De sátira sociológica a dogma conservador del siglo XXI
Durante décadas, la palabra meritocracia circuló en el sentido común como una promesa tranquilizadora: si cada quien recibe lo que merece, entonces el orden social sería justo. Sin embargo, esa idea —tan repetida como poco interrogada— tiene un origen muy distinto al que hoy se le atribuye. No nació como un ideal emancipador ni como una bandera liberal, sino como una advertencia crítica. Y no fue formulada para celebrar un sistema, sino para denunciarlo.
El término “meritocracia” fue popularizado por el sociólogo británico Michael Young en su obra The Rise of the Meritocracy (1958), una sátira política ambientada en un futuro distópico. Lejos de defender el mérito como principio ordenador de la sociedad, Young advertía sobre los peligros de un sistema que clasifica, jerarquiza y excluye en nombre de supuestas capacidades individuales. La ironía histórica es brutal: lo que nació como crítica terminó convertido en dogma.
Una sátira que fue leída al revés
En The Rise of the Meritocracy, Young imagina una sociedad donde el estatus social se asigna según una fórmula que combina inteligencia y esfuerzo. A primera vista, el sistema parece racional y eficiente. Pero a medida que avanza el relato, queda claro el problema central: la meritocracia no elimina las desigualdades, las legitima. Si los “mejores” están arriba, entonces los que quedan abajo no son víctimas de un sistema injusto, sino responsables de su propio fracaso.
Ese es el núcleo de la crítica de Young. En una sociedad meritocrática, la desigualdad deja de ser un problema político para convertirse en un problema moral. El pobre no es explotado: es incapaz. El excluido no es marginado: no se esforzó lo suficiente. Así, la desigualdad se naturaliza y la injusticia se vuelve invisible.
Décadas más tarde, el propio Young se mostró alarmado al ver cómo su concepto era reivindicado por dirigentes políticos y tecnócratas como si fuera un ideal deseable. En artículos y entrevistas de los años noventa, advirtió que la meritocracia podía convertirse en una de las formas más crueles de dominación, porque combina desigualdad material con desprecio simbólico.
Meritocracia: un concepto conservador, no liberal
Aunque suele presentarse como parte del discurso liberal, la meritocracia no es un concepto liberal en sentido estricto. El liberalismo clásico, al menos en su formulación teórica, pone el acento en la igualdad ante la ley, las libertades civiles y la limitación del poder arbitrario. La meritocracia, en cambio, opera en otro plano: ordena la sociedad jerárquicamente y justifica esa jerarquía como justa, natural e inevitable.
En ese sentido, la meritocracia es un concepto profundamente conservador. No busca ampliar derechos ni democratizar oportunidades, sino preservar el orden social existente bajo una nueva legitimidad. Ya no se dice “los ricos lo son por herencia” o “por designio divino”, sino “porque se lo merecen”. El resultado es el mismo; cambia únicamente el relato.
La función ideológica de la meritocracia es clara: consolidar jerarquías. No cuestiona las condiciones de partida —desigualdad educativa, concentración de la riqueza, herencias, capital social, redes de contactos—, sino que evalúa a los individuos como si todos comenzaran la carrera desde la misma línea de largada. El mérito, así entendido, es una ficción que oculta privilegios reales.
Culpa individual y despolitización de la desigualdad
Uno de los efectos más dañinos del discurso meritocrático es la culpabilización de quienes no “ascienden”. Si el éxito depende exclusivamente del esfuerzo personal, entonces el fracaso también. La pobreza deja de ser una consecuencia de estructuras económicas, decisiones políticas o relaciones de poder, para convertirse en una falla individual.
Este mecanismo no solo es injusto: es funcional. Al trasladar la responsabilidad al individuo, la meritocracia despolitiza la desigualdad. Ya no hay nada que discutir colectivamente. No hay injusticia que corregir, ni sistema que transformar. Solo hay ganadores que “hicieron bien las cosas” y perdedores que “no se esforzaron lo suficiente”.
En ese marco, cualquier política redistributiva aparece como una anomalía o un privilegio inmerecido. La solidaridad se convierte en sospecha. Los derechos sociales pasan a ser vistos como concesiones. Y el Estado, cuando interviene, es acusado de “distorsionar” un orden que se presenta como natural.
El mito del mérito en sociedades profundamente desiguales
La idea de meritocracia se vuelve especialmente problemática en sociedades atravesadas por desigualdades estructurales profundas. Cuando el acceso a la educación, la salud, la vivienda o el empleo depende del origen social, hablar de mérito es una forma sofisticada de negación de la realidad.
No todos compiten con las mismas herramientas. No todos parten del mismo lugar. Sin embargo, el discurso meritocrático exige resultados iguales bajo condiciones radicalmente desiguales. Y cuando esos resultados no llegan, ofrece una explicación simple y cruel: la culpa es del individuo.
Por eso, lejos de ampliar libertades, la meritocracia las restringe. Reduce la libertad a la capacidad de competir exitosamente en un sistema dado, sin cuestionar quién diseñó ese sistema ni a quién beneficia. La libertad deja de ser un derecho colectivo para convertirse en un premio.
De la crítica sociológica al sentido común neoliberal
Que la meritocracia haya pasado de sátira crítica a sentido común dominante no es casual. Su difusión coincide con el avance de proyectos políticos que necesitaban justificar el ajuste, la desigualdad y el retiro del Estado sin recurrir a argumentos abiertamente elitistas. El mérito ofreció esa coartada perfecta.
Hoy, la meritocracia funciona como una moral del orden existente. No promete igualdad, sino legitimidad. No propone justicia social, sino resignación. Y lo hace con un lenguaje amable, aparentemente racional, que esconde una verdad incómoda: no todos los méritos valen lo mismo cuando las condiciones de vida son radicalmente distintas.
Conclusión: desmontar el mito
Volver a leer a Michael Young no es un ejercicio académico nostálgico. Es una necesidad política. Recordar que la meritocracia nació como advertencia —y no como ideal— permite desmontar uno de los mitos más eficaces de nuestro tiempo. Un mito que no libera, sino que ordena. Que no emancipa, sino que clasifica. Que no corrige desigualdades, sino que las naturaliza.
Entender esto es el primer paso para recuperar una discusión de fondo: qué tipo de sociedad queremos construir y si estamos dispuestos a aceptar un orden que se presenta como justo mientras reproduce, una y otra vez, las mismas jerarquías.
Prof. Walter Onorato
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