La aniquilación de un destino soberano en el Cono Sur bajo la mirada de Julia Rosemberg.
La historia argentina contemporánea parece haber construido un refugio en la nostalgia, un espacio donde el pasado se evoca con frecuencia pero se analiza con una cautela que bordea la omisión. Sin embargo, existe un vacío profundo en nuestra narrativa cultural: el silencio denso que rodea a la Guerra de la Triple Alianza, el conflicto bélico más masivo, prolongado y trascendental que haya atravesado la región. Esta guerra, que se extendió por más de cinco años, no solo redefinió los límites territoriales a través de una verdadera amputación cartográfica, sino que operó como un trauma fundacional cuyo sentido aún permanece en disputa. Mientras que en Paraguay la Guerra Guazú es una presencia constante y dolorosa que explica su presente, en la Argentina de las últimas décadas el tema brilla por su ausencia. Recuperar esta historia no es un ejercicio de melancolía académica, sino una necesidad estratégica para comprender cómo se cimentaron las bases de la modernidad latinoamericana sobre las cenizas de un proyecto alternativo. Este silencio no es casual; el hecho de que el Imperio del Brasil mantenga aún hoy gran parte de la documentación del conflicto bajo secreto de Estado revela que la batalla por la verdad sigue siendo una amenaza para los relatos oficiales de la región.
La disputa comienza desde la misma denominación de la contienda, pues nombrar es, en última instancia, ejercer un acto de soberanía intelectual. Llamarla Guerra del Paraguay, Guerra de la Triple Alianza o Guerra contra el Paraguay no constituye una elección azarosa, sino un posicionamiento político frente al genocidio. Para el pueblo paraguayo, fue la Gran Guerra, una lucha por la supervivencia nacional que diezmó a su población y cuya memoria se mantiene viva en el guaraní que resiste en la calle. Este olvido voluntario en la cultura argentina responde a una incomodidad histórica profunda: la dificultad de asimilar un proceso que, lejos de ser una gesta heroica de la civilización, fue un plan de exterminio sistemático. Los números, que tras un siglo y medio siguen en discusión, no son meras estadísticas, sino el testimonio de una aniquilación demográfica que buscó borrar no solo a un ejército, sino a un modelo de nación que se atrevió a ser distinto.
La narrativa oficial fue moldeada con maestría por Bartolomé Mitre, quien no solo fue el presidente de la nación durante el estallido del conflicto, sino también su principal y más persistente relator. Mitre, arquitecto de la mitología histórica argentina, justificó la intervención bajo la dicotomía de civilización o barbarie, una simplificación que ocultaba intereses geopolíticos mucho más oscuros. Para él, Francisco Solano López no era más que un tirano expansionista que amenazaba el progreso liberal. El detonante formal ocurrió en abril de 1865, cuando Paraguay invadió Corrientes tras la negativa de Mitre de permitir el paso de sus tropas hacia el Uruguay, donde el Partido Blanco, aliado natural del Paraguay y de los federales argentinos, estaba siendo bombardeado por el Imperio del Brasil con la anuencia de Buenos Aires. En un arranque de euforia militarista, Mitre pronunció su famosa profecía: En 24 horas a los cuarteles, en 15 días en campaña y en 3 meses en Asunción. Esta frase no solo ilustra su hubris, sino también su miopía estratégica. Mitre, un gran narrador pero un militar deficiente, subestimó la resistencia de un pueblo entero y ocultó que la guerra no era una reacción espontánea, sino un plan preestablecido. El Tratado Secreto de la Triple Alianza, cuyo Artículo 16 detallaba el reparto de tierras paraguayas entre Argentina y Brasil mucho antes de que se disparara el último tiro, demuestra que el conflicto fue, en esencia, un plan de conquista y desmembramiento territorial.
Es imposible comprender este enfrentamiento internacional sin analizar la guerra civil subyacente que desangraba a la Argentina en paralelo. Como sostiene la tesis de León Pomer, el país vivió cinco años de guerra civil interna simultáneos a la contienda exterior. La resistencia federal de las provincias, encabezada por figuras como Felipe Varela, veía en la alianza con el Imperio del Brasil una traición a los lazos culturales y geográficos que unían a los pueblos del Plata con el Paraguay. La figura de Justo José de Urquiza resulta central en este drama; su negativa a encabezar la resistencia federal y su decisión de colaborar con el reclutamiento de Mitre marcaron su muerte política definitiva. El desbande de los gauchos en Basualdo y Toledo, quienes se negaban a combatir a sus hermanos paraguayos bajo el mando de sus antiguos enemigos porteños y brasileros, ilustra la fractura social de una nación que no quería esa guerra. Mientras Paraguay enviaba ciudadanos que defendían su propia tierra, el bando aliado recurría a la leva forzosa, enviando voluntarios engrillados al frente. En el caso del Brasil, la situación era aún más extrema: los Voluntarios de la Patria eran, en gran medida, esclavos del norte a quienes se les prometía una libertad que muchos solo encontraron en la muerte, contrastando dramáticamente con el soldado paraguayo alfabetizado y propietario de su destino.
