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No sos capitalista: sos trabajador


El error ideológico de quienes confunden el capitalismo con una identidad

Decirse “capitalista” no es una opinión política ni una actitud ante la vida. Es una condición material. Y la inmensa mayoría de quienes se autoperciben como tales no posee capital, no controla medios de producción y vive de su trabajo.

La imagen es simple, casi burlona, pero incómoda: “Así que eres capitalista… ¿y cuántos medios de producción posees?” La pregunta no es un chiste ni una provocación vacía. Es una interpelación directa a una de las confusiones más extendidas del debate público contemporáneo: la idea de que el capitalismo es una ideología con la que uno puede identificarse, como si fuera un equipo de fútbol o una postura moral.

El capitalismo no es una ideología. Es un modo de producción. Y como todo modo de producción, se define por relaciones materiales concretas: quién posee los medios de producción, quién vende su fuerza de trabajo y quién se apropia del excedente generado por ese trabajo.



Capitalista no es el que “piensa como empresario”

En términos estrictos, capitalista es quien posee capital: fábricas, tierras, maquinaria, plataformas, bancos, empresas. Capitalista es quien no necesita trabajar para vivir porque otros trabajan para él. Capitalista es quien obtiene ganancias no por su esfuerzo directo, sino por la propiedad.

Si una persona depende de un salario, de un ingreso mensual, de un monotributo, de una changa o de vender su tiempo para pagar el alquiler, no es capitalista. Puede defender al capitalismo, justificarlo, admirarlo o naturalizarlo, pero eso no lo convierte en parte de la clase que concentra el capital.

Aquí aparece el núcleo del problema: millones de trabajadores defienden un sistema que no los beneficia creyendo que forman parte de él.


La trampa cultural del “capitalismo aspiracional”

El capitalismo contemporáneo no se limita a organizar la producción, la distribución o el consumo: produce subjetividades. Modela deseos, expectativas, frustraciones y formas de interpretación del mundo social. Ya no necesita únicamente disciplinar cuerpos en fábricas; necesita colonizar conciencias. En ese proceso, instala una idea central que funciona como núcleo ideológico: todos somos —o podemos ser— empresarios en potencia.

Según esta lógica, el capitalismo deja de aparecer como una estructura histórica concreta y se convierte en un horizonte moral. No se lo presenta como un sistema con ganadores y perdedores, sino como una carrera individual donde cada quien llega tan lejos como su mérito se lo permita. Si alguien no progresa, el problema no es la concentración de la riqueza, la precarización del trabajo o la desigualdad estructural, sino su falta de esfuerzo, talento o disciplina.

La explotación desaparece del lenguaje. La palabra “clase” se vuelve incómoda. El conflicto social es reemplazado por el coaching.

En este marco, el trabajador precarizado deja de verse como parte de una relación desigual de poder y empieza a percibirse como un emprendedor frustrado. No como alguien al que se le extrae valor, sino como alguien que “todavía no llegó”. El salario bajo ya no es injusticia: es una etapa. La inestabilidad ya no es violencia económica: es aprendizaje. La falta de derechos no es retroceso: es “flexibilidad”.

Así, quien vive de su trabajo termina defendiendo los intereses de quienes viven del trabajo ajeno. Celebra rebajas de impuestos a grandes empresas que jamás tendrá. Justifica la concentración económica en nombre de una eficiencia que nunca lo alcanza. Aplaude ajustes fiscales que deterioran su salario real, convencido de que “es necesario” para un equilibrio macroeconómico del que solo participan los grandes capitales.

El discurso aspiracional logra algo clave: desvincular al sujeto de su posición real en la estructura social. El trabajador ya no se identifica con quienes comparten su misma situación material, sino con quienes concentran el poder económico. No se reconoce en el que está a su lado, sino en el que está arriba.

En este esquema, los derechos laborales pasan a ser vistos como obstáculos. Las conquistas históricas —jornada limitada, vacaciones, indemnización, sindicatos— son presentadas como privilegios arcaicos que impiden el “progreso”. Defenderlas es ser “atrasado”. Cuestionarlas es ser “moderno”.

El resultado es perverso: el propio trabajador se convierte en fiscal de sus derechos, en guardián del orden que lo perjudica. Repite consignas empresariales como si fueran verdades universales. Asume el lenguaje del poder como propio. Y cuando fracasa —porque el sistema está diseñado para que la mayoría fracase—, no cuestiona la estructura: se culpa a sí mismo.

Esto no es conciencia de clase invertida ni una simple confusión conceptual. Es algo más profundo: identificación con el poder. El sujeto no se piensa desde lo que es, sino desde lo que admira. No actúa en función de sus intereses materiales, sino de una fantasía de pertenencia.

