Milei o Perón: cuando el consumo define de qué lado está el país - HISTORIANDOLA

Breaking

Milei o Perón: cuando el consumo define de qué lado está el país

 Del mercado para pocos al consumo de masas: dos modelos de país enfrentados en la historia argentina






Hubo un tiempo en la Argentina en el que los trabajadores no contaban. No contaban para el poder, no contaban para la economía y mucho menos para el mercado. Entre 1930 y 1945, el modelo económico dominante reservaba el consumo masivo para las clases medias y altas. Los sectores populares quedaban prácticamente afuera del circuito económico: trabajaban, producían, pero no consumían. El mercado interno era pequeño, concentrado y pensado para la élite.


Ese esquema, basado en una economía que privilegiaba a la oligarquía y restringía la participación de los sectores populares, es precisamente el tipo de modelo que hoy reivindica el discurso libertario de Javier Milei. Un país donde el mercado funciona para unos pocos y donde el consumo popular deja de ser un motor económico para convertirse en un problema fiscal.


A veces esa distancia histórica se vuelve evidente cuando uno lee los comentarios que pululan en redes sociales. Aparecen los niñatos libertarios elogiando con entusiasmo el período preperonista, repitiendo la fantasía de una “Argentina potencia mundial” cuya fuente bibliográfica suele ser un misterio digno de investigación. Lo que rara vez advierten es algo bastante más incómodo: si hubieran vivido en aquella Argentina que tanto romantizan, probablemente habrían sido apenas un número más dentro de las mayorías excluidas del acceso a bienes básicos para una vida digna.


Porque la Argentina anterior a 1946 no era la postal idílica que hoy se intenta reconstruir desde la nostalgia liberal. Era un país profundamente desigual, donde el consumo de bienes durables y la mejora material del hogar estaban reservados para una minoría acomodada.


La historia dio un giro radical con la llegada de Juan Domingo Perón al gobierno en 1946. En pocos años se produjo una transformación económica y social que alteró la lógica misma del mercado argentino. Los trabajadores dejaron de ser simples engranajes de la producción para convertirse en protagonistas del consumo.


El cambio fue inmediato y contundente. Entre 1946 y 1948 el consumo creció a una tasa del 14% anual. No fue un crecimiento abstracto ni estadístico: se reflejó directamente en la vida cotidiana de millones de familias. Las ventas de bienes durables explotaron. Las heladeras aumentaron un 218% y las cocinas un 106%.


Detrás de esos números había algo mucho más profundo que un repunte comercial. Había hogares que por primera vez podían equiparse, mejorar sus condiciones de vida y participar de un mercado que durante décadas les había estado vedado. El trabajador dejó de ser únicamente fuerza laboral barata para convertirse en consumidor, ciudadano y actor económico central.


Ese proceso no fue casual. Respondía a un proyecto económico claro: expandir el mercado interno mediante salarios más altos, derechos laborales y una redistribución del ingreso que hiciera del consumo popular el motor del crecimiento.


Por eso la discusión sobre el pasado no es un simple debate académico. Es una disputa sobre el presente y el futuro. Entre un modelo que concentra riqueza y restringe el consumo de las mayorías, y otro que entiende que la economía solo se dinamiza cuando los trabajadores pueden participar plenamente del mercado.


La historia argentina ya mostró qué ocurre cuando el consumo queda reservado para una minoría. Y también lo que sucede cuando los trabajadores se transforman en el centro del sistema económico.


Entre esos dos caminos —el de la exclusión oligárquica o el de la inclusión social— se juega, todavía hoy, el modelo de país.

No hay comentarios:

Publicar un comentario