Moreno y Saavedra: la disputa por el rumbo de la Revolución de Mayo - HISTORIANDOLA

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Moreno y Saavedra: la disputa por el rumbo de la Revolución de Mayo

Haremos otra, lectura documental del conflicto dentro de la Primera Junta y del proyecto político que el secretario intentó imponer en los primeros meses de la Revolución de Mayo. 

En su obra Historia de la Argentina, el historiador Ernesto Palacio reconstruye uno de los momentos decisivos de 1810: el enfrentamiento político entre Mariano Moreno y el sector encabezado por Cornelio Saavedra. A partir de esa mirada, surge una figura compleja, lejos de la simplificación escolar: un dirigente decidido a precipitar la independencia, pero derrotado por una coalición política que utilizó la llegada de los diputados del interior para desplazarlo del poder.





La historia política de los primeros meses de la Revolución de Mayo suele presentarse como un proceso relativamente homogéneo, guiado por un conjunto de patriotas que avanzaban en una misma dirección. Sin embargo, una lectura atenta de las fuentes y de ciertos historiadores permite advertir que el escenario fue mucho más conflictivo. Entre ellos, Ernesto Palacio ofrece una reconstrucción que pone en primer plano la lucha interna dentro de la Primera Junta, una disputa que tuvo como protagonistas centrales a Mariano Moreno y a Cornelio Saavedra. A partir de su relato, la revolución aparece menos como una marcha uniforme hacia la independencia y más como una arena de confrontaciones ideológicas, estrategias políticas y maniobras institucionales.


El punto de partida del conflicto se encuentra en la llegada de los diputados del interior. Según relata Palacio, “los diputados electos por los cabildos del interior según lo dispuesto en el acta de mayo habían empezado a llegar a Buenos Aires a fines de junio”. Entre ellos se encontraban figuras destacadas, en muchos casos pertenecientes al clero o al mundo intelectual de las provincias. El autor menciona especialmente al deán de la catedral de Córdoba, Gregorio Funes, y al jujeño Juan Ignacio de Gorriti, hombres que, según el texto, estaban llamados a “ilustrar la revolución con la palabra y la pluma”. En los meses siguientes continuaron arribando representantes hasta sumar alrededor de una docena.


Pero mientras esos diputados avanzaban hacia la capital, en el interior del gobierno revolucionario ya se había instalado una disputa profunda. Palacio señala que “ya estaba planteada para esa fecha una disidencia ideológica en el seno de la Junta”. Esa divergencia se manifestaba en los escritos que Mariano Moreno publicaba en la Gaceta, donde comenzaba a delinear un proyecto político de mayor alcance que la simple administración provisoria del poder.


El plan de Moreno, según la reconstrucción del historiador, consistía en avanzar hacia una redefinición institucional del antiguo virreinato. El congreso que debía reunirse con los diputados del interior tenía que asumir, en su concepción, “facultades constituyentes”. En otras palabras, debía transformarse en el órgano capaz de reorganizar el sistema político y establecer las bases de un nuevo orden.


La premisa que guiaba ese proyecto era clara. Moreno consideraba que la ruptura con España era inevitable. La independencia no era para él una posibilidad lejana ni un resultado eventual, sino la consecuencia lógica de un proceso ya en marcha. En palabras atribuidas al propio secretario, la “independencia de las colonias” era la consecuencia necesaria de la “inevitable pérdida de España”. Esta convicción, explica Palacio, no era una excentricidad personal. Por el contrario, estaba bastante extendida entre los dirigentes revolucionarios. Incluso el enviado de la Junta a Inglaterra, Matías Irigoyen, escribía el 10 de octubre sobre “la imposibilidad de que esta desgraciada nación (España) recupere su libertad”.


