El síndrome Stephen Candie y el odio libertario a los derechos populares - HISTORIANDOLA

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El síndrome Stephen Candie y el odio libertario a los derechos populares

La escena es breve, casi anecdótica, pero condensa una verdad incómoda. En Django sin cadenas hay un momento en el que Stephen, el mayordomo negro de la plantación Candyland, estalla de furia. No contra su amo blanco. No contra el sistema esclavista que lo somete. Se enfurece porque ve llegar a un hombre negro montado a caballo. No lo tolera. No lo soporta. No porque él quiera un caballo, sino porque el otro no debería tenerlo. La frase lo dice todo: “¿Para qué quiero yo un caballo? Yo lo que quiero es que él no lo tenga”.


Esa escena, que Quentin Tarantino construyó con una precisión quirúrgica, no habla del pasado. Habla del presente. Habla de una psicología social que atraviesa épocas, regímenes y discursos políticos. Stephen no es simplemente un esclavo obediente: es el guardián interno del orden. El celador voluntario de una jerarquía que lo degrada. No sólo acepta la lógica del amo: la defiende con más odio que el propio amo. Ese es el verdadero horror del personaje. No su servidumbre, sino su convicción.

Stephen no tiene apellido, pero se cree un Candie. No tiene poder real, pero actúa como si fuera parte de la familia dominante. No es libre, pero vigila a quienes podrían parecerlo. Su rol es claro: impedir que alguien “inferior” rompa el molde, aunque sea mínimamente. El problema no es la desigualdad en sí, sino la osadía de quien intenta salir de su lugar. Por eso la imagen del caballo lo descoloca tanto. Porque el caballo simboliza estatus, movilidad, dignidad. Y eso, para Stephen, es imperdonable cuando lo encarna otro como él.

Pero hay algo todavía más perturbador en Stephen, y ahí es donde el paralelismo con los libertarios de Javier Milei se vuelve inevitable. Stephen no es sólo un personaje del pasado: es una conducta contemporánea. No sólo acepta la lógica del amo: la internaliza, la amplifica y la ejecuta con un odio que muchas veces supera al del propio dominador. Como muchos libertarios actuales, no necesita que el poder le ordene nada. Se adelanta. Justifica el ajuste antes de que ocurra. Aplaude el castigo antes de padecerlo. Señala al que protesta con más violencia verbal que el funcionario que firma el recorte.

El amo —ayer el esclavista, hoy el gran capital— puede permitirse cierta distancia, incluso cinismo o cálculo. El libertario–Stephen no. Su identidad depende de demostrar lealtad permanente. Sabe, aunque no lo formule, que no pertenece al poder real. Y precisamente por eso necesita ser útil. Defender el modelo con fanatismo. Repetir el discurso con más crudeza. Denunciar al trabajador, al jubilado, al estudiante, al sindicalista. No por convicción económica profunda, sino por miedo. Miedo a quedar del lado equivocado si alguna vez el orden se resquebraja.

Ese exceso no es ideológico: es psicológico y político. El libertario que se cree parte del poder no tolera fisuras. Cada derecho ajeno es vivido como una amenaza personal. Cada política redistributiva es leída como un robo. Cada gesto de organización popular lo expone. Por eso reacciona de manera desmedida. Por eso odia con más intensidad que quienes realmente se benefician del sistema. El poder económico puede negociar; el libertario–Stephen no. El poder puede ceder; él necesita aplastar. Porque si el modelo cae, no tiene red, no tiene caballo y no tiene relato al cual aferrarse.

Ese comportamiento no es una excepción cinematográfica. Es un patrón social. Y en la Argentina actual tiene nombre y apellido político. El libertarismo que orbita alrededor de Javier Milei está plagado de Stephens. Personas que no concentran riqueza, no toman decisiones estratégicas, no se benefician estructuralmente del modelo, pero se convierten en sus defensores más fanáticos. No porque el sistema les prometa algo concreto, sino porque castiga a otros. Y eso, para ellos, alcanza.

El discurso libertario no se sostiene sólo desde arriba. Se sostiene desde abajo, desde sectores precarizados que celebran despidos ajenos, jubilaciones licuadas, salarios pulverizados, universidades vaciadas. No porque vayan a ganar algo, sino porque alguien más pierde. El goce no está en el progreso propio, sino en el castigo al otro. Como Stephen, no quieren el caballo: quieren que nadie más lo tenga.

Por eso el odio se dirige con tanta saña contra el trabajador que protesta, el docente que reclama salario, el jubilado que se moviliza, el estudiante que defiende la universidad pública. No son “castas”, no son privilegiados, no son poderosos. Pero representan la herejía: la idea de que alguien sin linaje económico pueda exigir derechos. Y eso desata la furia.

El libertario promedio no es un empresario liberado por el mercado. Es un empleado mal pago que defiende la flexibilización laboral. No es un inversor internacional. Es un monotributista que celebra la quita de indemnizaciones. No es un dueño de medios. Es un consumidor de redes que repite slogans contra sindicatos, ciencia y educación pública. Como Stephen, actúa contra su propio interés material, pero a favor de su identificación simbólica con el amo.

En la Argentina, ese síndrome no se expresa de manera abstracta. Tiene un enemigo histórico muy preciso: el peronismo. Porque el peronismo, con todas sus contradicciones, representa exactamente lo que Stephen no puede tolerar. Representa al trabajador que deja de agachar la cabeza. Al hijo de obreros que va a la universidad. Al jubilado que se organiza. Al peón que reclama derechos. A la masa que se vuelve sujeto político. Es, simbólicamente, el hombre negro sobre el caballo.

Por eso el odio no es racional ni programático. Es visceral. No se discuten políticas concretas: se busca borrar una identidad. El antiperonismo que atraviesa al libertarismo no es moderno ni sofisticado. Es un resentimiento antiguo, reactualizado. El problema no es el déficit, el gasto o el Estado. El problema es que hubo un momento en la historia argentina en el que los de abajo dejaron de “saber su lugar”. Y eso, para el síndrome Stephen Candie, es imperdonable.

El libertario que odia al peronismo no odia a los dirigentes: odia la idea de justicia social. Odia que alguien como él pueda organizarse colectivamente. Odia que exista memoria de derechos conquistados. Odia que el Estado haya sido, alguna vez, una herramienta de igualdad y no sólo de castigo. Porque esa memoria desmiente el relato del sacrificio eterno. Y si ese relato cae, cae también su justificación para obedecer, vigilar y delatar.

Por eso el ataque es tan obsesivo, tan emocional, tan cargado de insultos. No es debate: es exorcismo. El peronismo funciona como recordatorio permanente de que otro orden fue posible. Y que podría volver a serlo. Y frente a esa posibilidad, el Stephen contemporáneo reacciona como siempre: no pide subir al caballo. Exige que nadie más lo monte.

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