Siempre hubo estúpidos antivacunas: Bialet Massé ya los describía hace más de un siglo - HISTORIANDOLA

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Siempre hubo estúpidos antivacunas: Bialet Massé ya los describía hace más de un siglo

Una breve historia del atraso humano, contada sin memes y con más de cien años de ventaja.


Hay una fantasía muy extendida —y muy cómoda— según la cual el antivacunismo es una extravagancia moderna: una mutación cultural nacida en foros de internet, alimentada por algoritmos y bendecida por influencers que confunden libertad con ignorancia. Pero no. Lamentablemente no. La estupidez no necesita Wi-Fi para reproducirse.

A principios del siglo XX, cuando la viruela no era una consigna conspirativa sino una enfermedad que mataba de verdad, Juan Bialet Massé ya había tomado nota del fenómeno. Y lo hizo sin eufemismos, sin romanticismo y sin miedo a incomodar a los “civilizados”.

El dato es brutal y arruina cualquier relato progresista sobre el avance lineal de la humanidad: los pueblos originarios del Chaco corrían a vacunarse, mientras que los ilustrados —los que se llamaban a sí mismos ilustrados— se daban el lujo de no hacerlo.

Sí, leyó bien.



Los verdaderos “primitivos”

Bialet Massé observa algo que hoy haría estallar cualquier grupo de WhatsApp:
los indígenas tenían “terror pánico” a la viruela y huían de ella “como del fuego”. Apenas el médico del territorio anunciaba la vacunación periódica, eran los primeros en presentarse. Dejaban el trabajo, se cuidaban durante el desarrollo del proceso y protegían a sus hijos.

No por ideología.
No por obediencia ciega al Estado.
Por instinto de supervivencia.

Mientras tanto, los “civilizados” —esa categoría tan cara a las élites— se permitían el lujo de no vacunarse y, peor aún, de privar a sus hijos de “tal beneficio”. Bialet Massé no los trata con delicadeza: dice, sin rodeos, que los indígenas les dan una lección.

Una lección que sigue sin aprenderse.




Antivacunas antes de que fuera cool

El antivacuna de hoy se cree rebelde. Cree que desafía al sistema. Cree que es un disidente del pensamiento único. El antivacuna de 1900 era exactamente lo mismo: alguien que confundía desconfianza con inteligencia y prejuicio con pensamiento crítico.

La diferencia es que Bialet Massé todavía escribía en un tiempo en el que las consecuencias eran inmediatas: la viruela no daba margen para debates eternos ni para “opiniones alternativas”. Te vacunabas o te morías. Y aun así, había quienes preferían morir con convicciones antes que vivir con ciencia.

Nada nuevo bajo el sol.




La ironía que duele

Lo verdaderamente incómodo del texto no es solo que haya antivacunas desde siempre. Lo insoportable es quiénes no lo eran.

Los mismos indígenas a los que se acusaba de haraganes, atrasados, salvajes y peligrosos demostraban una racionalidad sanitaria superior a la de quienes se creían portadores exclusivos de la civilización.

Bialet Massé lo dice con elegancia, pero el mensaje es devastador:
la ignorancia no está en la selva, está en la soberbia.




El progreso no vacuna contra la estupidez

Podemos cambiar de siglo, de tecnología, de discurso y de plataforma, pero hay algo que permanece intacto: la resistencia de ciertos sectores a aceptar que el conocimiento científico existe para salvar vidas, no para controlar conciencias.

Antes era la viruela.
Después fue la polio.
Hoy son otras enfermedades, otras vacunas y las mismas excusas recicladas.

La historia no solo se repite: se burla de nosotros.

Porque si en 1900 los pueblos originarios entendían mejor la importancia de vacunarse que muchos ciudadanos del siglo XXI, el problema no es cultural, ni educativo, ni tecnológico. Es moral.

Y contra eso, lamentablemente, todavía no inventaron ninguna vacuna.






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