En su programa de televisión, Antonio Laje decidió transformar una posición ideológica en un artefacto visual de disciplinamiento social. En plena cobertura del paro general, colocó en pantalla un reloj que avanzaba segundo a segundo bajo un rótulo contundente: “Costo del paro general”. El número crecía sin pausa, como si el país estuviera perdiendo dinero en tiempo real. La escena no buscaba informar: buscaba inducir culpa.
Hay una escena casi doméstica que ese reloj intenta fabricar. El libertario indignado o la señora que mira la televisión desde el sillón repiten, con gesto preocupado: “Mirá todo lo que estamos perdiendo”. Y ahí aparece la gran mentira. No estamos perdiendo “todos”. No se evapora una riqueza común ni un bienestar colectivo. Lo que ese contador muestra es algo mucho más preciso: lo que ciertos sectores dejan de ganar cuando la fuerza de trabajo se detiene.
La pregunta, entonces, no es económica sino política. ¿Qué mide realmente ese reloj? No mide derechos vulnerados, ni salarios destruidos, ni puestos de trabajo eliminados. Mide ganancias no realizadas. Es el reloj del empresariado, el cronómetro del lucro interrumpido, no del daño social acumulado. Por eso corre. Por eso se acelera. Porque cada segundo sin trabajo es un segundo sin apropiación de valor.
El detalle que el propio dispositivo deja en evidencia es brutal. El capital —las máquinas, los edificios, las marcas, el dinero— hoy está quieto, paralizado. No produce nada por sí mismo. Sin trabajadores no hay movimiento ni valor. Sin embargo, el contador avanza. ¿Por qué avanza si el capital está inmóvil? Porque lo que mide no es una pérdida social, sino la riqueza que deja de generarse cuando el trabajador no pone el cuerpo. El reloj no corre a pesar del paro, corre por el paro. Corre porque la fuerza de trabajo no está siendo explotada.
Ahí la ironía se vuelve demoledora. El periodista, además acusado de abuso laboral, termina exhibiendo en pantalla la verdad que el discurso libertario intenta negar todos los días: que no es el empresariado el que genera la riqueza, sino el trabajador. El empresario no pierde lo que tiene. Deja de ganar lo que esperaba ganar gracias al trabajo ajeno. No es una pérdida: es una expectativa frustrada de apropiación. A confesión de parte, relevo de pruebas.
Presentar el paro como “costo” es una trampa conceptual. Se parte de la idea de que el funcionamiento normal de la economía es virtuoso en sí mismo, aun cuando ese funcionamiento implique salarios a la baja, precarización laboral, jubilaciones licuadas y una transferencia sistemática de ingresos desde el trabajo hacia el capital. En ese esquema, cualquier interrupción aparece como un delito. El paro deja de ser un derecho constitucional para convertirse en una amenaza al orden.
Lo que nunca aparece en pantalla es lo verdaderamente costoso. No hay relojes que cuenten el dinero que los trabajadores pierden mes a mes por la inflación. No hay contadores que midan las horas extras no pagadas, el pluriempleo forzado, el tiempo de vida que se va en viajes interminables para sostener ingresos de miseria. No hay relojes que marquen la renta extraordinaria de los grandes grupos económicos ni el costo social del ajuste. Ese reloj no existe porque no conviene que exista.
Si hubiera un reloj del trabajador, no empezaría a correr el día del paro. Llevaría años funcionando. Marcaría salarios que no alcanzan, derechos recortados, estabilidad perdida, futuro hipotecado. Sería un reloj silencioso, sin gráfica espectacular, pero infinitamente más honesto. Un reloj que no se detiene nunca, porque la pérdida es cotidiana.
El paro general no crea el conflicto. Lo revela. Detiene por un día una maquinaria que el resto del tiempo avanza sin freno sobre quienes viven de su trabajo. Por eso incomoda tanto. Por eso necesita ser traducido en cifras alarmantes y números en rojo. El verdadero escándalo no es que el país se frene un día, sino que funcione todos los demás días en contra de la mayoría. El reloj de Laje, en su afán de asustar, termina diciendo la verdad que pretende ocultar: cuando el trabajador falta, la riqueza no se crea. Y eso, precisamente, es lo que el contador confiesa segundo a segundo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario