La Fundación Eva Perón y el colectivo del pueblo: cuando el Estado puso lo mejor al servicio de los trabajadores - HISTORIANDOLA

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La Fundación Eva Perón y el colectivo del pueblo: cuando el Estado puso lo mejor al servicio de los trabajadores

 Cuando la Fundación Eva Perón puso lo mejor al servicio de los trabajadores

Hay objetos que condensan una época. No por su rareza, sino por el proyecto político que los puso en movimiento. El ómnibus Mercedes-Benz O6600 de la Fundación Eva Perón es uno de ellos: una máquina de alta gama, importada de la Alemania de posguerra, puesta deliberadamente al servicio de una idea tan simple como disruptiva: que los trabajadores y sus hijos accedieran al descanso, al mar y al derecho a las vacaciones con la misma calidad que cualquier sector privilegiado.




Desde sus inicios, la Fundación no administró carencias: administró dignidad. Eva Perón entendía que el derecho al ocio —al descanso obligatorio que todo obrero debe gozar— no podía ejercerse en condiciones de segunda. Por eso nunca escatimó en calidad ni en inversión. Hoteles de primer nivel, atención médica, alimentación, recreación y, en ese esquema, transporte acorde. No se trataba de “llevar gente”: se trataba de trasladar ciudadanos.

A comienzos de los años cincuenta, mientras la Argentina avanzaba en un modelo de industrialización con fuerte presencia estatal, la Fundación incorporó una flota de ómnibus a la vanguardia del transporte internacional. No eran “colectivos comunes”. Eran Mercedes-Benz O6600 y su versión más avanzada, el O6600H, con motor trasero. Vehículos concebidos para largas distancias, confortables, robustos, pensados para viajar. Pensados —en este caso— para democratizar el viaje.


Introducidos entre 1950 y 1951, contaban con motores diésel de seis cilindros en línea, 8,3 litros y 145 caballos de fuerza, capaces de alcanzar 80 km/h, una cifra notable para la época. El salto cualitativo estaba en el diseño: el O6600H desplazaba el motor a la parte trasera (Heck), separando definitivamente el concepto de ómnibus del de camión carrozado. Era el futuro del transporte, y la Fundación lo incorporó sin titubeos. No para una élite, sino para niños, obreros y familias trabajadoras.

Según distintas fuentes, alrededor de 22 unidades fueron adquiridas por el Estado durante el gobierno de Juan Domingo Perón, destinadas específicamente al turismo social. Su misión era clara: trasladar contingentes desde distintos puntos del país hacia los complejos hoteleros estatales, en especial el de Chapadmalal, cuya construcción había comenzado en 1945 y que aún hoy sigue cumpliendo el mismo propósito.


El turismo social fue una de las políticas más revolucionarias —y más odiadas— del primer peronismo. No solo porque implicaba inversión estatal en infraestructura, sino porque cuestionaba una idea profundamente arraigada: que el descanso era un privilegio. Estos ómnibus no eran un detalle logístico; eran una pieza estructural del modelo. Sin transporte masivo, cómodo y seguro, el derecho al turismo quedaba en el papel. Con ellos, la Fundación lo convirtió en experiencia concreta.

Ese es, precisamente, uno de los núcleos del odio gorila: que los trabajadores accedieran a lo mejor. Que viajaran en ómnibus de alta gama. Que durmieran en hoteles dignos. Que el Estado no les ofreciera sobras, sino excelencia. Durante décadas, ese resentimiento intentó disfrazarse bajo una acusación repetida hasta el cansancio: la supuesta corrupción de la Fundación Eva Perón.


Sin embargo, hay un dato histórico que desarma por completo esa hipótesis. Tras el golpe de Estado de 1955, el régimen de facto instauró Comisiones Investigadoras para revisar la gestión del gobierno depuesto y, en particular, para auditar a la Fundación. No fueron comisiones neutrales ni democráticas: fueron creadas por un gobierno ilegítimo, actuaron sin garantías jurídicas y tenían un objetivo explícito —encontrar delitos que justificaran la persecución política—. Y aun así, el 7 de octubre de 1955, esas mismas comisiones concluyeron que no habían encontrado actos de corrupción comprobables en la Fundación Eva Perón. Ni robo sistemático, ni enriquecimiento ilícito, ni saqueo de empresas. El mito se cayó incluso bajo una investigación hostil.

La Fundación funcionó durante 2.652 días, desde el 19 de junio de 1948 hasta su disolución forzada tras el golpe. Con la autodenominada Revolución Libertadora no solo se persiguió al peronismo: se intentó borrar su obra material. Edificios, símbolos y objetos fueron abandonados o reutilizados sin memoria. Los ómnibus no escaparon a ese destino. Algunos tuvieron finales inciertos; otros continuaron prestando servicio interno en Chapadmalal incluso hasta fines de los años ochenta. De aquella flota, solo uno sobrevivió.


Durante más de tres décadas, ese colectivo quedó arrumbado en uno de los edificios del complejo turístico. Invisible, deteriorado, convertido en depósito de palomas y alimañas. Un testimonio mudo de una Argentina que prefirió olvidar antes que discutir su pasado. Recién en 2021 comenzó su recuperación, impulsada por trabajadores y aficionados. La restauración estuvo a cargo de Daniel Collelo, empleado estatal y chapista de oficio, quien reconstruyó la unidad a mano, sin repuestos, conservando detalles simbólicos como el reloj frontal y la inscripción “Fundación Eva Perón”. Tras casi un año de trabajo, el ómnibus volvió a tener dignidad. Y con ella, memoria.

Ese rescate contrasta de manera brutal con el presente. A casi 75 años de la puesta en marcha del turismo social, el gobierno de Javier Milei avanza en su clausura definitiva. A través de una carta, el secretario de Turismo, Ambiente y Deportes, Daniel Scioli, comunicó a la Agencia de Administración de Bienes del Estado que las Unidades Turísticas de Embalse y Chapadmalal resultan “innecesarias”, amparándose en la emergencia pública y en modificaciones normativas que habilitan, en los hechos, la posible venta o cesión de terrenos históricos. El cierre no es administrativo: es político y simbólico, porque clausura una de las políticas más perdurables del Estado social argentino.


El último colectivo peronista no incomoda por su antigüedad, sino por lo que recuerda. Que hubo un Estado que puso lo mejor al servicio de los trabajadores. Que entendió el descanso como un derecho y no como una mercancía. Que incluso sus enemigos, cuando buscaron delitos para justificar el odio y la proscripción, no pudieron encontrarlos.

Y frente a esa memoria, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué es hoy un trabajador para Javier Milei? ¿Qué hizo su gobierno en favor de los más humildes, de aquellos a quienes Eva Perón llamaba tiernamente “los descamisados”? Mientras el peronismo organizó dignidad, vacaciones y derechos concretos, el proyecto libertario reduce al trabajador a un costo, a una variable de ajuste, a un obstáculo del mercado.

Por eso esta historia sigue siendo actual. Porque cada vez que se la intenta reducir a una anécdota del pasado, el ómnibus vuelve a rodar —aunque sea en la memoria— y nos recuerda una verdad incómoda para el poder: cuando el pueblo viaja con dignidad, el privilegio tiembla.

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