El general Eduardo Lonardi llegó al poder tras el golpe de 1955 con una idea que parecía imposible: mantener vivo al peronismo mientras expulsaba a su líder del escenario político. Su experimento duró apenas semanas y terminó devorado por los sectores más duros del propio régimen militar.
El sueño imposible de la “Libertadora”
El golpe de Estado de septiembre de 1955 inauguró una de las etapas más tensas y contradictorias de la historia argentina. La autodenominada Revolución Libertadora derrocó al presidente Juan Domingo Perón e inauguró un período marcado por la proscripción política, la persecución y la inestabilidad institucional.
El país ingresaba así en un clima político cargado de revancha. Mientras el mundo atravesaba transformaciones profundas —desde la intensificación de la Guerra Fría hasta el surgimiento de los países no alineados en la conferencia de Bandung— Argentina entraba en una larga etapa de conflictos internos.
En ese contexto emergió la figura del general Eduardo Lonardi, el militar que encabezó el levantamiento y asumió la presidencia tras la caída del gobierno peronista.
El exilio de Perón y el inicio de una nueva etapa
Tras el golpe, Perón abandonó el país el 3 de octubre de 1955. Lo hizo a bordo de un hidroavión Catalina que lo llevó a Paraguay, iniciando un largo exilio político.
El propio exmandatario recordaría luego lo accidentado del despegue, con el avión luchando contra el viento y las olas antes de finalmente elevarse sobre el río. Era una escena casi simbólica: el líder político más influyente de la Argentina del siglo XX abandonaba el país en medio de una tormenta política.
Ya en Asunción, Perón caracterizó el golpe como una alianza entre sectores oligárquicos, eclesiásticos y militares contra el movimiento popular que lo había sostenido.
Pero mientras Perón partía al exilio, en Buenos Aires se libraba otra disputa menos visible pero igual de decisiva: la interna dentro de los propios vencedores.
Lonardi y la idea de reconciliación
Lonardi intentó algo que para muchos era una contradicción en sí misma: pacificar el país sin destruir completamente al peronismo.
Su lema, repetido en aquellos días, era “ni vencedores ni vencidos”. La frase buscaba transmitir una idea de reconciliación nacional y evitar una guerra política abierta contra los millones de trabajadores que seguían identificándose con el peronismo.
El general creía que era posible separar al movimiento de su líder. En otras palabras: permitir una forma de peronismo sin Perón.
Era una apuesta audaz en un clima político cargado de odio, resentimiento y sed de revancha.
La interna que lo derribó
Ese intento conciliador duró muy poco.
Dentro de la propia dictadura militar había sectores mucho más radicalizados que no estaban dispuestos a tolerar ninguna forma de continuidad del peronismo.
Para ellos no se trataba de reformar el sistema político sino de erradicar completamente al peronismo de la vida pública.
Lonardi se convirtió rápidamente en un problema para esos sectores.
Su política de moderación fue vista como debilidad. Y su idea de evitar represalias masivas chocó con quienes exigían una purga política y cultural.
La presión interna fue creciendo hasta que, apenas semanas después de haber asumido, Lonardi fue desplazado del poder.
El reemplazo y el giro represivo
El lugar de Lonardi fue ocupado por el general Pedro Eugenio Aramburu, representante de la línea más dura del nuevo régimen.
Con él comenzó una política mucho más agresiva contra el peronismo.
El movimiento fue proscripto, sus símbolos prohibidos y sus dirigentes perseguidos. Incluso mencionar el nombre de Perón podía convertirse en un delito.
La idea de un peronismo sin Perón —el experimento político que Lonardi imaginaba— quedaba enterrada antes de siquiera intentar consolidarse.
Una frase que anticipaba todo
Desde su exilio en Paraguay, Perón fue consultado por un periodista sobre qué haría para recuperar el poder.
Su respuesta fue breve y enigmática.
“No haré nada. Todo lo harán mis enemigos”.
La frase resumía una intuición política profunda: la propia dinámica de persecución y proscripción terminaría alimentando la resistencia peronista.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
El inicio de una larga proscripción
La caída de Lonardi marcó el inicio de una etapa de fuerte confrontación política.
El peronismo fue prohibido durante casi dos décadas. Sin embargo, lejos de desaparecer, el movimiento se mantuvo vivo en sindicatos, organizaciones políticas y en la memoria popular.
El intento de construir un país sin peronismo terminó generando una paradoja: cuanto más se lo perseguía, más fuerza simbólica adquiría.
Un experimento que duró semanas
El gobierno de Lonardi fue uno de los más breves de la historia argentina.
Pero su intento fallido dejó una pregunta que atravesaría las décadas siguientes: ¿era posible eliminar al líder sin destruir el movimiento que lo sostenía?
La respuesta que dio la historia fue contundente.
No.
Y aquel breve sueño de un peronismo sin Perón terminó siendo apenas un paréntesis fugaz en medio de una de las etapas más conflictivas de la política argentina.
Fuente:
Felipe Pigna: Los mitos de la historia argentina 5. De la caída de Perón al golpe de Onganía (1955-1966)

No hay comentarios:
Publicar un comentario