No hay eufemismo inocente cuando lo que está en juego es la democracia. La tapa de Clarín del 24 de marzo de 1976 no solo eligió un título: eligió un posicionamiento político. “Nuevo Gobierno”, anuncia en letras monumentales, como si se tratara de una transición institucional más, de un recambio dentro de las reglas del sistema. Pero no lo era. Lo que ocurrió fue un golpe de Estado que derrocó a un gobierno constitucional, encabezado por María Estela Martínez de Perón, e inauguró uno de los períodos más oscuros y sangrientos de la historia argentina.
La operación discursiva es brutal en su simpleza. Nombrar como “nuevo gobierno” lo que fue una usurpación del poder no es un error: es una toma de posición. Es, en términos concretos, una forma de legitimar. Porque las palabras no solo describen la realidad, también la moldean, la encuadran, la vuelven digerible o la exponen en su crudeza. Y en este caso, la crudeza fue cuidadosamente limada.
Mientras la Junta Militar avanzaba con la suspensión de garantías constitucionales, la disolución del Congreso y la intervención de las instituciones, el diario optaba por un lenguaje aséptico, casi administrativo. Habla de “comunicados”, de “control del país”, de “recomendaciones”. Nada sobre la ilegalidad del acto. Nada sobre la violencia implícita. Nada sobre la ruptura del orden democrático. La omisión, en este caso, es tan elocuente como el titular.
Más aún: la tapa no solo calla, también construye una narrativa de normalidad. Las imágenes de multitudes, el despliegue visual, el tono informativo sin fisuras, todo contribuye a instalar la idea de que lo ocurrido es parte de un proceso inevitable, casi necesario. Como si la democracia pudiera interrumpirse sin consecuencias. Como si el poder pudiera tomarse por la fuerza y, al día siguiente, amanecer convertido en “gobierno”.
Resulta imposible no contrastar este tratamiento con el rigor legalista que históricamente ciertos medios aplican —con lupa y severidad— sobre los gobiernos populares. Allí donde cada decreto es cuestionado, cada decisión es judicializada en la arena mediática, cada movimiento es sospechado, en este caso no hubo ni una sola mención al quiebre constitucional. Ni una advertencia. Ni un gesto de alarma. El silencio fue total.
Ese doble estándar no es casual. Responde a una matriz ideológica donde la legalidad parece ser un valor relativo, aplicable o descartable según quién detente el poder. Cuando el orden institucional incomoda, se relativiza. Cuando sirve como herramienta de presión, se invoca con fervor casi religioso. La tapa de Clarín en 1976 es una prueba contundente de esa lógica.
Pero hay algo aún más inquietante: el rol activo en la construcción de consenso. No se trata solo de lo que no se dijo, sino de lo que se eligió decir. “Nuevo Gobierno” no es una descripción neutra, es una forma de introducir legitimidad en un hecho que carecía de ella. Es suavizar la ruptura, normalizar lo excepcional, allanar el terreno simbólico para lo que vendría después.
Y lo que vino después no fue precisamente un gobierno. Fue un régimen que desplegó un aparato represivo sistemático, que persiguió, secuestró, torturó y desapareció a miles de personas. Un Estado que operó por fuera de la ley mientras se presentaba, paradójicamente, como garante del orden. En ese contexto, el rol de los medios no puede ser reducido a la mera observación. Fueron actores. Intervinieron. Tomaron partido.
La tapa, entonces, no es solo un documento histórico. Es una pieza de evidencia. Un testimonio de cómo el lenguaje puede ser utilizado para encubrir, para legitimar, para colaborar. Porque cuando el periodismo abdica de su responsabilidad crítica y se alinea con el poder de facto, deja de ser periodismo para convertirse en otra cosa: en engranaje.
A casi medio siglo de aquel 24 de marzo, la discusión no pierde vigencia. Revisar estas páginas no es un ejercicio de nostalgia ni de revisionismo vacío. Es una necesidad política y ética. Porque las palabras importan. Porque los silencios también hablan. Y porque hay momentos en los que no nombrar las cosas por lo que son equivale, lisa y llanamente, a ser parte del problema.
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