Sin embargo, la diferencia entre Moreno y otros dirigentes no radicaba únicamente en el diagnóstico, sino en la estrategia política. Moreno no quería esperar a que los acontecimientos confirmaran la ruptura con la metrópoli. El historiador describe su actitud con una precisión que ilumina su carácter político: “A fuer de verdadero estadista, Moreno no se resignaba a esperar el resultado, sino que lo preveía, y quería precipitar las decisiones para negociar luego, si era preciso, sobre los hechos consumados”.


Ese impulso transformador chocaba con otro sector de la Junta que prefería una actitud más cautelosa. Palacio describe a ese grupo como la “fracción timorata” del gobierno, vinculada a los intereses del comercio del puerto. Este sector se escandalizaba tanto por el tono de las expresiones de Moreno como por la severidad de su política destinada a eliminar los obstáculos que frenaban la revolución.


La oposición a Moreno tenía, además, una ventaja decisiva. El grupo encabezado por Saavedra contaba con el respaldo de las fuerzas militares, mientras que el secretario carecía de ese apoyo. La única excepción era un regimiento, el “Estrella”, que estaba bajo el mando de Domingo French. La relación de fuerzas dentro del gobierno comenzaba a inclinarse de manera peligrosa para el secretario.


Mientras tanto, los acontecimientos militares parecían fortalecer el clima revolucionario. Las noticias que llegaban del interior eran alentadoras. La expedición al Alto Perú, ahora dirigida por Balcarce, logró el 7 de noviembre una victoria decisiva en la batalla de Suipacha contra el ejército realista. El triunfo provocó una nueva insurrección en Potosí y la captura del general Nieto y del gobernador Paula Sanz. Las banderas tomadas a los vencidos llegaron a Buenos Aires el 12 de diciembre, alimentando el entusiasmo popular.


La celebración de esa victoria, sin embargo, se transformó en un episodio que profundizó las tensiones políticas. Durante un banquete en el cuartel de Patricios, un oficial, excitado por el entusiasmo y el vino, pronunció un brindis en honor a Saavedra. El gesto fue interpretado por Moreno como un síntoma alarmante de personalismo político.


La reacción del secretario fue inmediata. El episodio lo impulsó a promover el famoso decreto de supresión de honores al presidente de la Junta. Palacio lo define como un “verdadero código moral republicano”. El decreto buscaba eliminar cualquier forma de exaltación personal dentro del gobierno revolucionario, reafirmando la igualdad entre sus miembros. Sin embargo, la medida fue aceptada con disgusto por el propio Saavedra, y terminaría convirtiéndose en uno de los detonantes de la crisis política que se avecinaba.


El enfrentamiento se agravó con otro decreto, promulgado pocos días antes, que prohibía a los españoles nativos acceder a cargos públicos. Estas decisiones alimentaron la oposición de los sectores más moderados y contribuyeron a consolidar una mayoría contraria al secretario.


En ese contexto, la figura de Moreno fue objeto de interpretaciones diversas. Palacio se detiene a cuestionar una imagen muy difundida en la historiografía. Según él, “la leyenda que hace de Moreno un exaltado jacobino es inexacta”. Reconoce que se trataba de un hombre imaginativo y nervioso, “tipo de hombre que siempre asusta a los mediocres”, pero al mismo tiempo subraya su “exquisito equilibrio intelectual”.


El pensamiento de Moreno, según esta lectura, estaba profundamente influido por las ideas del Contrato Social. Como muchos jóvenes de su tiempo, había sido impactado por esas doctrinas, aunque su formación escolástica y su tradición cultural moderaban ese influjo. Sus escritos, explica el historiador, se fundaban en la idea de la “reversión al pueblo de los poderes del rey cautivo”, con el supuesto de que esos poderes debían al consentimiento popular.


Lejos de un radicalismo descontrolado, Palacio sostiene que Moreno aspiraba a una república moderada. Su pensamiento combinaba la influencia ilustrada con el respeto por la tradición jurídica española y con una valoración del sistema político inglés, basado en el equilibrio de poderes.


