Bouchard no fue un aventurero suelto ni un pirata sin causa. Actuaba como corsario con respaldo estatal, amparado por una patente legal de corso otorgada en 1817 por el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuando el Director Supremo era Juan Martín de Pueyrredón. Ese documento lo autorizaba formalmente a atacar naves, puertos y bienes del Imperio español en cualquier mar del mundo. No operaba por cuenta propia ni al margen de la ley: era un agente naval de la revolución, con papeles, bandera y mandato político claro.
En un contexto en el que España intentaba estrangular a las nuevas repúblicas americanas bloqueando sus rutas comerciales y manteniendo su supremacía marítima, el corso era una herramienta legítima de guerra. Golpear lejos era una forma de debilitar el centro del poder imperial. Al mando de la fragata La Argentina, Bouchard emprendió una travesía extraordinaria que lo llevó a circunnavegar el planeta. El objetivo no era la gloria personal, sino abrir frentes, hostigar al enemigo y demostrar que la revolución americana no estaba confinada al Río de la Plata.
El Pacífico, considerado durante siglos un lago español, iba a ser escenario de una irrupción inesperada. En noviembre de 1818, la expedición puso proa hacia la costa de California, entonces bajo dominio español. El blanco fue Monterey, capital militar de la Alta California y sede del presidio que simbolizaba la autoridad imperial en la región. El ataque fue planificado y decidido. Tras el desembarco y los combates con las fuerzas locales, Bouchard logró tomar el fuerte. Durante varios días, la bandera argentina flameó en suelo californiano.
No hubo improvisación ni pillaje descontrolado. Se capturaron pertrechos, se inutilizaron defensas y se negociaron prisioneros. La operación tuvo un sentido político nítido: enviar un mensaje inequívoco de que el Imperio español ya no estaba a salvo ni siquiera en los confines más alejados de su dominio. Aquella bandera no anunciaba una conquista territorial, sino algo más inquietante para la lógica colonial: la certeza de que la independencia americana tenía alcance global.
La dimensión histórica de la hazaña suele minimizarse. Sin embargo, lo ocurrido en California fue una operación de guerra transoceánica, ejecutada por una nación en formación, sin una gran flota regular y con recursos limitados, pero con decisión política y una visión estratégica notable. Mientras Europa intentaba recomponerse tras las guerras napoleónicas y España soñaba con restaurar su poder colonial, la Argentina proyectaba fuerza naval a miles de kilómetros de sus costas mediante decisiones conscientes de su conducción política.
Tal vez por eso Bouchard incomoda. Recordarlo implica aceptar que la Argentina nació pensando en términos de soberanía, proyección internacional y poder, no como un actor pasivo del sistema mundial, sino como un sujeto dispuesto a disputar espacios incluso en los océanos dominados por los imperios.
Hoy, en California, la bandera argentina vuelve a flamear. No como trofeo de guerra, sino como símbolo histórico y conmemorativo en los sitios donde se recuerda la expedición de Bouchard. Es una presencia pacífica, pero cargada de sentido: dos siglos después, la memoria de aquella osadía sigue viva en la misma tierra donde alguna vez sorprendió al poder imperial.
Y es justamente allí donde el contraste con el presente se vuelve incómodo. Mientras en 1818 la Argentina se atrevía a desafiar a un imperio en su propio patio trasero, hoy parte del discurso libertario propone una relación de obsecuencia explícita con el nuevo poder hegemónico, los Estados Unidos. Donde antes hubo decisión soberana y audacia estratégica, ahora se celebra la subordinación como si fuera realismo, y la renuncia a toda autonomía como si fuera modernidad.
Bouchard llevó la bandera argentina a California para demostrar que no aceptaba tutelas ni jerarquías imperiales. El contraste con el presente es brutal: pasamos de disputar poder a pedir permiso, de incomodar al imperio a aplaudirlo. Por eso su gesta no es solo pasado. Es una pregunta abierta al presente. Y una vara incómoda para medir hasta dónde estamos dispuestos —o no— a defender la idea misma de soberanía.
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