marzo y julio del 2008, “el campo” siempre quiso apropiarse de la figura de Sarmiento para enfrentar al peronismo, a pesar de caer en la contradicción de que la crema de la Sociedad Rural contemporánea al padre de la educación siempre lo odio.

Es que Sarmiento, metió el dedo en la llaga al darse cuenta de que el problema no era solo quién tenía la tierra, sino para qué. Para él, el latifundio no era únicamente una injusticia social: era un obstáculo para el desarrollo. Grandes extensiones en pocas manos implicaban baja densidad poblacional, escasa diversificación productiva y una economía rural dominada por la renta y no por el trabajo.


En sus textos y en su acción política aparece con claridad una idea central: la tierra debía estar en manos de quien la trabaja, no como consigna revolucionaria zapatista, sino como condición para el progreso material, la educación cívica y la democracia. Sarmiento caminó por el sendero del liberalismo clásico que busca libertad a través de la verdadera igualdad de condiciones para la conformación de un mercado interno fuerte.


Sarmiento no se mete a “repartir” tierras ya concentradas, sino crear un nuevo sujeto agrario que disputara cultural y económicamente el poder del estanciero tradicional. Su proyecto era la colonización agrícola y durante su presidencia (1868–1874) y también antes, impulsó con fuerza un esquema que era muy claro: subdividir tierras fiscales o provinciales, entregarlas o venderlas en parcelas pequeñas, atraer inmigrantes agricultores, facilitar crédito, infraestructura y educación, formar pueblos productivos y no simples puestos rurales.


Las colonias agrícolas eran el corazón de su proyecto y allí veía el germen de una sociedad moderna, alfabetizada y con propietarios independientes, muy distinta a la lógica del peón sometido a la estancia.


En ese sentido, Sarmiento se distanciaba tanto del latifundio ganadero como de cualquier idea de “campo sin gente”. Su ideal era un campo poblado, trabajado, escolarizado.


La prueba piloto fue mucho antes de llegar a la presidencia, cuando Sarmiento apoyó la experiencia de Chivilcoy como “laboratorio agrario”. Allí se avanzó en la abolición de regímenes de enfiteusis, en la subdivisión de la tierra y en el asentamiento de pequeños productores. De esta manera, Chivilcoy se convirtió en símbolo de algo peligroso para la elite: demostraba que otro campo era posible, sin grandes estancias, con productores independientes y con un entramado urbano-rural más igualitario.


No es casual que Sarmiento señalara esa experiencia como modelo a replicar. Tampoco es casual que no haya sido replicada a gran escala. ¿No es extraño?

 

El farmer contra el estanciero

El modelo que Sarmiento admiraba no era el del terrateniente europeo, sino el del farmer estadounidense: propietario de una parcela mediana, productor directo, educado, integrado al mercado interno y a la vida democrática.


Ese modelo chocaba frontalmente con la estructura social del campo argentino, basada en las grandes extensiones concentradas, mano de obra precarizada, baja inversión productiva, fuerte poder político de los propietarios.


Un detalle importante para remarcar, el régimen de enfiteusis era el sistema mediante el cual el Estado no vendía la tierra, sino que la cedía en uso por plazos muy largos (a veces casi perpetuos) a las principales familias acomodadas, a cambio de un canon anual muy bajo.


Por todo esto, es fácil advertir que no hacía falta expropiar para incomodar: bastaba con demostrar que el latifundio no era lo que necesitaba el pais.

 


La Sociedad Rural y un odio que no fue solo ideológico

Aquí aparece una hipótesis incómoda: el rechazo histórico de la Sociedad Rural Argentina hacia Sarmiento no se explica solo por su estilo, su anticlericalismo o su pluma incendiaria. Sarmiento cuestionó el núcleo material del poder rural: la idea de que la Argentina debía organizarse alrededor de pocas familias dueñas de la tierra.

Aunque no los expropió, les disputó el sentido del futuro. Sarmiento fue el único político en la historia del país que les disputó lo más preciado de nuestra oligarquía, la propiedad de la tierra. Al proponer un país donde el poder no naciera del tamaño de la estancia, sino del trabajo productivo, la educación y la ciudadanía, la elite acostumbrada a gobernar desde la renta de la tierra, no se lo perdonó nunca.

 

Por qué su proyecto no triunfó

La reforma agraria “a la Sarmiento” tenía límites evidentes. Por un lado, dependía de tierras fiscales disponibles (el pulpo oligárquico ya tenía casi todo) y en ese momento no había mucho para repartir, no tocaba la gran propiedad ya consolidada, necesitaba continuidad política que no tuvo y chocaba con intereses económicos muy poderosos.


Después de su presidencia, el rumbo fue otro. Llego la denominada “campaña del desierto”, paradójico que en todo ese desierto quizás había más gente que en la Ciudad de Buenos Aires (vean los comentarios en las redes como me van a insultar los unitarios algorítmicos) Con Roca la expansión territorial efectiva consolidó una de las mayores concentraciones de tierra del mundo en pocas manos. El latifundio no solo sobrevivió a Sarmiento: se fortaleció.


El poder real eligió el camino inverso al que Sarmiento había imaginado. Eso sí, con el paso de los años le rindieron homenaje y culto como uno de los símbolos sagrados, a pesar de que en su momento era el “demonio” en persona.

 

Una reforma agraria sin épica, pero profundamente subversiva

Tal vez el error historiográfico fue medir a Sarmiento con una vara que no era la suya. No fue un liberal conservador. Sarmiento dentro de la estructura del capitalismo en formación era un reformador de la estructura agraria lo que lo convierte un un verdadero revolucionario (en el sentido etimológico de la palabra) de querer hacer un cambio profundo, revolviendo las estructuras socioeconómicas.  Fue un reformador estructural que entendió que sin pequeños propietarios no había nación moderna posible.


Eso sí, su proyecto no buscaba venganza social contra los latifundistas. Eso ya lo había descargado contra Rosas, el indio, el gaucho y los negros. Ahora buscaba una transformación económica y cultural, que tocaba intereses fuertes. No expropiaba, pero intentó desplazarlos.


Y eso, en la Argentina, suele ser suficiente para ganarse enemigos de por vida, sino pregúntenle a Juan Domingo Perón o a Cristina Kirchner.

 

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