Pero las disputas dentro de la Junta no se resolvían en el plano de las ideas. La política concreta avanzaba por otros caminos. El sector saavedrista encontró en los diputados del interior el instrumento ideal para neutralizar al secretario. En la circular que convocaba a su elección se había deslizado un detalle decisivo: los diputados se incorporarían al gobierno como vocales.


A partir de esa cláusula, los adversarios de Moreno lograron construir una mayoría que anuló su influencia. El propio Palacio sugiere que el principal impulsor de esta maniobra fue el deán Gregorio Funes, a quien describe como “hábil para la intriga aunque blando”, complemento ideal para Saavedra.


La incorporación de los diputados al Ejecutivo tenía una ventaja política evidente para los sectores conservadores: impedía la reunión del congreso que Moreno deseaba convocar. Sin congreso no habría constitución ni independencia inmediata. Todo quedaría aplazado hasta que se definiera la situación en España.


Moreno defendió con energía su proyecto, pero terminó derrotado. La mayoría argumentó que existía un clima de opinión pública contrario a su política, especialmente después del decreto sobre los españoles. La decisión final se tomó el 18 de diciembre. Para el secretario, la incorporación de los diputados significaba el fracaso de su plan político.


Su reacción fue presentar la renuncia. Aunque formalmente no fue aceptada, el gobierno decidió enviarlo en misión diplomática a Londres. Moreno partió el 24 de enero de 1811 y murió en alta mar el 4 de marzo, a los treinta y dos años.


En la interpretación de Palacio, su caída no fue un episodio menor. Representó la derrota de una estrategia revolucionaria que buscaba acelerar el proceso independentista mediante decisiones políticas audaces. En su lugar se impuso una orientación más cautelosa, dispuesta a esperar el desarrollo de los acontecimientos internacionales.


Así, la figura de Mariano Moreno aparece en esta reconstrucción histórica lejos de las caricaturas simplificadoras. No fue, según Palacio, ni el jacobino exaltado de ciertas leyendas ni el simple doctrinario de gabinete. Fue, más bien, un dirigente que intentó precipitar el curso de la revolución y que terminó derrotado por una combinación de prudencia política, maniobras institucionales y correlaciones de fuerza que le fueron adversas. Su muerte temprana, ocurrida apenas unos meses después de abandonar el poder, terminaría convirtiéndolo en una de las figuras más enigmáticas de los orígenes de la política argentina.


Fuente:

Ernesto Palacio: Historia de la Argentina 1511-1983


Sobre el Autor

Ernesto Palacio (1900–1979) fue un historiador, ensayista y dirigente político argentino asociado a la corriente del revisionismo histórico nacionalista. Su obra se inscribe en el movimiento intelectual que, desde la década de 1930, cuestionó la interpretación liberal de la historia argentina elaborada en el siglo XIX por autores como Bartolomé Mitre.

El revisionismo al que pertenecía Palacio buscó revisar el relato tradicional del pasado nacional, poniendo en discusión la visión liberal que exaltaba ciertos actores y procesos históricos. Desde esta perspectiva, los revisionistas intentaron reinterpretar los conflictos políticos del siglo XIX y revalorizar figuras históricas que habían sido criticadas por la historiografía liberal.

En su obra más conocida, Historia de la Argentina, Palacio propone una lectura política del proceso histórico nacional, centrada en las disputas de poder y en los enfrentamientos entre distintos proyectos políticos. Su enfoque tiende a destacar los conflictos internos dentro de los procesos revolucionarios y a cuestionar algunas interpretaciones consagradas de personajes históricos.

Un ejemplo de esta mirada aparece en su interpretación de Mariano Moreno, donde sostiene que “la leyenda que hace de Moreno un exaltado jacobino es inexacta”, proponiendo una caracterización más matizada de su pensamiento y de su actuación política.

En términos historiográficos, Ernesto Palacio es considerado uno de los representantes del revisionismo argentino del siglo XX, una corriente que buscó ofrecer una reinterpretación crítica del pasado nacional frente a la tradición liberal dominante.



Prof. Walter Onorato

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