Mucho antes de Maquiavelo, el emir Abd Alláh al-Zirí dejó un testimonio excepcional sobre las intrigas del poder, la corrupción de las élites y la estrategia de "divide y reinarás" que permitió a Alfonso VI someter a las taifas musulmanas. Su obra, escrita desde el exilio tras perder Granada, es una de las reflexiones políticas más brillantes de la Edad Media.
La historia suele ser escrita por los vencedores. Sin embargo, de vez en cuando sobrevive la voz de un derrotado capaz de explicar con una lucidez extraordinaria por qué cayó. Eso es precisamente lo que convierte al Tibyán de Abd Allāh al-Zirí en una obra única dentro de la historia política europea.
Abd Allāh fue el último gobernante de la dinastía zirí de Granada. Reinó entre 1073 y 1090, en una época en la que Al-Ándalus ya no era el poderoso Califato de Córdoba, sino un mosaico de pequeños reinos conocidos como taifas. Aquella fragmentación política alimentó un esplendor cultural notable, pero también una feroz competencia entre gobernantes incapaces de construir un proyecto común frente al avance de los reinos cristianos.
El emir granadino fue testigo directo de ese proceso. Y también una de sus víctimas.
Cuando los almorávides, llegados desde el norte de África, decidieron absorber las taifas tras derrotar a Alfonso VI, Abd Allāh perdió su reino y marchó al exilio en Marruecos. Allí escribió sus memorias. No lo hizo para justificar su actuación ni para presentarse como un héroe incomprendido. Por el contrario, emprendió un ejercicio poco frecuente entre los gobernantes medievales: analizar sus propios errores.
Su libro resulta sorprendentemente moderno. En sus páginas describe cómo funcionaba realmente el poder, cómo las rivalidades personales terminaban destruyendo a los Estados y de qué manera un enemigo inteligente podía dominar a sus adversarios sin necesidad de vencerlos militarmente.
El gran protagonista de esa estrategia fue Alfonso VI de Castilla. Abd Allāh explica con notable precisión cómo el monarca castellano aprovechó las divisiones entre las taifas mediante una política sistemática de enfrentarlas entre sí. Ningún reino musulmán podía confiar plenamente en el otro. Todos desconfiaban de sus vecinos. Todos buscaban obtener ventajas particulares. Y Alfonso explotó esa debilidad con una habilidad extraordinaria.
El mecanismo era tan eficaz como perverso. El rey castellano exigía a las taifas enormes sumas de dinero, conocidas como parias, a cambio de garantizarles protección o apoyo militar. Si un gobernante se negaba a pagar, Alfonso ayudaba a su enemigo. Si otro ofrecía una suma mayor, cambiaba inmediatamente de aliado. El resultado era devastador: las taifas financiaban con su propio dinero el crecimiento del poder que terminaría sometiéndolas.
El propio Abd Allāh reconoce haber caído en esa trampa. En un primer momento rechazó las exigencias económicas de Alfonso VI. Pero cuando comprobó que Sevilla estaba dispuesta a pagar una cantidad superior para asegurarse el favor castellano, terminó aceptando entregar todavía más dinero del que inicialmente se le había exigido.
Aquella competencia suicida debilitó a todos los reinos musulmanes.
Sin embargo, quizá el aspecto más fascinante del Tibyán sea la honestidad con la que el antiguo emir analiza su propia caída. No culpa exclusivamente a enemigos externos ni atribuye su derrota al azar. Examina cómo perdió progresivamente el apoyo de comerciantes, militares, nobles y dirigentes religiosos. Reconoce errores diplomáticos, decisiones equivocadas y una incapacidad creciente para interpretar el clima político de Granada.
Esa capacidad de autocrítica convierte su obra en un documento excepcional. Mientras buena parte de la literatura política medieval buscaba glorificar a los gobernantes, Abd Allāh prefirió comprender por qué había fracasado.
También dedica numerosas reflexiones al papel de los consejeros y al ejercicio del liderazgo. Una de sus frases más recordadas resume toda una filosofía política: "Escucharía con los oídos lo que la gente tuviese que decir, pero no con el intelecto". Para el emir, un gobernante debía escuchar todas las opiniones posibles, pero jamás renunciar a su propio juicio.
Por esa combinación de autobiografía, análisis estratégico y reflexión sobre el poder, numerosos especialistas comparan el Tibyán con El príncipe de Maquiavelo. Sin embargo, existe una diferencia fundamental. Mientras el pensador florentino enseñó cómo conservar un Estado, Abd Allāh explicó por qué el suyo desapareció.
Más de nueve siglos después, sus páginas siguen conservando una vigencia sorprendente. Enseñan que los grandes imperios no siempre derrotan a sus enemigos únicamente por su fuerza militar. Muchas veces triunfan porque encuentran frente a ellos sociedades divididas, dirigentes incapaces de cooperar y élites que prefieren competir entre sí antes que defender intereses comunes.
El Tibyán no es solamente el testimonio del último rey de Granada. Es una advertencia sobre cómo un Estado puede comenzar a derrumbarse mucho antes de que caigan sus murallas. El verdadero colapso empieza cuando la división interna se convierte en la mejor aliada del adversario.
Prof. Walter Onorato
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