El hombre que vio el sistema antes de que el sistema lo devorara
Es imposible, sencillamente inadmisible, asomarse a la figura de Rodolfo Walsh sin comprender que antes de ser un blanco móvil en una esquina de Buenos Aires, fue el arquitecto de una forma de mirar el mundo. Mucho antes de que el norte global encumbrara a Truman Capote por A sangre fría, este rionegrino de pulso firme ya había parido Operación Masacre, inventando el periodismo narrativo no como un ejercicio estético, sino como un arma de asalto contra la impunidad. Walsh no era un diletante de la literatura; era un hombre que anudó su maestría literaria a un compromiso político que, como bien sabemos, lo llevó a las últimas consecuencias en un país que suele devorarse a sus mejores hijos.
Aquel 25 de marzo de 1977, el calendario de la infamia marcó un hito. No fue un secuestro al azar, ni un error de cálculo de la maquinaria represiva; fue una cacería dirigida, quirúrgica, contra el cerebro que había logrado desmenuzar el horror. Apenas horas antes, desde la clandestinidad más absoluta y con el aliento de la muerte en la nuca, Walsh había dado a luz su "Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar". No era un panfleto de barricada, sino un diagnóstico de una lucidez aterradora que, a un año del golpe, le escupía a Videla y sus secuaces la verdad que nadie se atrevía a susurrar. Allí, Walsh no solo enumeraba torturas y vuelos de la muerte; denunciaba con precisión de cirujano la "miseria planificada" de Martínez de Hoz. Resulta escalofriante, y casi un insulto a la inteligencia, trazar hoy un paralelismo con este presente de Javier Milei, donde la receta del hambre vuelve maquillada de libertad, mientras se intenta banallizar el terrorismo de Estado que Walsh denunció con su vida.
El sistema, ayer como hoy, no tolera a quien explica el engranaje del saqueo.
La emboscada en la esquina de San Juan y Entre Ríos fue el escenario de su última resistencia. El Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA, alimentado por la delación obtenida bajo el tormento de otros compañeros, cercó a un hombre de 50 años que llevaba en su maletín copias de esa carta bendita y maldita. Walsh, fiel a su propia ética de no entregarse vivo al verdugo, sacó su pequeña calibre 22. No buscaba una victoria militar imposible contra una jauría armada hasta los dientes; buscaba el derecho a su propia muerte para evitar el espectáculo de la picana. Lo acribillaron en pleno centro porteño, lo cargaron herido de muerte y lo depositaron en la ESMA, ese agujero negro de la condición humana donde testigos afirman haber visto su cuerpo inerte antes de que la dictadura decidiera desaparecerlo para siempre, quizás en las llamas o en el fondo del río que tanto amó.
Pero el odio de la Junta no se conformó con el cuerpo. Tras el zarpazo, los militares saquearon su refugio en San Vicente. No buscaban solo muebles; buscaban borrar su memoria y su genio. Se llevaron "Juan se iba por el río", ese cuento que hoy es el santo grial perdido de nuestra literatura, y sus diarios personales donde ejercía una crítica feroz incluso hacia su propia organización, Montoneros. Querían el silencio absoluto. Querían que no quedara ni el rastro de su pluma. Sin embargo, la paradoja del censor es que, al intentar quemar el mensaje, lo termina volviendo eterno.
Hoy, cuando el discurso oficial intenta reinstalar una teoría de los dos demonios ya sepultada por la justicia, o cuando se asfixia al pueblo bajo la misma lógica de exclusión económica que Walsh describió, su figura emerge con una vigencia que duele. En 2011, la justicia finalmente le puso nombre y prisión perpetua a sus asesinos, como Astiz o el "Tigre" Acosta, pero la batalla por el sentido sigue abierta. Walsh sigue desaparecido, sí, pero su Carta Abierta es el manual de instrucciones para entender que detrás de cada bota o de cada ajuste salvaje, hay un proyecto de país que necesita, ante todo, que callemos. Y Rodolfo, hasta el último segundo de su vida en aquel marzo trágico, eligió decir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario