Del triunfo prometiendo honestidad al helicóptero que simbolizó el derrumbe del país: a siete años de su muerte, el expresidente sigue siendo una de las figuras más cuestionadas de la historia política argentina.
El 9 de julio de 2019 murió Fernando De la Rúa a los 81 años. Su fallecimiento puso punto final a una extensa carrera política iniciada en la Unión Cívica Radical, pero no cerró el debate sobre el lugar que ocupa en la historia argentina. Para buena parte de la sociedad, su nombre quedó definitivamente asociado al colapso económico, político e institucional de diciembre de 2001, una crisis que terminó con decenas de muertos, un país paralizado y un presidente abandonando la Casa Rosada en helicóptero.
Nacido en Córdoba el 15 de septiembre de 1937, De la Rúa construyó su carrera política en la Ciudad de Buenos Aires. En 1973 fue elegido senador nacional y ese mismo año integró la fórmula presidencial de la UCR junto a Ricardo Balbín, que fue derrotada por Juan Domingo Perón y María Estela Martínez de Perón. Tras la recuperación democrática intentó convertirse en el candidato presidencial radical, aunque fue superado por Raúl Alfonsín en la interna de 1983. Más tarde regresó al Senado y, en 1996, se convirtió en el primer jefe de Gobierno electo de la Ciudad de Buenos Aires.
Su consagración llegó en 1999. Al frente de la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación derrotó primero a Graciela Fernández Meijide en la interna y luego al candidato peronista Eduardo Duhalde en las elecciones presidenciales. Su campaña prometía terminar con la corrupción del menemismo y recuperar la confianza de una sociedad golpeada por el desempleo y el deterioro económico.
Sin embargo, una vez en el poder, su gobierno mantuvo el régimen de convertibilidad y la política de ajuste fiscal que había caracterizado los últimos años del mandato de Carlos Menem. Lejos de revertir la crisis, la economía continuó deteriorándose mientras aumentaban el desempleo, la pobreza y la conflictividad social.
La situación política comenzó a desmoronarse rápidamente. En el año 2000 estalló el escándalo por las presuntas coimas en el Senado para aprobar la reforma laboral. La denuncia provocó la renuncia del vicepresidente Carlos "Chacho" Álvarez, quebró definitivamente la Alianza y dejó al gobierno sin uno de sus principales sostenes políticos.
La crisis económica tampoco encontró una salida. Tras el fracaso del plan impulsado por José Luis Machinea, Ricardo López Murphy asumió como ministro de Economía con un severo programa de ajuste que apenas sobrevivió dos semanas. Como última apuesta, De la Rúa convocó nuevamente a Domingo Cavallo, el creador de la convertibilidad durante el menemismo. La decisión buscaba recuperar la confianza de los mercados, pero terminó acelerando el desenlace.
El 1 de diciembre de 2001 se anunció el llamado "corralito", que restringía la extracción de dinero de los bancos. Millones de argentinos quedaron sin acceso a sus ahorros y el malestar social explotó en las calles. Los saqueos, las protestas y los cacerolazos se multiplicaron en todo el país.
El 19 de diciembre, el gobierno decretó el estado de sitio. La medida no frenó las movilizaciones y la respuesta de las fuerzas de seguridad derivó en una de las represiones más graves desde el regreso de la democracia. Las jornadas del 19 y 20 de diciembre dejaron 39 personas muertas en distintos puntos del país, cinco de ellas en las inmediaciones de Plaza de Mayo.
El 20 de diciembre, completamente aislado políticamente y sin respaldo para continuar gobernando, Fernando De la Rúa presentó su renuncia. Minutos después abandonó la Casa Rosada en helicóptero. Aquella imagen se convirtió en uno de los símbolos más recordados del fracaso de un gobierno que había llegado al poder prometiendo transparencia y estabilidad.
En los años posteriores enfrentó distintas causas judiciales. Fue absuelto en el expediente por las presuntas coimas en el Senado y también resultó sobreseído en la investigación por la represión de diciembre de 2001. No obstante, las resoluciones judiciales no modificaron el juicio político e histórico que pesa sobre su gestión.
Más de dos décadas después, la presidencia de Fernando De la Rúa continúa siendo sinónimo de crisis para gran parte de la sociedad argentina. Su paso por la Casa Rosada suele ser recordado menos por las promesas con las que llegó al poder que por el derrumbe económico, la descomposición política y las dramáticas imágenes de diciembre de 2001. Ese legado explica por qué, aún hoy, muchos lo consideran el rostro de uno de los gobiernos más fallidos desde el retorno de la democracia.

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