De Mussolini a Trump: cuando el poder político intenta jugar el Mundial - HISTORIANDOLA

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De Mussolini a Trump: cuando el poder político intenta jugar el Mundial

 

La intervención del presidente de Estados Unidos para que la FIFA revisara la sanción a Folarin Balogun reavivó un viejo fantasma. Hace más de noventa años, Benito Mussolini convirtió el Mundial de Italia 1934 en una herramienta de propaganda y dejó un legado de sospechas que aún persigue a la máxima cita del fútbol.



El fútbol suele presentarse como un territorio ajeno a la política. Sin embargo, la historia demuestra exactamente lo contrario. Cada vez que el poder descubre el enorme impacto social de una Copa del Mundo, la tentación de intervenir aparece con fuerza. Lo ocurrido en el Mundial 2026, tras la decisión de la FIFA de suspender la fecha de sanción al delantero estadounidense Folarin Balogun luego de la intervención del presidente Donald Trump, volvió a instalar una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar la influencia política sobre el deporte?

Trump no ocultó su participación. El mandatario reconoció públicamente que habló con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para solicitar la revisión de la tarjeta roja recibida por Balogun frente a Bosnia y Herzegovina. Poco después, la FIFA anunció una medida inédita: mantuvo la expulsión, pero suspendió el cumplimiento de la fecha automática de sanción, permitiendo que el delantero pudiera disputar el decisivo encuentro frente a Bélgica. La resolución provocó un inmediato rechazo de la UEFA y de la Federación Belga, que advirtieron sobre el riesgo que representa para la credibilidad del torneo cualquier apariencia de injerencia política.

La polémica inevitablemente remite al Mundial de Italia de 1934, el primero organizado por un régimen totalitario. Benito Mussolini comprendió antes que nadie el valor político del fútbol y convirtió aquella Copa del Mundo en una gigantesca operación propagandística. El campeonato fue diseñado para exhibir la fortaleza del fascismo ante millones de personas, mientras el dictador seguía de cerca cada paso de la selección italiana.







Las sospechas comenzaron a acumularse partido tras partido. Los arbitrajes favorables a Italia, especialmente en la recordada serie frente a España, alimentaron denuncias que nunca desaparecieron del todo. Décadas de investigaciones no lograron encontrar un documento que demostrara una orden directa de Mussolini para amañar encuentros, pero sí dejaron ampliamente acreditado el clima de presión política que rodeó al torneo y el uso sistemático del Mundial como una herramienta de legitimación del régimen fascista.


Las diferencias entre ambos episodios son evidentes. La Italia de 1934 era una dictadura que utilizaba el deporte como parte de un aparato de propaganda estatal. Estados Unidos es una democracia con instituciones diferentes y no existen elementos para equiparar ambos contextos (en teoría). Pero el denominador común resulta inquietante: en los dos casos, un jefe de Estado aparece intentando influir sobre una competencia que debería resolverse exclusivamente dentro del campo de juego.

La FIFA sostiene que sus órganos disciplinarios actúan con independencia y que la decisión sobre Balogun respondió a los mecanismos previstos en su reglamento. Sin embargo, la sucesión de los hechos, sumada al reconocimiento del propio Trump sobre sus gestiones ante Infantino, volvió a poner bajo la lupa la autonomía del organismo que gobierna el fútbol mundial.

Noventa años separan a Mussolini de Trump. Los contextos históricos son radicalmente distintos, pero ambos episodios dejan una misma advertencia: cuando el poder político cruza la línea y entra al terreno de juego, el resultado deportivo deja de ser el único protagonista. Y cada decisión comienza a medirse no sólo por el reglamento, sino también por la sombra de la influencia.


Prof. Walter Onorato

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