El reciente traslado del sable corvo del general José de San Martín reabrió un debate que excede largamente la discusión patrimonial o museográfica. No se trata simplemente de dónde descansa una pieza histórica, sino de qué proyecto de país se invoca cuando se la pone en escena. En ese gesto simbólico aparece una tensión profunda entre el pensamiento del Libertador y el ideario político del actual presidente Javier Milei, una tensión que se vuelve imposible de ignorar cuando se recuerda que el mandatario argentino se ha declarado públicamente admirador de Margaret Thatcher y expresa su afinidad política con Donald Trump.
San Martín pensó la independencia como una empresa colectiva, continental y profundamente antiimperial. Su proyecto político no fue el de una república mínima subordinada a las potencias comerciales de la época, sino el de una Nación soberana capaz de decidir su propio destino en un mundo dominado por imperios. No concibió la libertad como una abstracción ni como una consigna económica, sino como una condición material, política y social para que los pueblos de América dejaran de ser periferia de intereses ajenos. Por eso cruzó los Andes, por eso priorizó la unidad sudamericana y por eso entendió que sin poder político propio no hay libertad real posible.
El sable corvo —arma, símbolo y testamento— condensa esa visión. No es una reliquia neutral ni decorativa: representa la defensa de la soberanía, la voluntad de independencia frente a intereses externos y la convicción de que la libertad se conquista con organización, sacrificio y decisión política, no con discursos vacíos. San Martín no admiró a los imperios que dominaban los mares; los enfrentó. Pero hay un dato histórico decisivo, muchas veces silenciado, que vuelve aún más forzado cualquier intento de apropiación discursiva de su legado: el Ejército Libertador no fue un ejército estatal en el sentido moderno del término.
No respondía a un Estado nacional plenamente constituido ni a una estructura burocrática permanente. Fue, ante todo, un ejército revolucionario, nacido antes que la Nación misma, creado para destruir un orden colonial y construir soberanía donde no la había. San Martín no comandó una fuerza profesional al servicio de un poder establecido, sino una organización militar forjada con aportes populares, trabajo colectivo, disciplina política y una causa histórica concreta. El Ejército Libertador no defendía un statu quo: lo demolía. No preservaba fronteras heredadas: las estaba creando. Y lo hacía en nombre de una idea que hoy incomoda profundamente a los discursos del mercado absoluto: la libertad como proyecto colectivo, no como libertad individual desligada de toda responsabilidad social.
Este carácter revolucionario marca una distancia insalvable con los ejércitos modernos, concebidos para garantizar el orden de Estados ya constituidos y, en muchos casos, alineados con doctrinas, intereses o agendas geopolíticas externas. El sable corvo no fue empuñado para garantizar “libertad de mercado”, sino para disputar poder real frente a imperios concretos. Fue el arma de una revolución, no el emblema de una desregulación.
El contraste con Javier Milei, entonces, se vuelve abrupto y difícil de disimular. El presidente argentino se define como “libertario” mientras reivindica a figuras centrales del orden imperial contemporáneo. Su admiración por Margaret Thatcher no es un dato anecdótico ni una provocación retórica: Thatcher fue la jefa de gobierno que condujo la guerra de 1982 contra la Argentina y bajo cuyo mando murieron 649 compatriotas en Malvinas. Admirar a quien encabezó una ofensiva colonial contra el país no es una excentricidad ideológica, sino una definición política.
En la misma línea se inscribe su declarado entusiasmo por Donald Trump, representante de un nacionalismo económico estadounidense que protege sus mercados, subsidia su industria y utiliza al Estado como herramienta estratégica cuando así lo requieren sus intereses. La paradoja es evidente: Milei exalta un “libre mercado” que las potencias que admira no practican cuando se trata de defender su poder real.
Aquí el paralelismo con San Martín se quiebra definitivamente. El Libertador entendió que la dependencia económica es una forma sofisticada de dominación política. Milei, en cambio, propone la retirada del Estado y la desarticulación de herramientas soberanas en nombre de una libertad abstracta que deja a la Nación desarmada frente a actores globales infinitamente más poderosos. Donde San Martín habló de Patria, de pueblo y de emancipación, Milei habla de individuos aislados; donde el Libertador buscó autonomía, el presidente exhibe alineamiento.
El episodio del sable corvo, leído en este contexto, deja de ser inocente. ¿Qué sentido tiene invocar a San Martín mientras se reivindica a quienes encarnan la negación más brutal de su legado histórico? El sable no puede convertirse en utilería de un relato que vacía su significado político. San Martín no fue un “libertario” de manual ni un teórico del individualismo extremo: fue un revolucionario que comprendió la libertad como una construcción histórica, social y colectiva.
También hay una dimensión ética que no puede omitirse. San Martín renunció al poder, rechazó honores, se negó a derramar sangre fratricida y murió en el exilio sin claudicar en sus principios. Milei, por el contrario, construye su identidad política exaltando líderes extranjeros y descalificando la tradición nacional. La admiración por Thatcher y Trump no es compatible con la ética sanmartiniana, una ética basada en el servicio, la austeridad y la soberanía.
El traslado del sable corvo obliga, entonces, a elegir qué memoria se quiere activar. O se lo entiende como recordatorio de una gesta inconclusa —la independencia económica y política— o se lo reduce a un objeto despojado de contenido, apto para convivir con un proyecto que celebra a quienes combatieron a la Argentina. En ese cruce, la historia no es neutral: interpela.
San Martín no necesita homenajes vacíos ni apropiaciones oportunistas. Su legado exige coherencia. No hay forma de conciliar el pensamiento del Libertador con la admiración por Margaret Thatcher ni con el alineamiento acrítico a potencias que conciben a la Argentina como proveedor de recursos y mercado cautivo. El sable corvo, lejos de ser un fetiche, sigue planteando la misma pregunta incómoda que hace dos siglos: independencia o subordinación. La respuesta no está en una vitrina. Está en el proyecto de país que se elige todos los días.
Prof. Walter Onorato
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