En tiempos en los que el ajuste se presenta como virtud moral y la recesión como una prueba de carácter, resulta útil volver a leer documentos históricos sin prejuicios ni consignas vacías. El Primer Plan Quinquenal del peronismo (1947–1951), analizado con rigor por Teresita Gómez en su libro Los planes quinquenales del peronismo. Objetivos, prioridades y financiación (Lenguaje Claro Editora), ofrece un contraste brutal con la orientación económica que hoy impulsa el gobierno de Javier Milei.
No se trata de nostalgia ni de épica. Se trata de concepciones opuestas sobre el rol del Estado, el mercado, el empleo y la sociedad.
Según reconstruye Gómez, el Primer Plan Quinquenal partía de una premisa incómoda para el liberalismo clásico y el libertarismo actual: el capitalismo, aun funcionando, genera crisis cíclicas. Por lo tanto, la función del Estado no era retirarse sino anticiparse. No intervenir cuando el daño ya estaba hecho, sino prevenir la depresión económica antes de que se instalara.
La planificación no era sinónimo de control total ni de estatización generalizada. Por el contrario, el modelo asumía explícitamente el carácter mixto de la economía. El sector privado no desaparecía: colaboraba con el Estado dentro de un esquema de planificación económica. Gómez es clara al señalar que esta concepción coincidía con la de la mayoría de las economías capitalistas de la posguerra.
Nada más lejano a la lógica actual, donde el Estado no coordina, no orienta y no previene, sino que se retira deliberadamente, aun sabiendo que el resultado inmediato será caída del consumo, destrucción del empleo y contracción de la actividad económica.
El Primer Plan Quinquenal entendía la política fiscal como una herramienta central. Impuestos y gasto público no eran males necesarios, sino instrumentos para elevar los niveles de vida, sostener la demanda y garantizar estabilidad. En materia tributaria, el plan proponía explícitamente trasladar la carga desde los impuestos indirectos y al consumo hacia los gravámenes directos: renta, beneficios extraordinarios, ganancias eventuales y transmisión gratuita de bienes.
El objetivo era simple y explícito: redistribuir la renta y la riqueza nacional según la capacidad de pago.
El contraste con la política de Javier Milei es directo y brutal. Mientras el peronismo histórico proponía gravar la renta y proteger el consumo popular, el gobierno actual ajusta jubilaciones, licúa salarios, elimina impuestos progresivos y descarga el peso del ajuste sobre quienes viven de ingresos fijos. Donde antes se buscaba redistribución, hoy se naturaliza la concentración.
Otro punto central del análisis de Gómez es la cuestión del empleo. El pleno empleo no era una consigna declamativa, sino un objetivo económico concreto. La experiencia de la crisis del ’30 y el temor a una nueva depresión llevaban a concebir el desempleo como un fracaso político, no como una variable aceptable del mercado.
Por eso el gasto público no era demonizado. El déficit presupuestario, cuando era necesario, se asumía como preferible a la desocupación, la miseria o la desigualdad. El razonamiento era claro: mejor déficit que desempleo.
Hoy, en cambio, el gobierno de Milei invierte la lógica: el superávit fiscal se presenta como fin en sí mismo, aun cuando se logre a costa de recesión, caída del salario real y destrucción del entramado productivo. El desempleo deja de ser un problema y pasa a ser un “costo inevitable” del ajuste.
Gómez también subraya que el peronismo no confundía planificación con improvisación. Planificar era estudiar escenarios, evaluar riesgos y tomar decisiones anticipadas. No actuar bajo la “angustia de la emergencia”, sino evitarla. De allí la definición clave que atraviesa el Primer Plan Quinquenal: planificación es prevención.
La política económica actual hace exactamente lo contrario. No previene: provoca. No amortigua ciclos: los profundiza. No corrige desequilibrios: los acelera. Y luego presenta el colapso como una herencia cultural o una fatalidad histórica.
Incluso en el plano internacional, el contraste es elocuente. El peronismo no negaba el sector externo ni idealizaba el aislamiento. Pero ante restricciones reales —boicot comercial, tensiones diplomáticas, falta de divisas— optaba por fortalecer el mercado interno, orientar la inversión y desarrollar producción nacional. La necesidad se transformaba en estrategia.
Hoy, en cambio, la respuesta es la apertura irrestricta, la primarización y la subordinación financiera, aun cuando eso implique desindustrialización y dependencia estructural.
El análisis de Teresita Gómez permite desmontar un mito central del discurso libertario: que la planificación económica es una rareza autoritaria. En realidad, fue una práctica racional, compartida por buena parte del capitalismo de posguerra, orientada a sostener producción, empleo y consumo.
Lo verdaderamente excepcional no es que el Estado planifique.
Lo verdaderamente excepcional —y peligroso— es que renuncie a hacerlo.
Mientras el Primer Plan Quinquenal buscaba evitar crisis, la política económica de Javier Milei las acepta como método. Mientras antes el objetivo era elevar el nivel de vida, hoy se lo sacrifica en nombre de una contabilidad ordenada. Mientras antes el Estado prevenía, hoy se retira y mira.
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