El Gobierno anunció con tono triunfal que consiguió un REPO por 3.000 millones de dólares con bancos internacionales. La noticia vino envuelta en palabras técnicas, sonrisas de ocasión y un comunicado prolijo del Banco Central de la República Argentina, como si se tratara de una proeza de ingeniería financiera y no de lo que efectivamente es: deuda para pagar deuda, con bonos como prenda y una tasa que habla por sí sola.
La operación, presentada como una “operación de pase pasivo”, no es otra cosa que entregar BONARES 2035 y 2038 como garantía para conseguir dólares frescos por 372 días, a una tasa equivalente al 7,4% anual. Traducido al castellano básico: el país deja bonos en el mostrador, recibe dólares prestados y promete devolverlos con intereses que no se condicen precisamente con la idea de “confianza plena” en el rumbo económico.
El comunicado del Central, conducido por Santiago Bausili, celebró además que hubo ofertas por USD 4.400 millones, un 50% más de lo licitado. Un detalle que el Gobierno exhibe como señal de éxito, pero que en realidad dice otra cosa: los bancos están dispuestos a prestar, siempre y cuando haya colateral y una tasa jugosa. No es amor, es negocio.
Pagar hoy, patear mañana
El objetivo inmediato es claro: llegar al vencimiento de USD 4.200 millones que este viernes deben cobrarse los bonistas privados, sin que las reservas del BCRA muestren una caída brusca. No es un plan de desarrollo, no es acumulación genuina de dólares, no es soberanía financiera. Es administración del calendario, una práctica conocida y repetida en la historia reciente argentina.
El primer día hábil del año, el Gobierno ya había enviado los avisos de pago correspondientes a los bonos en dólares y euros con vencimientos en 2030, 2035, 2036, 2038, 2041 y 2046. Todos ellos surgidos de la reestructuración de 2020, negociada por Martín Guzmán, para recomponer el desastre heredado de la deuda tomada durante el gobierno de Mauricio Macri.
Aquí aparece el detalle irónico que el comunicado oficial prefiere omitir: el actual ministro de Economía, Luis Caputo, fue el principal responsable de aquella deuda original. Hoy, desde el mismo despacho pero con otro discurso, gestiona préstamos para poder cumplir con los pagos derivados de una reestructuración hecha para ordenar el endeudamiento que él mismo impulsó años atrás. La rueda gira, pero siempre sobre el mismo eje.
La tasa que no miente
El 7,4% anual no es un número neutro. Es una señal clara de riesgo país elevado, de un mercado que no cree en cuentos de hadas fiscales ni en slogans libertarios. Si la Argentina fuera ese oasis de estabilidad que se proclama en conferencias y redes sociales, la tasa sería otra. Pero no lo es. Y los bancos lo saben.
El Gobierno insiste en mostrar que “no caen las reservas”, como si eso fuera sinónimo de fortaleza. En realidad, las reservas no caen porque se las reemplaza con deuda de corto plazo, garantizada con bonos que comprometen ingresos futuros. Es contabilidad creativa aplicada al Banco Central, no una mejora estructural.
REPO: la motosierra también se financia
Mientras el discurso oficial repite “ajuste”, “orden” y “fin del déficit”, la práctica concreta es la de siempre: financiar vencimientos con nuevos pasivos, solo que ahora se lo presenta como una jugada audaz y moderna. El REPO no es una herramienta malvada en sí misma, pero usarla como salvavidas permanente es admitir que el modelo no genera los dólares que promete.
La ironía final es casi perfecta: se paga deuda sin tocar reservas, se celebra la confianza del mercado y se refuerza el relato de solvencia, todo gracias a un préstamo caro y de corto plazo. Una escena conocida para cualquier argentino con memoria económica.
En resumen, no hay milagro. Hay deuda sobre deuda, nombres repetidos, bancos que hacen caja y un Estado que sigue corriendo detrás de los vencimientos. Cambian las consignas, cambian los comunicados, pero la lógica es la misma. El REPO no es el fin del problema: es apenas otra postergación prolija del ajuste que no cierra.
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