Las afirmaciones de un usuario de Facebook sobre el primer y segundo gobierno de Perón repiten lugares comunes que omiten contexto histórico, tergiversan medidas económicas clave y reducen un proceso complejo a consignas ideológicas. Creo necesario dar una respuesta clara saliendo del barro de las discusiones de las redes sociales.
En el terreno cada vez más superficial del debate público, donde la historia se resume en frases virales, el comentario de Ramón Ibáñez no es una excepción sino una muestra representativa. Su crítica al primer y segundo gobierno de Juan Domingo Perón reproduce una serie de afirmaciones que, lejos de aportar claridad, condensan décadas de simplificación interesada.
Decir que el peronismo “patinó todos los recursos económicos” no solo es impreciso, sino que desconoce deliberadamente el punto de partida. Argentina había acumulado importantes reservas durante la Segunda Guerra Mundial gracias a su rol como exportador de alimentos. El dilema no era si gastar o no esos recursos, sino cómo utilizarlos. El peronismo eligió un camino: impulsar la industrialización, expandir el mercado interno y reducir la dependencia del modelo agroexportador. Ese proceso implicó inversión en infraestructura, desarrollo energético, expansión del empleo industrial y mejora del salario real. ¿Fue perfecto? No. ¿Fue un despilfarro sin sentido? Tampoco.
La acusación de que se “creó una ley para imprimir billetes sin valor” cae en una caricatura económica. La emisión monetaria existió, especialmente cuando las condiciones externas dejaron de ser favorables a comienzos de los años 50. Pero no fue un acto arbitrario ni una rareza local: fue una herramienta utilizada para sostener la expansión productiva y el consumo interno. El problema no radicó en la emisión en sí, sino en los límites estructurales de la economía argentina, particularmente la restricción externa y la insuficiente capacidad industrial para abastecer una demanda en crecimiento.
Otro punto recurrente es la supuesta manipulación del sistema financiero, especialmente el cambio en el estatuto del Banco Central de la República Argentina. Aquí también la crítica se apoya más en slogans que en hechos. La nacionalización del Banco Central y la reforma del sistema crediticio buscaron orientar el ahorro hacia la producción y el desarrollo. No se trató de “usar los ahorros de los jubilados” en el sentido vulgar que se intenta instalar, sino de redefinir el rol del Estado en la economía, subordinando las finanzas a objetivos productivos y sociales.
Pero quizás la afirmación más llamativa del comentario de Ibáñez es la que señala que “nunca seríamos potencia” porque las élites históricas preferían importar antes que producir. Paradójicamente, esa descripción se ajusta más al modelo previo al peronismo que al que este intentó construir. El país agroexportador, dominado por una oligarquía terrateniente, había consolidado una estructura dependiente del mercado internacional. El peronismo, con todas sus contradicciones, representó un intento de ruptura con esa lógica.
Reducir ese proceso a una suma de errores económicos no solo empobrece el análisis, sino que impide comprender por qué el peronismo marcó un antes y un después en la historia argentina. La ampliación de derechos sociales, la movilidad ascendente de amplios sectores de la población y la construcción de un entramado industrial no pueden explicarse desde la lógica del “despilfarro”.




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