La tapa que estás mostrando no es solo una portada: es un documento político. Y, más incómodo aún, es la prueba de que una parte central del sistema mediático argentino no fue testigo de la dictadura, sino engranaje.
El 25 de marzo de 1976, apenas 24 horas después del golpe, Clarín no duda. No hay cautela, no hay distancia, no hay preguntas. Hay, en cambio, una operación discursiva clara: construir la idea de que lo que acaba de ocurrir no es una ruptura del orden democrático, sino su restauración.
El título principal —“Total normalidad”— no es ingenuo. Es una intervención. Mientras las Fuerzas Armadas acaban de derrocar a un gobierno constitucional, suspender derechos, intervenir sindicatos y prohibir la actividad política, el diario elige una palabra que funciona como anestesia social. Normalidad. Como si no hubiera tanques, ni detenciones, ni listas negras en marcha.
El segundo gran titular —“Las Fuerzas Armadas ejercen el gobierno”— termina de completar el cuadro. No hay “golpe”, no hay “derrocamiento”, no hay “dictadura”. Hay una formulación casi administrativa, burocrática, que transforma una usurpación violenta del poder en un acto de gestión. El lenguaje no describe la realidad: la encubre.
Y después está el detalle que desnuda todo: el despliegue de medidas represivas aparece en tono informativo, sin cuestionamiento alguno. Suspensión de actividades políticas, intervención de la CGT, control del aparato sindical y social. Todo listado como si fuera parte de un programa técnico, no de un régimen que empieza a consolidar el terror.
La tapa también construye una imagen visual clave: por un lado, los comandantes en escena institucional, ordenados, casi solemnes; por otro, la ciudad funcionando, gente en la calle, una supuesta cotidianeidad intacta. El mensaje es brutal en su sutileza: no pasa nada. Todo sigue.
Pero sí pasaba. Y mucho.
Lo que esta portada revela no es solo una línea editorial, sino una decisión histórica: legitimar. No se trata de un error de época ni de una lectura equivocada de los hechos. Es una toma de posición frente al poder. Mientras otros sectores eran perseguidos, desaparecidos o silenciados, este tipo de cobertura contribuía a generar consenso, a bajar el ruido, a instalar la idea de que el golpe era necesario, inevitable, incluso ordenado.
En ese sentido, la tapa funciona como un dispositivo de encubrimiento temprano. Antes de los centros clandestinos masivos, antes de que el horror fuera imposible de ocultar, ya había un relato dispuesto a justificarlo.
Por eso, leer hoy esa portada no es un ejercicio de archivo: es una interpelación. Porque obliga a preguntarse qué hace el periodismo cuando el poder rompe todas las reglas. Si informa, si cuestiona… o si decide, como en este caso, volverse cómplice.

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