Fraude político y Estado interventor: la Argentina conservadora entre 1932 y 1943 - HISTORIANDOLA

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Fraude político y Estado interventor: la Argentina conservadora entre 1932 y 1943

 Entre 1932 y 1943, la Argentina atravesó un período conocido como la etapa conservadora, encabezado por los gobiernos de Agustín P. Justo (1932-1938) y Roberto M. Ortiz–Ramón Castillo (1938-1943). Durante estos años se intentó reconstruir un modelo de dominación política y económica similar al vigente entre 1880 y 1912, caracterizado por una fuerte restricción de la participación ciudadana y una democracia meramente formal.

En el plano político, la práctica del denominado “fraude patriótico” fue un rasgo central del período. Aunque se convocaba a elecciones, sus resultados eran manipulados, lo que garantizaba la continuidad de las fuerzas gobernantes. De este modo, se preservaba una fachada democrática mientras se limitaba la participación efectiva de la ciudadanía.

El escenario político estuvo dominado por cuatro grandes fuerzas. El radicalismo, desplazado del poder tras el golpe de 1930 y con algunas de sus figuras prohibidas, adoptó inicialmente una postura abstencionista como forma de denunciar la ilegitimidad del régimen. Sin embargo, en 1935 levantó esa estrategia y logró acceder a las gobernaciones de Córdoba y Entre Ríos.



Los conservadores, sin constituir un partido nacional unificado, representaban los intereses de los propietarios y de las élites tradicionales del interior del país. A través de la Concordancia —una alianza entre conservadores, radicales antipersonalistas y socialistas democráticos— alcanzaron la presidencia con Justo en 1932 y con Ortiz en 1938.


El nacionalismo fue otra corriente en crecimiento durante la década del treinta. Defendía, en general, los intereses de los propietarios rurales y presentó expresiones autoritarias influenciadas por los regímenes fascistas europeos, aunque también surgieron agrupaciones de orientación nacionalista popular. Pese a su presencia, no llegó a consolidarse como partido político.


Por último, las fuerzas de izquierda buscaron representar los intereses de los trabajadores y criticaron abiertamente el sistema capitalista y a los empresarios rurales e industriales. El Partido Socialista tuvo influencia principalmente en la ciudad de Buenos Aires, mientras que el Partido Comunista sufrió una fuerte represión, aunque desarrolló una destacada actividad gremial y llegó a conducir varios sindicatos.

En el plano económico y social, los gobiernos conservadores respondieron de manera activa a la crisis mundial de 1929. Introdujeron reformas en la administración del Estado para evitar problemas fiscales, modificaron el sistema de recaudación impositiva, crearon el Banco Central y establecieron un control de cambios que priorizaba el uso de divisas para importaciones esenciales. Asimismo, impulsaron planes de obras públicas destinados a combatir el desempleo.

La intervención estatal se extendió a la regulación de la economía mediante juntas reguladoras, organismos en los que productores y Estado acordaban políticas. A través de estas juntas se limitaba la producción, se fijaban precios base y se garantizaba la compra de determinados productos, ofreciendo mayor seguridad a los productores. Paralelamente, las restricciones a las importaciones —derivadas primero de la crisis de 1929 y luego de la Segunda Guerra Mundial— impulsaron un proceso de desarrollo industrial y de sustitución de importaciones, ya que comenzó a resultar más barato producir ciertos bienes en el país que adquirirlos en el exterior.


Estos cambios económicos estuvieron acompañados por profundas transformaciones sociales. Se redujo la inmigración extranjera, aumentó la urbanización y se registraron mejoras generales en las condiciones de vida, visibles en el aumento de la esperanza de vida y la reducción de la mortalidad infantil. El crecimiento urbano se concentró especialmente en el litoral y la zona pampeana.


Las migraciones internas fueron un fenómeno clave del período. Miles de personas abandonaron las áreas rurales y las provincias del interior para trasladarse a las ciudades, principalmente a Córdoba, Santa Fe y, sobre todo, Buenos Aires. Se estima que entre 1930 y 1943 alrededor de un millón de nuevos trabajadores se radicaron en el área de la capital y su conurbano. Esta transformación modificó la ocupación del territorio, la vida social y fortaleció a las organizaciones obreras, que comenzaron a consolidarse como actores sociales y políticos relevantes. El aumento de la población urbana también se reflejó en una mayor participación en actividades recreativas, como bailes y espectáculos deportivos, que convocaban a públicos masivos.


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