La frase pertenece a "El Martillo de las Brujas", de Indio Solari y los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, pero podría leerse tranquilamente como una advertencia política antes que como una línea de rock. Porque hay momentos en los que aguantar deja de ser paciencia y empieza a ser claudicación. Momentos en los que esperar que otros decidan equivale a aceptar que lo decidido será siempre en contra de los mismos. El 17 de octubre de 1945 fue uno de esos momentos. Y por eso vuelve a resonar hoy, cuando en nombre de una reforma laboral se destruyen derechos conquistados por el movimiento obrero, mientras la frialdad de la Confederación General del Trabajo vuelve a ocupar el centro de la escena.
Hay una idea cómoda, tranquilizadora, que se repite cada vez que se habla de organización y pueblo: que los procesos históricos avanzan cuando las conducciones deciden avanzar. Que la historia espera el comunicado, el plenario, la resolución votada por mayoría. Es una idea ordenada, prolija, profundamente falsa. El 17 de octubre de 1945 está ahí para recordarlo con una contundencia que todavía incomoda.
Ese día no ocurrió porque alguien lo planificó. Ocurrió porque la necesidad social no admite demoras administrativas. Ocurrió porque cuando las organizaciones dejan de cumplir su deber histórico de estar al servicio de las grandes mayorías de los trabajadores, los pueblos no acatan: desbordan.
Conviene aclarar un punto desde el inicio, porque ahí está una de las claves políticas del episodio. La CGT sí convocó a un paro general. La convocatoria fue real, formal y explícita. El paro estaba fijado para el 18 de octubre de 1945. No hay discusión posible sobre ese dato. Y lejos de debilitar el análisis, lo vuelve mucho más filoso: el pueblo no actuó porque no hubiera organización, sino porque la organización llegó tarde.
A comienzos de octubre de 1945, Juan Domingo Perón había logrado algo que el sistema político argentino no estaba dispuesto a tolerar demasiado tiempo: una relación directa con los trabajadores que desbordaba los márgenes tradicionales del poder. Desde la Secretaría de Trabajo y Previsión había impulsado derechos laborales, fortalecido sindicatos y modificado una estructura social que parecía inamovible. Eso generó adhesiones masivas y rechazos furiosos.
El 9 de octubre fue forzado a renunciar. El 12, detenido y enviado a la Isla Martín García. El cálculo era simple: sin Perón en escena, la calle se enfría; sin calle, el conflicto vuelve al terreno manejable de las negociaciones. La CGT reaccionó dentro de su lógica histórica: deliberar, negociar, medir fuerzas, buscar garantías. Finalmente resolvió convocar a un paro general para el 18 de octubre.
Todo era correcto. Todo era responsable. Todo era insuficiente.
Porque el 17 de octubre, un día antes del paro convocado, los trabajadores no esperaron. No aguardaron el horario. No respetaron el cronograma. Desde Berisso, Ensenada, Avellaneda, La Boca y el sur industrial del conurbano comenzaron a salir de las fábricas. Pararon de hecho. Caminaron kilómetros. Cruzaron el Riachuelo como pudieron y avanzaron hacia la Plaza de Mayo con una consigna tan elemental como definitiva: “Queremos a Perón”.
No fue un gesto antipolítico. No fue una rebelión contra la organización sindical. Fue algo más incómodo para cualquier estructura burocratizada: una interpelación directa a su función histórica. Los trabajadores no desconocieron a la CGT; le señalaron, con el cuerpo, que cuando la urgencia aprieta, la representación que se demora deja de representar.
Ahí está la herejía fundacional del peronismo, muchas veces celebrada, pocas veces asumida en serio. El movimiento nace de una indisciplina popular. No de una orden perfecta, sino de un desborde. De una decisión colectiva que no pidió permiso ni esperó autorización. De una acción que se adelantó incluso a su propia conducción.
Otro dato que incomoda a los relatos prolijos: cuando Perón finalmente reapareció en escena, la Plaza ya estaba llena. No fue el líder convocando a las masas; fue la movilización forzando la liberación del líder. Trasladado primero al Hospital Militar, Perón habló esa misma noche desde el balcón de la Casa Rosada. Pero el hecho político ya había ocurrido. El poder ya había cedido. El vínculo ya se había restablecido. El balcón fue consecuencia, no causa.
Con el paso del tiempo, el 17 de octubre fue incorporado al calendario sagrado. Actos, discursos, rituales, liturgia. Todo ordenado. Todo simbólico. Todo cuidadosamente despojado de su elemento más peligroso: la desobediencia popular. Porque institucionalizar la épica tiene un costo: borra el conflicto, suaviza el desborde y convierte la urgencia en postal.
Sin embargo, el dato sigue ahí, incómodo como una astilla que no termina de salir. El paro general estaba convocado para el 18 de octubre. La historia ocurrió el 17. No porque el pueblo despreciara la organización, sino porque la organización no estuvo a la altura del momento.
El 17 de octubre no enseña que las organizaciones sean innecesarias. Enseña algo mucho más perturbador: no son eternas ni infalibles. No existen para administrarse a sí mismas, sino para defender conquistas concretas. Cuando se enfrían, cuando calculan, cuando miran para otro lado mientras avanzan reformas que arrasan derechos laborales construidos durante décadas, dejan de ser dique y pasan a ser obstáculo.
“No será pecado aguantar que decidan una vez derramar”. La frase vuelve, entonces, como cierre lógico. Porque el 17 de octubre enseñó que aguantar no siempre es virtud. Que esperar no siempre es sabiduría. Que cuando las organizaciones olvidan su obligación histórica de estar al servicio de las grandes mayorías, los pueblos no se resignan: avanzan.
El paro estaba convocado para el 18 de octubre.
El pueblo salió el 17.
No por capricho. No por romanticismo. Sino porque cuando se trata de defender lo conquistado, aguantar nunca fue la opción de los pueblos aunque los medios te digan lo contrario y te quieran hacer creer que tus derechos están profundamente ligados a las necesidades de los patrones y empresarios.
Prof. Walter Onorato
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