Independencia argentina: la historia que no terminó el 9 de julio - HISTORIANDOLA

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Independencia argentina: la historia que no terminó el 9 de julio

El 9 de julio de 1816 no fue el comienzo de la independencia, sino la culminación de un proceso lleno de guerras, disputas políticas, proyectos enfrentados y decisiones que todavía hoy generan debate entre los historiadores.




Cuando se habla de la independencia argentina suele aparecer una imagen repetida hasta el cansancio: un grupo de diputados reunidos en la Casa de Tucumán firmando el acta del 9 de julio de 1816. Sin embargo, esa escena, aunque histórica, cuenta apenas una parte de la historia. La independencia fue el resultado de un proceso mucho más complejo, atravesado por conflictos internos, guerras civiles, intereses contrapuestos y distintos proyectos sobre cómo debía organizarse el nuevo país.

Desde la Revolución de Mayo de 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata habían comenzado a gobernarse por sí mismas, pero seguían sin declarar formalmente la ruptura con la Corona española. Durante seis años convivieron símbolos propios, gobiernos autónomos y ejércitos revolucionarios con una situación jurídica ambigua: oficialmente todavía no existía una declaración de independencia.

Esta contradicción preocupaba especialmente a José de San Martín. Desde Cuyo insistía una y otra vez en la necesidad de romper definitivamente los vínculos con España. En una célebre carta dirigida al diputado mendocino Tomás Godoy Cruz preguntaba: "¿Hasta cuándo esperamos para declarar nuestra independencia?". Para el Libertador resultaba absurdo acuñar moneda, tener bandera, escarapela y hacer la guerra contra el rey mientras, jurídicamente, todavía se reconocía su autoridad.

Pero el problema no era solamente España. En 1816 las Provincias Unidas atravesaban una de las peores crisis de toda la revolución. Las campañas militares al Alto Perú habían fracasado por tercera vez. En el norte, Martín Miguel de Güemes resistía con sus milicias gauchas el avance realista. Mientras tanto, el Directorio enfrentaba una guerra civil contra la Liga de los Pueblos Libres encabezada por José Gervasio Artigas, que proponía una organización federal completamente distinta del modelo centralista impulsado desde Buenos Aires.

De hecho, un año antes de la declaración de Tucumán, Artigas había convocado al Congreso de Oriente, reunido en Concepción del Uruguay. Aunque no quedaron actas oficiales, distintas investigaciones sostienen que allí ya se había proclamado la independencia y se había formalizado la Liga de los Pueblos Libres, integrada por la Banda Oriental, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes, Misiones y Córdoba. Este episodio suele ocupar un lugar secundario en los relatos escolares, aunque demuestra que existían distintos caminos para construir la emancipación.

La situación política también era extremadamente delicada. Los gobiernos del Directorio habían enviado misiones diplomáticas secretas a Europa con el objetivo de negociar una salida que evitara una eventual reconquista española. Algunas de esas gestiones llegaron incluso a plantear alternativas que contemplaban aceptar la protección británica o restaurar una monarquía vinculada a la familia real española. Estas iniciativas respondían al temor de que, tras la derrota de Napoleón y el regreso de Fernando VII al trono, España intentara recuperar sus colonias americanas por la fuerza. 

Recordemos que esas gestiones fueron impulsadas por los gobiernos del Directorio, especialmente durante las administraciones de Gervasio Posadas y Carlos María de Alvear. Concretamente fue Manuel de Sarratea, enviado por Posadas, quien remitió una nota a Fernando VII expresándole los "sentimientos de amor a su real persona" del gobierno del Directorio.

También debemos mencionar que apenas asumido Carlos María de Alvear como Director Supremo, envió a Bernardino Rivadavia y a Manuel Belgrano en una misión diplomática a Europa. Paralelamente despachó otra misión ante el representante británico en Río de Janeiro, Lord Strangford, donde se afirmaba que las Provincias Unidas deseaban pertenecer a Gran Bretaña y solicitaban incluso el envío de tropas y un jefe autorizado para organizar el país. 

En ese contexto ideológico comenzó a sesionar el Congreso de Tucumán el 24 de marzo de 1816. Su convocatoria tampoco estuvo exenta de polémicas. Las provincias de la Liga Federal no participaron porque rechazaban el sistema centralista impulsado desde Buenos Aires y mantenían un enfrentamiento abierto con el Directorio. Por eso, el Congreso representó solamente a una parte de las antiguas Provincias Unidas.

Finalmente, el 9 de julio de 1816 los diputados declararon "romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España" y proclamaron la existencia de una nación libre e independiente. Sin embargo, pocos días después debieron agregar una frase decisiva: la independencia también sería "de toda otra dominación extranjera". La incorporación de esa expresión respondía a los rumores —y a las sospechas fundadas— de que algunos sectores analizaban alternativas que podían colocar al nuevo Estado bajo la influencia de otras potencias europeas, especialmente Portugal.

La declaración tampoco resolvió automáticamente los problemas internos. Continuaron las guerras civiles, persistieron las disputas entre centralistas y federales y todavía faltaban muchos años para que pudiera consolidarse un Estado nacional. Incluso el propio concepto de "nación argentina" sigue siendo objeto de debate historiográfico. Mientras buena parte de la historiografía tradicional sostuvo que la nación nació en 1810 o en 1816, otros investigadores, como José Carlos Chiaramonte, consideran que durante aquellos años existían principalmente provincias soberanas y que la construcción del Estado nacional fue un proceso mucho más largo, desarrollado durante las décadas posteriores.

Por eso, reducir la independencia argentina a una única jornada o a la firma de un acta es simplificar uno de los procesos políticos más complejos de nuestra historia. El 9 de julio fue un momento decisivo, pero llegó después de años de revoluciones, campañas militares, enfrentamientos entre proyectos de país y profundas discusiones sobre quién debía ejercer el poder y cómo debía organizarse el territorio. Comprender esa complejidad permite mirar la independencia no como un hecho aislado, sino como una construcción colectiva, conflictiva y todavía abierta al análisis histórico.


Prof. Walter Onorato

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