Pensar la alegría como necesidad social, acto político y respuesta frente a la tristeza organizada
En El derecho a la alegría, *capítulo del libro Ser como ellos y otros artículos, Eduardo Galeano no escribe sobre optimismo ingenuo ni felicidad decorativa. Desde una serie de artículos pensados para intervenir en el debate público, propone leer la alegría como una necesidad social y una práctica colectiva, capaz de disputar sentido frente a la tristeza estructural, la burocracia, el miedo y la resignación organizada.
Hablar de alegría en medio de la miseria, del cansancio social, del salario que no alcanza y de la vida reducida a sobrevivir parece, a primera vista, una provocación. Y sin embargo, eso es exactamente lo que hace Galeano en este texto: incomodar. No para negar la realidad, sino para discutirla desde un lugar poco habitual. La alegría, advierte, no es evasión ni consuelo barato; es una forma de acción que pone en cuestión el orden de las cosas.
El punto de partida es incómodo: el país triste no es triste por naturaleza. No hay una condena cultural ni un destino inevitable. La tristeza es producida. Se fabrica con miedo, con burocracia, con silencios acumulados, con la repetición de discursos que explican por qué nada puede cambiar. Por eso Galeano se pregunta si somos tristes o si estamos jodidos, y enseguida da vuelta la pregunta: ¿es un bajón o es un desafío?
En ese giro aparece la dimensión política del texto. No una política reducida a partidos o elecciones, sino la política entendida como disputa por la vida cotidiana. Galeano no deposita expectativas mágicas en el Estado ni en líderes providenciales. Desconfía de las soluciones que prometen felicidad desde arriba. La alegría no se decreta, pero sí se puede asfixiar. Y las sociedades modernas han aprendido a hacerlo con notable eficacia.
La alegría que Galeano defiende no es individual ni consumista. No es la felicidad de vidriera ni la sonrisa obligatoria del mercado. Es una alegría concreta, colectiva, ligada al hacer. Nace cuando la gente se apropia de su tiempo, de su espacio, de su capacidad de crear. Por eso aparecen en el texto imágenes aparentemente pequeñas, pero cargadas de sentido: centros culturales en los barrios, música en las plazas, teatro en las calles, talleres, bicicletas, árboles donde antes hubo cemento. No son adornos urbanos ni políticas accesorias: son formas de recuperar la experiencia de vivir.
La crítica a la burocracia ocupa un lugar central. Galeano la presenta como un “dragón” que devora expedientes y entusiasmos, una maquinaria que enfría, demora y desalienta. No es solo ineficiencia administrativa; es una lógica que neutraliza la participación y convierte a la gente en espectadora. Frente a eso, la respuesta no es técnica sino social: participación popular, acción colectiva, protagonismo cotidiano.
La juventud aparece como sujeto clave. Galeano rechaza la idea de una juventud apática o desinteresada. Lo que hay, dice, es frustración. Cuando la política se limita a repetir consignas gastadas, cuando no hay espacios reales para hacer, la alegría se retira. Y cuando se va la alegría, queda el terreno fértil para la tristeza organizada, esa que paraliza y empuja al cinismo, a la resignación o a la huida.
El texto dialoga, además, con la historia reciente del Uruguay: la dictadura, el miedo, la impunidad, el desgaste democrático. Galeano no niega ese pasado, pero advierte sobre el peligro de quedar atrapados en él. Un país que solo habla desde el trauma termina usando un lenguaje cansado, incapaz de imaginar futuro. La alegría, en ese sentido, no es olvido: es ruptura del hechizo.
Hay también una lectura latinoamericana de fondo. Cuando Galeano habla de países que exportan jóvenes, no se refiere solo a la migración económica, sino a una expulsión de futuro. Sociedades que no ofrecen condiciones para la alegría terminan vendiendo su esperanza. Y eso no es una anécdota: es una señal de fracaso estructural.
Todo el texto se mueve en esa tensión entre lo pequeño y lo profundo. Galeano no promete revoluciones inmediatas ni soluciones totales. Reconoce que estas acciones no eliminan la pobreza ni derriban el sistema. Pero insiste en algo fundamental: sin ellas, no hay transformación posible. Porque la tristeza permanente no es neutral; es funcional al poder. Un pueblo triste es más fácil de gobernar, de ajustar, de silenciar.
Leído en su justa dimensión, El derecho a la alegría no es un manifiesto autónomo ni una proclama cerrada. Es un capítulo, una pieza más dentro de Ser como ellos y otros artículos, un libro concebido para intervenir en el debate público, incomodar certezas y discutir por qué las sociedades aceptan vivir tristes como si fuera natural. Galeano no ofrece fórmulas ni redenciones. Propone algo más modesto y, justamente por eso, más radical: recuperar la alegría como experiencia concreta del hacer colectivo, como ensayo permanente de transformación, como prueba viva de que la realidad no está condenada a ser siempre igual. Porque, al final, la alegría no es un estado de ánimo. Es una forma de acción. Y sin acción, no hay política posible.
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