El capitalismo aspiracional no promete igualdad: promete excepción. No dice “todos van a llegar”, dice “alguno puede llegar”. Y esa promesa mínima, estadísticamente falsa pero emocionalmente eficaz, alcanza para disciplinar a millones.

Por eso la pregunta del flyer incomoda tanto. Porque rompe la fantasía. Porque obliga a volver a lo concreto. Porque devuelve la discusión al terreno que el discurso dominante intenta borrar: quién posee, quién trabaja y quién se beneficia.

Y ahí, sin metáforas ni slogans, la identidad aspiracional se desmorona frente a la realidad material.

No es conciencia de clase. Es identificación con el poder.


Ideología no es condición material: Cómo funciona la ideología dominante

Este es el punto neurálgico que el flyer deja brutalmente expuesto: la ideología no define la posición social. Podés defender el capitalismo sin ser capitalista, del mismo modo en que un siervo medieval podía jurar lealtad al rey sin ser noble ni poseer tierras. La adhesión simbólica al poder nunca equivale a pertenencia real al poder.

La condición material no se elige ni se declama: se vive. Está determinada por la relación concreta que cada sujeto mantiene con los medios de producción, con el trabajo y con la propiedad. No importa cuánto se admire al empresariado, cuántos libros de autoayuda financiera se lean o cuántas consignas libertarias se repitan: si una persona depende de vender su fuerza de trabajo para subsistir, no es capitalista. Es parte de la clase que trabaja, incluso aunque reniegue de esa condición.

La ideología opera precisamente ahí: cuando logra que los intereses de una minoría se presenten como el sentido común de la mayoría. No se impone a fuerza de decretos, sino a través de discursos, medios, valores culturales y marcos interpretativos que naturalizan el orden existente. Su eficacia no reside en convencer, sino en hacer que ciertas preguntas dejen de formularse.

En el capitalismo contemporáneo, esta operación fue extraordinariamente exitosa. La desigualdad dejó de explicarse como resultado de una estructura económica y pasó a entenderse como consecuencia de elecciones individuales. La riqueza ya no aparece como concentración, sino como mérito. La pobreza deja de ser un problema social y se convierte en una falla moral.

Así, el eje del conflicto se desplaza deliberadamente: el problema ya no es la acumulación obscena de riqueza en pocas manos, sino el pobre que recibe ayuda; no es el monopolio que fija precios, sino el salario que “encarece costos”; no es el capital financiero que especula y fuga, sino el Estado que intenta amortiguar los efectos de ese despojo.

La ideología dominante cumple una función clave: invertir la responsabilidad del daño social. Los efectos del sistema son presentados como abusos individuales, mientras que las decisiones estructurales quedan fuera de discusión. Se cuestiona al que recibe, pero no al que concentra. Se señala al trabajador, pero no al rentista. Se demoniza al Estado cuando protege, pero se lo naturaliza cuando garantiza negocios privados.

De este modo, quienes no poseen capital terminan defendiendo un orden que los perjudica, convencidos de que cualquier alternativa es peligrosa, ineficiente o moralmente inferior. El resultado es una paradoja funcional al poder: los explotados custodian el sistema que los explota.


La eficacia del engaño

El mayor triunfo del capitalismo no fue solo económico, sino cultural: logró que millones piensen contra su propia experiencia material. Que naturalicen la desigualdad. Que sospechen del que está abajo y admiren al que está arriba. Que confundan ideología con identidad y aspiración con pertenencia.

Por eso la pregunta del flyer es tan demoledora. Porque no discute opiniones: discute posiciones reales. Obliga a distinguir entre lo que se piensa y lo que se es. Y en ese cruce incómodo, la ideología se queda sin refugio.

Porque cuando se corre el velo simbólico, la realidad vuelve a imponerse con una crudeza imposible de relativizar: defender al capital no te convierte en capitalista. Solo te convierte en alguien que defiende intereses ajenos creyendo que son propios.


La pregunta que incomoda

Por eso la pregunta es tan potente:
¿Cuántos medios de producción poseés?

No es simbólica. Es literal.
Si la respuesta es ninguno, entonces no sos capitalista. Sos parte de la fuerza de trabajo. Y defender al capital en ese contexto no es rebeldía ni lucidez: es actuar contra tus propios intereses materiales.

El debate no es moral. Es estructural. No se trata de “odiar a los ricos” ni de romantizar la pobreza. Se trata de entender cómo funciona el sistema en el que vivimos y desde qué lugar real hablamos cuando opinamos.

Porque mientras algunos acumulan capital, otros solo acumulan discursos que no les pertenecen.


Prof. Walter Onorato

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