El capitalismo como zoológico, la trampa de “cazar adentro” y la idiotez libertaria - HISTORIANDOLA

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El capitalismo como zoológico, la trampa de “cazar adentro” y la idiotez libertaria

El latiguillo libertario que acusa a ciertos empresarios de “cazar dentro del zoológico” pretende denunciar privilegios y connivencia con el Estado, pero parte de una premisa falsa. No existe un mercado fuera de reglas. El capitalismo en sí mismo es un zoológico. Imaginar un “afuera” como una selva sin ley no solo es ideológicamente funcional: es conceptualmente insostenible.


Cada vez que en las redes sociales se repite la acusación de que un empresario “caza dentro del zoológico”, se intenta instalar la idea de que existe un capitalismo auténtico, natural y no intervenido, del cual algunos se desvían aprovechando al Estado. Esa distinción es falsa desde su origen. No hay capitalismo sin reglas, sin instituciones y sin poder político. El capitalismo real, el único que ha existido históricamente, es un sistema organizado, cercado y jerarquizado. Es, en términos estrictos, un zoológico.

La metáfora implica necesariamente la existencia de un “afuera del zoológico”. Ese afuera, por oposición, sería una selva. Y una selva supone ausencia de ley, de Estado, de contratos, de moneda y de coerción legítima. Es un espacio prepolítico. Pero ningún capitalismo puede existir en esas condiciones. Sin derecho de propiedad no hay inversión, sin contratos exigibles no hay intercambio, sin Estado no hay moneda ni mercado. Pensar un capitalismo viable en una selva sin reglas no es una postura teórica: es un error conceptual que no resistiría una mesa de examen universitaria elemental.

En ese supuesto “afuera”, nadie podría siquiera “cazar” en sentido económico. No habría propiedad sobre lo obtenido, no habría mercado donde venderlo, no habría moneda con la cual cobrarlo. El cazador no sería un empresario sino un saqueador. Eso no es libre mercado, es violencia directa. Confundir capitalismo con anarquía no es radicalidad: es ignorancia.

Sin embargo, el libertarismo necesita esa ficción para sostener su relato. Por eso señala selectivamente a ciertos empresarios como cazadores indignos y omite a otros. Denuncia al que vive de la obra pública o de la protección estatal, pero calla frente a la especulación financiera, la fuga de capitales, los monopolios privados, el endeudamiento externo o las privatizaciones diseñadas a medida. Todas esas prácticas también dependen de leyes, tribunales, bancos centrales y decisiones políticas. Todas también ocurren dentro del zoológico. La diferencia no es económica, sino ideológica.

La función del latiguillo es desplazar un problema estructural hacia una condena moral individual. En lugar de discutir quién diseña las reglas del capitalismo, quién concentra poder y quién siempre cae parado, el debate se reduce a señalar tramposos. El sistema queda fuera de discusión. No se cuestiona el zoológico, solo a algunos de sus ocupantes. Así, la metáfora no ataca al poder económico: lo protege.

El mito del “cazador libre”, ese empresario heroico que triunfa solo con talento en la supuesta selva del mercado, completa la operación. La historia económica muestra lo contrario. Las grandes fortunas no nacen en la intemperie: se construyen sobre herencias, concesiones, privatizaciones, endeudamiento y marcos regulatorios favorables. Antes de que alguien salga a cazar, el territorio ya fue cercado. El capitalismo real no es una selva abierta: es un coto de caza privado.

El objetivo final de esta narrativa no es eliminar privilegios, sino deslegitimar al Estado como herramienta de regulación y redistribución. Pero eliminar al Estado no elimina el zoológico. Elimina a los cuidadores. Y cuando desaparecen las reglas, no aparece la libertad: aparece la ley del más fuerte y una concentración aún mayor del poder económico.

Decir que un empresario “caza dentro del zoológico” supone que existe un capitalismo fuera de reglas. Esa idea es falsa. Todo mercado es un zoológico. La diferencia no está entre cazar adentro o afuera, sino entre quienes escriben las reglas y quienes solo las padecen. El latiguillo libertario no cuestiona al poder económico: lo encubre. Y mientras se discute la metáfora, el zoológico sigue funcionando exactamente como fue diseñado.

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