El intelectual bajo el capitalismo: cuando pensar se convierte en un acto de resistencia. Paul A. Baran desmontó el mito de la neutralidad intelectual y denunció cómo el capitalismo busca convertir el conocimiento en un instrumento al servicio del poder antes que en una herramienta para la emancipación humana.
Existe una idea profundamente arraigada en las sociedades contemporáneas: la de que el intelectual debe mantenerse al margen de los conflictos políticos, limitarse a producir conocimiento y dejar que otros decidan cómo utilizarlo. Esa imagen del académico neutral, del científico ajeno a las disputas sociales o del experto que sólo responde a la evidencia parece hoy una condición natural del trabajo intelectual. Sin embargo, para el economista marxista Paul A. Baran esa pretendida neutralidad constituye una de las mayores construcciones ideológicas del capitalismo moderno. Su ensayo "El compromiso del intelectual" es una impugnación frontal a esa concepción y una reivindicación del conocimiento como práctica inseparable de la historia y de la lucha por transformar la sociedad.
Baran parte de una constatación histórica. El desarrollo del capitalismo no sólo revolucionó la producción de bienes materiales. También reorganizó profundamente el trabajo humano, estableciendo una creciente separación entre quienes producen con las manos y quienes producen con la mente. La expansión de la especialización permitió enormes avances científicos y tecnológicos, pero al mismo tiempo generó una fractura social que convirtió al trabajo intelectual en una actividad aparentemente desligada del resto de la sociedad. Esa división, lejos de ser inocente, consolidó una jerarquía cultural que otorgó prestigio a los llamados "cuellos azules" del conocimiento mientras relegaba el trabajo manual a un lugar subordinado.
Esa separación tiene consecuencias mucho más profundas que una simple división ocupacional. Según Baran, el intelectual termina siendo educado para pensar únicamente dentro de los límites de su especialidad. Aprende a resolver problemas técnicos con enorme precisión, pero pierde progresivamente la capacidad de comprender el proceso histórico del cual esos problemas forman parte. La economía queda aislada de la política, la ciencia de la ética, la cultura de las relaciones de poder y la tecnología de las condiciones sociales que hacen posible su existencia. La especialización deja entonces de ser solamente una herramienta de trabajo para convertirse en una forma de fragmentar la comprensión de la realidad.
Frente a esa fragmentación, Baran recupera una tradición intelectual que atraviesa buena parte del pensamiento crítico moderno. Ningún fenómeno social puede comprenderse de manera aislada. La realidad constituye una totalidad en permanente transformación y sólo puede ser explicada si se establecen las relaciones entre economía, política, cultura, ciencia e historia. Renunciar a esa mirada global implica aceptar como naturales procesos que son el resultado de relaciones sociales concretas. El capitalismo aparece entonces como un orden inevitable cuando, en realidad, es una construcción histórica susceptible de ser modificada.
Por esa razón el autor cuestiona con dureza la vieja idea liberal según la cual basta con que cada individuo atienda exclusivamente sus propios asuntos para contribuir automáticamente al bienestar colectivo. Esa concepción, heredera del pensamiento de Adam Smith, desplaza la responsabilidad social del intelectual y lo invita a refugiarse en la eficacia técnica, dejando que las consecuencias de su trabajo sean resueltas por otros. El conocimiento deja así de preguntarse para quién produce y al servicio de qué intereses se desarrolla.
Baran tampoco acepta la noción de una ciencia completamente neutral. Toda producción de conocimiento ocurre dentro de una sociedad atravesada por conflictos de intereses, relaciones de poder y proyectos políticos contrapuestos. El problema, sostiene, no consiste simplemente en decir la verdad, sino en preguntarse qué verdad se dice, sobre qué cuestiones se guarda silencio y quiénes se benefician de esas decisiones. La objetividad científica no desaparece por reconocer esas tensiones; por el contrario, sólo puede fortalecerse cuando el investigador es consciente de las condiciones históricas en las que produce conocimiento.
La crítica adquiere una dimensión aún más profunda cuando Baran analiza la posición social de los intelectuales. El capitalismo necesita expertos, técnicos, investigadores y profesionales altamente calificados para sostener su desarrollo económico. Sin embargo, también procura que ese enorme potencial intelectual permanezca restringido al funcionamiento eficiente del sistema y no cuestione sus fundamentos. El intelectual es celebrado mientras perfecciona la productividad, pero se vuelve incómodo cuando comienza a interrogar las desigualdades, la explotación o las formas de dominación que hacen posible ese mismo desarrollo.
En ese punto aparece el verdadero significado del compromiso intelectual. Para Baran no se trata de militar acríticamente detrás de una organización política ni de renunciar al rigor científico. El compromiso consiste en comprender que el conocimiento posee consecuencias sociales inevitables y que quien lo produce debe asumir la responsabilidad histórica derivada de esa influencia. La tarea del intelectual no termina cuando concluye una investigación. Comienza precisamente cuando ese conocimiento entra en contacto con la sociedad y contribuye a reproducir o a transformar el orden existente.
El ensayo concluye con una advertencia que mantiene una notable actualidad. Cuanto más reaccionarias se vuelven las clases dirigentes, mayor es la presión para desacreditar el pensamiento crítico, reducir la función del intelectual a la mera administración técnica y presentar cualquier cuestionamiento al orden establecido como una amenaza. En esos momentos históricos, afirma Baran, defender el humanismo, la razón y el compromiso con el progreso de la humanidad deja de ser una opción individual para convertirse en una responsabilidad colectiva. El intelectual, lejos de ocupar una cómoda posición de observador neutral, debe decidir si pone su conocimiento al servicio de la conservación del poder o de la emancipación de la sociedad.
Prof. Walter Onorato
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