El registro visual de esta tragedia encontró su testigo más fiel en Cándido López, el Manco de Curupaytí. Su obra se sitúa en un umbral entre dos tiempos, poseyendo la tradición del siglo XIX pero anticipando la espectacularización de la muerte propia del siglo XX. López, un soldado artista que perdió su mano derecha en el mayor desastre militar de la Alianza en Curupaytí, entrenó su mano izquierda durante una década de silencio y disciplina para dar testimonio de la carnicería. Sus cuadros, de formato apaisado y detalle minucioso, discuten la narrativa del progreso mitrista al mostrar una guerra sin héroes ni villanos, donde todos los combatientes son iguales ante la miseria del barro. Existe una interpretación metafísica en su pincel: solo los muertos tienen ojos y boca. En su obra, la civilización se muestra carente de clemencia, y el sacrificio de las élites se vuelve tangible en figuras como Dominguito Sarmiento, quien, inflamado por el lenguaje de champán de Mitre y el discurso de su propio padre, marchó hacia un fin temprano. El dolor de Sarmiento padre, reconociendo en sus cartas que él mismo dirigió a su hijo hacia el matadero, es el reflejo de una intelectualidad que sacrificó su propia descendencia en el altar de un liberalismo dogmático y excluyente.
El Paraguay de los López representaba una anomalía soberana que el orden liberal regional, subordinado a los intereses británicos, no podía tolerar. Era un país sin deuda externa, con ferrocarriles propios y una estructura productiva basada en las Estancias de la Patria, donde el campesinado no era un peón desposeído, sino un copropietario del Estado. Este modelo de desarrollo autónomo era visto como un obstáculo insalvable para la integración al mercado mundial. El Paraguay no necesitaba ser una república socialista para ser señalado como el enemigo; bastaba con que pretendiera decidir sus propios tiempos de inserción económica y defender su soberanía sobre los ríos. Esta singularidad política se tradujo en una ferocidad defensiva inaudita: los paraguayos no luchaban por un dictador, sino por un sistema de vida que les garantizaba la tierra y la dignidad, una cohesión social que los ejércitos aliados, compuestos por esclavos y gauchos forzados, jamás pudieron igualar.
La cultura paraguaya desplegó formas de resistencia que desafían la lógica de la guerra convencional, como los periódicos de trinchera, Cabichuí y El Centinela. En un contexto de bloqueo total, donde no llegaba papel ni tinta, los soldados paraguayos recurrieron a memorias ancestrales para fabricar sus propios medios de expresión. Utilizando grabados en madera y tintas vegetales extraídas de la selva, crearon una prensa de guerra que combinaba el guaraní con el castellano y utilizaba el humor como un arma de combate. Ticio Escobar ha señalado cómo la urgencia del genocidio precipitó potencialidades expresivas que hicieron madurar de golpe un arte popular resistente. La animalización del enemigo, representado como macacos o monos brasileros, y la ironía frente a la tecnología aliada, como los globos aerostáticos de observación, revelan un nivel cultural y una moral colectiva que la historiografía liberal ha intentado ningunear. Este fenómeno demuestra que, mientras el bando aliado enviaba masas analfabetas a la guerra, el Paraguay contaba con un campesinado alfabetizado capaz de producir y consumir literatura de combate en el frente de batalla.
El desenlace del conflicto fue una cacería humana que rozó la aniquilación total de la nación. En las fases finales, ante la desaparición de los hombres adultos, niños y mujeres tomaron las armas en batallas como Abay y Piribebuy, solo para ser masacrados con una crueldad innecesaria. El incendio del hospital de Piribebuy y la quema de los archivos históricos en Asunción fueron actos destinados a dejar al Paraguay no solo sin presente, sino sin pasado. El final de Francisco Solano López en Cerro Corá en 1870 marca la caída definitiva de este proyecto soberano. Su frase final, Muero con mi patria, analizada con el rigor del tiempo, no debe leerse como un acto de megalomanía, sino como la constatación de un hecho físico y político: la nación paraguaya estaba siendo asesinada junto a su líder. El saldo fue aterrador: el 60% de la población total pereció, y casi la totalidad de la población masculina adulta fue borrada de la faz de la tierra. Domingo Faustino Sarmiento, con la quirúrgica frialdad que caracteriza al proyecto liberal en su fase más extrema, resumiría esta tragedia en su correspondencia con Santiago Arcos al afirmar que la guerra concluía simplemente porque ya habían matado a todos los paraguayos desde los diez años para arriba.
La Guerra de la Triple Alianza no fue un proceso orgánico de modernización, sino una imposición violenta ejecutada a través de la matanza y la carnicería. Como el propio Mitre confesó con honestidad brutal en 1869, en esta contienda triunfaron los grandes principios del libre cambio. La modernidad en América Latina no nació de la libertad, sino de la eliminación del otro, de la destrucción de modelos soberanos alternativos y de la consolidación de ejércitos nacionales sobre las ruinas de las resistencias populares. Al finalizar la campaña, el comercio internacional pudo ver inscriptos sus principios en las banderas victoriosas, pero lo hizo ocultando las caras de quienes fueron borrados de la historia. El borramiento de las caras de los vencidos es el acto final de este genocidio americano, una sombra larga que aún hoy nos obliga a reflexionar sobre el costo humano de nuestra supuesta civilización. Reconocer este proceso es admitir que nuestro orden actual se construyó sobre una falta absoluta de clemencia hacia aquellos que propusieron un destino colectivo diferente.
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