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La Fundación Eva Perón: cuando la ayuda social dejó de ser caridad y se volvió derecho

La Fundación Eva Perón suele ser reducida, en el relato antiperonista, a una maquinaria asistencialista, personalista o propagandística. Sin embargo, cuando se analiza su funcionamiento concreto —sus instituciones, sus prácticas cotidianas y el lugar que ocupó en la vida de miles de mujeres— aparece una experiencia histórica mucho más compleja y disruptiva. Tal como reconstruye Julia Rosemberg en Eva y las mujeres. Historia de una irreverencia, la Fundación fue un espacio donde se produjo una ruptura profunda con las formas tradicionales de la beneficencia y se ensayó una nueva concepción de la justicia social, atravesada por género, clase y política.



Lejos del modelo decimonónico de la caridad, administrada por “damas de prestigio” y orientada a contener la emergencia sin alterar jerarquías, la Fundación Eva Perón intervino allí donde el Estado no llegaba o llegaba tarde, pero lo hizo desde una lógica distinta: no para administrar la pobreza sino para transformar las condiciones de vida de quienes la padecían. En ese sentido, como señala Rosemberg, la ayuda social no se concebía como limosna sino como reparación, como una forma de restituir dignidad a los sectores históricamente postergados.


Uno de los rasgos más significativos fue el lugar central que ocuparon las mujeres, tanto como destinatarias como protagonistas de la acción social. Los Hogares de Tránsito, el Hogar de la Empleada, la Escuela de Enfermeras y otras instituciones dependientes de la Fundación estuvieron pensadas, gestionadas y atendidas por mujeres, en una época en la que el espacio público y las decisiones políticas seguían siendo mayoritariamente masculinos. Según Rosemberg, allí se produjo una experiencia inédita: las mujeres pobres dejaron de ser vistas solo como madres o esposas para convertirse en sujetas de derechos, con historias individuales, necesidades concretas y posibilidades de autonomía.


Los Hogares de Tránsito, por ejemplo, no funcionaban como asilos sino como espacios temporales de contención integral. Alojar, alimentar, atender la salud, pero también intervenir sobre las causas profundas de la exclusión: la falta de trabajo, la violencia familiar, la desocupación, la migración forzada. Cada caso era seguido de manera personalizada por asistentes sociales, enfermeras y trabajadoras de la Fundación. Como subraya Rosemberg, no se trataba de una asistencia pasiva, sino de una política activa orientada a reinsertar social y laboralmente a las mujeres.


En ese marco, una de las decisiones más provocadoras fue la reivindicación del “lujo” como derecho popular. Eva Perón defendió explícitamente que los hogares, hospitales y escuelas de la Fundación debían ser cómodos, bellos y lujosos. No como ostentación, sino como gesto político. Durante décadas, la pobreza había sido administrada con austeridad forzada: colchones miserables, edificios fríos, comida mínima. Frente a eso, la Fundación propuso lo contrario: nivelar hacia arriba. Tal como cita Rosemberg, Eva sostenía que un siglo de asilos miserables solo podía repararse con otro siglo de hogares “excesivamente lujosos”.


Ese lujo tenía un sentido simbólico profundo. Permitía a mujeres que nunca habían dormido en una cama o se habían bañado con agua caliente experimentar, por primera vez, una vida digna. No se buscaba acostumbrarlas a la miseria, sino todo lo contrario: que se sintieran merecedoras de bienestar, igualdad y felicidad. En palabras de Rosemberg, la Fundación cuestionó no solo la división de clases, sino también las jerarquías de consumo, belleza y género que habían sido naturalizadas por el orden social.


La Escuela de Enfermeras de la Fundación fue otro de los pilares de esta transformación. Creada en 1950 y enmarcada en las políticas sanitarias impulsadas por Ramón Carrillo, permitió que miles de mujeres jóvenes, mayoritariamente de origen humilde, accedieran a una formación profesional, un salario y un rol social reconocido. Entre 1946 y 1953, el número de enfermeras en el país pasó de ocho mil a dieciocho mil. Para muchas de ellas, estudiar implicó abandonar el mandato exclusivo del hogar y convertirse en trabajadoras independientes, con presencia en hospitales, campañas sanitarias y misiones solidarias.


Como destaca Rosemberg, incluso allí donde persistían rasgos tradicionales —como la predominancia masculina en la medicina—, se produjo una ruptura significativa: las mujeres comenzaron a ocupar espacios de decisión, organización y liderazgo. Algunas egresadas de la escuela pasaron a desempeñar funciones directivas dentro de la propia Fundación, ampliando su protagonismo político y social.


Más allá de sus instituciones específicas, la Fundación Eva Perón estuvo íntimamente ligada a un proyecto político más amplio: la redistribución del ingreso, la redefinición del rol del Estado y la ampliación de derechos para las mujeres. Analizar su funcionamiento “por dentro”, como propone Julia Rosemberg, permite alejarse de las miradas simplificadoras que la reducen a propaganda o paternalismo, y entenderla como un laboratorio de transformación social.


La Fundación fue, en definitiva, un espacio donde miles de mujeres lograron salir de la pobreza, formarse en un oficio, ingresar al mundo laboral y construir autonomía. No eliminó todas las desigualdades ni estuvo exenta de tensiones, pero introdujo una idea profundamente subversiva para su tiempo: que la justicia social no debía conformarse con aliviar el sufrimiento, sino reparar la dignidad y disputar las jerarquías que sostenían la exclusión.


Prof. Walter Onorato

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