La quimera del progreso dirigido: Félix Luna y la disección del artificio económico peronista. El ocaso de la productividad argentina bajo el signo del estatismo y la industria protegida desde el unto de vista anti peronista.
La transición de una Argentina que se percibía a sí misma como el granero del mundo hacia un modelo de introspección industrial y asfixia estatal representa, en la obra de Félix Luna, un cataclismo institucional velado por un espejismo de prosperidad. Entre 1946 y 1949, el país vivió lo que el historiador denomina una "fiesta" sostenida por los restos de una bonanza de posguerra, un periodo caracterizado por altos sueldos, plena ocupación y un amparo social que, si bien resultaba gratificante en lo inmediato, carecía de cimientos sólidos. Esta etapa no fue solo un ciclo económico, sino el momento en que se forjó la mitología de un Estado providente a costa de la desarticulación de los motores de productividad genuina. La narrativa de Luna despoja al trienio de su aura épica para revelar una verdad incómoda: la "fiesta" no fue gratuita, sino que se financió mediante la erosión sistemática del capital acumulado y una peligrosa apuesta por la improvisación dirigida desde el poder central.
En la visión de Luna, toda revolución profunda conlleva despojos inevitables, y el peronismo no fue la excepción. Al analizar la política agraria de este primer septenio, el autor establece una comparación audaz con el régimen de Stalin. Luna aclara que, a diferencia del totalitarismo soviético, el peronismo no recurrió al asesinato de chacareros ni al desplazamiento forzoso de los kulaks hacia regiones inhóspitas; por el contrario, garantizó la estabilidad de los productores en los predios que arrendaban. Sin embargo, el costo de esta paz social fue un "retroceso tremendo en la productividad y las formas de trabajo agrarios". Al postergar una verdadera revolución en los problemas de fondo del campo, que solo se agravaron con el tiempo, el régimen estranguló la fuente principal de divisas del país. Esta paradoja es central en la crítica de Luna: el agro, motor estratégico de la nación, fue sacrificado en el altar de una industrialización apresurada que, irónicamente, terminaría por languidecer debido a la falta de los recursos que solo el campo podía proveer.
Esta transferencia de recursos hacia lo que Luna define como la "niña mimada" del régimen, el aparato industrial, no resultó en una modernización técnica, sino en un crecimiento hipertrofiado y débil. La industria de 1946 no era el fruto de una planificación de largo aliento, sino un remanente de la guerra, un conjunto de talleres nacidos bajo la urgencia de sustituir las importaciones que no llegaban de Europa. Se trataba de un aparato industrial improvisado, montado a base de ingenio y audacia, pero fatalmente impedido de mejorar o renovar sus equipos por las restricciones del conflicto bélico. Al concluir la guerra, esta industria se enfrentó a una frontera infranqueable: las potencias mundiales recomponían sus economías mientras los establecimientos locales se veían obligados a usar combustibles extraños y carecían de los adelantos tecnológicos que ya se producían aceleradamente en el exterior. Bajo estas condiciones, Luna advierte que la producción nacional "fatalmente debía encarecer sus costos y empeorar la calidad de sus productos", subsistiendo solo gracias a un mercado interno con un poder adquisitivo artificialmente inflado.
La debilidad estructural de este modelo se evidencia en los fríos datos de los censos industriales que Luna analiza con rigor. Mientras que en 1946 existían aproximadamente 85.000 establecimientos industriales con unos 900.000 obreros, para 1954 el número de locales casi se duplicó hasta alcanzar los 150.000. No obstante, este crecimiento cuantitativo ocultaba una alarmante falta de desarrollo cualitativo. El número de obreros apenas creció hasta el millón, lo que indicaba una proliferación de unidades pequeñas y medianas sin capacidad de escala. El dato más revelador para Luna es el aumento de los propietarios o directores generales, que pasaron de 115.000 a 220.000 en el mismo periodo; una cifra que actuaba como un indicador inequívoco de la poca envergadura de los establecimientos y de la ausencia de una verdadera tecnificación. A pesar de la retórica oficial de soberanía, solo un ínfimo 17,2 por ciento de las importaciones se destinaba al reequipamiento y modernización de las plantas, mientras que la industria seguía vegetando, protegida por altas barreras aduaneras que la convertían en una realidad aislada, cómoda en su mediocridad pero cada vez más obsoleta.
