El siguiente análisis se basa específicamente en el artículo “El movimiento obrero en la resistencia (1957–1960)”, incluido en el libro La resistencia peronista, o la difícil historia del peronismo en la proscripción (1955–1960), del historiador Julio César Melon Pirro. No se trata, por lo tanto, de una lectura global del libro, sino de una intervención puntual sobre uno de sus núcleos más densos y reveladores: el lugar real que ocupó el movimiento obrero en el peronismo proscripto y los límites concretos de la llamada “resistencia”.
Lejos de la épica cristalizada en el sentido común militante, Melon Pirro aborda la resistencia peronista como un proceso político contradictorio, fragmentado y atravesado por disputas estratégicas profundas. El artículo desmonta la idea de una resistencia homogénea, conducida de manera unificada y orientada de forma permanente hacia la insurrección. Por el contrario, muestra un escenario marcado por tensiones entre acción clandestina, práctica sindical y cálculo político, donde ninguna de estas dimensiones logró imponerse de manera absoluta.
Uno de los aportes centrales del texto es demostrar que, entre 1957 y 1960, el movimiento obrero organizado se consolidó como el actor más estructurado y eficaz del peronismo proscripto. La emergencia y consolidación de las 62 Organizaciones no fue un dato accesorio, sino el resultado de una lectura pragmática de la correlación de fuerzas. Mientras las redes clandestinas de la resistencia perdían densidad organizativa y capacidad de coordinación, el sindicalismo peronista lograba sostener presencia territorial, disciplina interna y una relativa capacidad de negociación aun en condiciones represivas.
El artículo no idealiza este proceso. Melon Pirro muestra con claridad que la centralidad sindical implicó también contradicciones y costos políticos. Las acciones de sabotaje, la colocación de explosivos y otras formas de acción directa, aunque simbólicamente potentes, entraban crecientemente en conflicto con la lógica sindical, que necesitaba márgenes de legalidad, negociación y estabilidad organizativa para sobrevivir. La resistencia no desaparece, pero deja de ser el eje ordenador del movimiento.
En este contexto, el rol de John William Cooke es revisado con particular cuidado. Lejos de la caricatura del revolucionario voluntarista, el artículo muestra a un Cooke plenamente consciente de los límites históricos del momento. No existían, sostiene Melon Pirro, condiciones objetivas ni subjetivas para una insurrección generalizada. Por eso, para Cooke, la resistencia debía pensarse como una etapa transitoria y plural, que integrara desde la protesta pasiva y la huelga hasta la reorganización política futura, evitando que la intransigencia terminara aislando al peronismo de su base social real.
El texto también reconstruye las disputas internas entre los distintos sectores del peronismo proscripto. Las tensiones entre “duros” y “moderados”, entre el Comando Nacional y el sindicalismo, no fueron debates secundarios ni meras diferencias tácticas. Fueron conflictos estructurales sobre el sentido mismo de la acción política en un contexto de proscripción. Con el correr de los años, la balanza se inclinó hacia el sindicalismo no por claudicación ideológica, sino por una lectura más realista de las posibilidades efectivas de acumulación de poder.
Desde esta perspectiva, la salida política que culmina en el triunfo electoral de Arturo Frondizi, con el aval explícito de Juan Domingo Perón, aparece menos como una traición y más como la consecuencia lógica de un proceso de reorganización del movimiento obrero y de agotamiento de la resistencia como estrategia exclusiva. La resistencia no fracasa: se transforma, se reconfigura y se subordina a un nuevo escenario político.
La formación académica de Melon Pirro —Magíster en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata y Doctor en Historia por la Universidad Nacional del Centro, profesor de Historia Contemporánea en ambas universidades y actual director de la Maestría en Historia de la Facultad de Humanidades de la UNMdP— se traduce en un enfoque riguroso que evita tanto la demonización como la romantización del período. El movimiento obrero aparece así como un actor político real, con fortalezas, límites y disputas internas, no como un sujeto idealizado ni como una simple víctima pasiva de la proscripción.
La lectura de El movimiento obrero en la resistencia obliga, inevitablemente, a mirar el presente. Porque lo que Melon Pirro describe para el período 1957–1960 —fragmentación interna, disputas estériles entre “duros” y “moderados”, confusión estratégica y apelaciones a una épica que muchas veces no se traducía en organización— resuena con fuerza en la actual etapa de oposición al gobierno de Javier Milei.
Como entonces, el peronismo vuelve a invocar la palabra “resistencia”. Pero el análisis histórico introduce una advertencia incómoda: la resistencia no es una identidad moral ni un gesto declamativo, sino una práctica política concreta. Durante la proscripción, el peronismo no sobrevivió por la eficacia de su clandestinidad ni por la radicalidad discursiva de sus sectores más exaltados, sino porque el movimiento obrero logró sostener organización, disciplina y capacidad de disputa real en condiciones extremadamente adversas. Cuando esa base se debilitó, la resistencia se volvió ritual; cuando existió, se transformó en poder político.
Hoy, frente a un gobierno que avanza con una ofensiva sistemática contra el trabajo, los sindicatos, el Estado y los derechos sociales, el problema vuelve a ser el mismo que Melon Pirro identifica en su análisis histórico: sin organización, sin estrategia y sin una lectura realista de la correlación de fuerzas, la resistencia se agota en la consigna. El pasado no ofrece recetas automáticas, pero sí deja una enseñanza clara: no hay épica que sustituya a la política, ni indignación que reemplace a la construcción colectiva.
Pensar la resistencia peronista desde la historia, despojada de mitificaciones y nostalgias, no es un ejercicio académico estéril, sino una necesidad política urgente. Porque la experiencia histórica muestra que resistir no es gritar más fuerte ni radicalizar el discurso, sino saber cuándo, cómo y con quién disputar el poder. Esa fue la clave entonces. Y sigue siendo, hoy, la pregunta central.
Prof. Walter Onorato
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