El arquitecto de este sistema fue Miguel Miranda, cuya política económica Luna califica con la metáfora del "beso mortal". Al intentar proteger la industria mediante el control discrecional del Banco Central y el drenaje de rentas agrarias a través del IAPI, Miranda terminó asfixiando tanto al campo como a la propia industria que pretendía fomentar. El proceso de degradación financiera fue asombroso por su celeridad: en 1946, el oro y las divisas acumuladas cubrían casi el 140 por ciento del valor del dinero en circulación; para finales de 1949, ese respaldo se había esfumado. El debate parlamentario de la época desnudó esta impericia: mientras la oposición denunciaba que el gobierno había "dilapidado el producto del esfuerzo del país", los ministros y diputados oficialistas se refugiaban en una retórica mística, argumentando que el prestigio de la nación y la producción nacional eran garantía suficiente para el peso, despreciando lo que llamaban el respaldo en "vil metal".
En este contexto de desgaste, Luna incorpora el juicio técnico de Adolfo Dorfman para ilustrar el agotamiento del aparato productivo. La maquinaria mostraba signos de "desgaste considerable por falta de renovación", un problema agravado por una "mano de obra bisoña" que afluía desde el campo hacia los centros industriales sin el entrenamiento adecuado. Esta combinación de factores, sumada al crecimiento de los salarios y las cargas sociales, generó un aumento desmedido en los costos de producción y un retroceso en ramas industriales que apenas comenzaban a elaborar insumos básicos. El resultado fue una industria predominantemente liviana, dedicada a bienes de consumo no duraderos y aislada de los mercados de exportación.
Paralelamente a esta degradación industrial, el Estado sufrió una transformación que Luna describe con acidez: de ser un ente "relativamente escueto" en 1946, se convirtió tres años más tarde en un "Estado meterete y ubicuo", agigantado en su estructura y abrumado por responsabilidades que excedían su naturaleza. El control estatal se extendió de manera monopolística sobre el tráfico aéreo, el transporte ferroviario, las comunicaciones telefónicas, la energía eléctrica y la comercialización de granos y carnes. El Estado peronista se volvió una entidad de una "increíble heterogeneidad", fabricando desde bolsas de arpillera hasta cosméticos y medicinas, mientras extraía carbón y refinaba petróleo en un intento por controlar cada resorte de la vida económica del país.
Hacia el final de la década, los síntomas de la crisis de 1949 eran innegables y dramáticos. El IAPI, actuando como un "deudor imprudente", se vio obligado a enajenar bienes inmuebles del Estado para cubrir las deudas contraídas con los bancos. El fracaso de la política de ventas de cosechas dejó al organismo con un "clavo" económico de magnitudes sistémicas. A pesar de la evidencia del agotamiento, Luna destaca que en las esferas gubernamentales nadie se atrevió a admitir que era necesario "recoger velas". El orgullo ideológico y la continuidad formal de la política económica dificultaron el reconocimiento de errores, impidiendo un emprolijamiento a tiempo de una economía que necesitaba ajustes drásticos. El saldo final de este periodo no fue solo una crisis financiera, sino la consolidación de una ineficiencia estructural y un aislamiento que marcarían el destino de la Argentina. Para Luna, esta crónica no es solo un balance contable, sino la exposición de cómo la falta de realismo económico y el agigantamiento estatal sentaron las bases del largo declive argentino en el siglo XX.

No hay comentarios:
Publicar un comentario