La Inteligencia Organizada: El Imperativo de la Materia Gris en la Estrategia de Perón. El tránsito estratégico del Encuadramiento hacia la toma del poder (1971-1972)
A principios de la década de los setenta, la República Argentina se encontraba sumergida en una efervescencia política y social que amenazaba con desbordar los cauces tradicionales de la representación. En este escenario de alta intensidad, la movilización callejera y la resistencia juvenil emergieron como los motores visibles de un cambio que parecía inminente. Sin embargo, tras el ímpetu de las masas y el clamor de las consignas, se gestaba una arquitectura de poder de una sofisticación técnica sin precedentes, diseñada minuciosamente por Juan Domingo Perón desde su exilio en Puerta de Hierro. Este ensayo se propone desentrañar cómo el Movimiento Justicialista, a través de la labor específica del Encuadramiento, logró trascender la etapa de la agitación para consolidar lo que el propio General denominó como una "inteligencia organizada". Esta investigación analiza la transición desde el orgullo de una juventud que se sentía artífice del retorno, hacia la estructuración de un dispositivo de cuadros profesionales capaces de transformar la mística militante en una herramienta eficaz de gestión estatal, estableciendo un diálogo necesario con los desafíos que la realidad contemporánea impone a la reconstrucción nacional.
El amanecer de 1971 fue testigo de un desplazamiento tectónico en la demografía política argentina, donde el pulso de las calles amenazaba con superar la capacidad de conducción estratégica del movimiento. Para la vasta constelación de organizaciones juveniles, y muy especialmente para el Encuadramiento de la Juventud Peronista, se había instalado una verdad que funcionaba como motor de identidad: la convicción de que "la juventud trajo a Perón". Esta percepción no era un simple eslogan, sino el fundamento de un orgullo generacional legítimo, forjado en el cerco sistemático a la dictadura militar. No obstante, desde la perspectiva del historiador analítico, es preciso reconocer que esa participación masiva, aunque indispensable para erosionar la legitimidad del régimen de turno, era conceptualizada por la conducción estratégica como una pieza funcional dentro de un engranaje superior. Los jóvenes, en su vibrante despliegue, resultaban ser "parte de un dispositivo" cuya finalidad última no era la movilización por la movilización misma, sino la creación de las condiciones para el ejercicio efectivo del poder. La épica del retorno exigía un paso posterior: la metamorfosis de la fuerza de choque en capacidad de gobierno.
En este contexto de aceleración histórica, el Encuadramiento no se limitó a la gimnasia de la movilización de superficie, sino que asumió con rigor una nueva misión emanada de las directivas directas del General hacia el conjunto del movimiento. Perón, con la lucidez de quien comprende que el entusiasmo es volátil si carece de estructura, impuso el imperativo de "acopiar materia gris". Esta consigna no era una metáfora literaria, sino un requisito pragmático para el acceso al gobierno. La directiva era taxativa: era necesario prepararse para "poder acceder al gobierno con la 'inteligencia' organizada". A partir de este momento, la actividad relacionada con los profesionales y técnicos peronistas experimentó un desarrollo notable, alejándose de la improvisación artesanal para adentrarse en la rigurosidad de la planificación científica. El movimiento comprendió que la toma de las instituciones exigía una masa crítica de conocimiento que no se encontraba en las barricadas, sino en los laboratorios, las universidades y las oficinas de planificación estratégica.
La materialización de este acopio de materia gris encontró sus arquitectos en figuras como Julián Licastro, quien ya para el verano de 1971 articulaba el Comando Tecnológico Peronista. Simultáneamente, el Encuadramiento comenzó a nuclear a cuadros de una excelencia académica superlativa, ejemplificada en la figura del doctor Juan D’Alessio, un científico de renombre vinculado a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). La formación de estos grupos técnicos no fue un proceso de agregación espontánea, sino una operación de inteligencia política bajo la lógica de "compartimentos estancos". Esta metodología, propia de una organización que operaba bajo el asedio y la vigilancia, permitía que el desarrollo especializado en áreas críticas —energía, economía, infraestructura— avanzara con eficiencia técnica y seguridad operativa, sin comprometer la unidad del dispositivo general. A medida que el calendario electoral se tensaba y tras el hito del primer regreso de Perón a suelo patrio, estos equipos confluyeron en la mítica residencia de Gaspar Campos. Allí, cuadros como Licastro, García y el propio D’Alessio mantuvieron reuniones directas con el General, consolidando un año de febril actividad bajo la órbita del Consejo de Planificación. Este esfuerzo contaba con el respaldo institucional del Consejo Superior Peronista y el padrinazgo político del doctor Héctor J. Cámpora, lo que evidenciaba que la preparación intelectual no era un anexo decorativo, sino la piedra angular sobre la que se pretendía edificar la reconstrucción nacional.
La validación doctrinaria definitiva de este proceso se produjo a comienzos de 1972, cuando el doctor Juan D’Alessio emprendió el viaje hacia Madrid para entrevistarse personalmente con el líder. De aquel encuentro, el científico regresó con un mensaje grabado en el Hotel Savoy de Buenos Aires que funcionaría como un testamento estratégico para los hombres de ciencia del justicialismo. En dicha misiva, Perón lanzó una advertencia que hoy, décadas después, resuena con una vigencia estremecedora: "una revolución no puede improvisarse". El General sostenía con firmeza que el éxito de cualquier proceso de transformación social dependía inexorablemente de una "preparación humana y técnica" previa y exhaustiva. Para el pensamiento peronista, la etapa doctrinaria —aquella dedicada a la difusión de las verdades fundamentales— ya había cumplido su ciclo en el orden humano. El desafío del presente era el salto cualitativo hacia la organización de la inteligencia nacional, poniendo un freno necesario a las urgencias de los sectores que buscaban resultados inmediatos mediante la acción directa sin un plan de gestión que los sustentara.
Esta preparación técnica se desarrolló en una dialéctica constante con la formación doctrinaria, la cual el Encuadramiento profundizó con rigor académico. Un hito fundamental en esta trayectoria fue el inicio del curso de historia argentina el 3 de julio de 1972. En este espacio de reflexión, se planteó una tesis que definía el horizonte del movimiento: el peronismo se hallaba en los finales de su etapa doctrinaria y en los umbrales de la etapa de la toma del poder. La literatura política clásica, citada en los documentos internos del movimiento, dictaba que lo esencial de toda política de poder consistía en "el planteo y la organización de la alianza de clases que ha de asaltar las instituciones del poder formal para construir un nuevo orden social". En la Argentina de los setenta, este nuevo orden se cristalizaba bajo la categoría de "socialismo nacional", y la alianza necesaria se estructuraba dentro del Frente Cívico de Liberación Nacional. Es digno de un análisis profundo observar cómo la conducción ejercía un "uso táctico del lenguaje político contemporáneo", traduciendo conceptos complejos para hacer comprensible el proyecto de socialismo nacional a diversos sectores de la sociedad, integrando la base trabajadora con la élite técnica en una visión estratégica unificada.
El pensamiento de Perón, profundamente movimientista y superador de las dicotomías liberales, sostenía que en última instancia "hay una sola clase de argentinos": aquellos que están organizados desde hace un cuarto de siglo bajo su conducción, y aquellos que recién comienzan a comprender la imperiosa necesidad de hacerlo. Esta noción de clase única no implicaba una uniformidad gris, sino una síntesis funcional. La estrategia de 1972 buscaba la amalgama perfecta entre las clases trabajadoras, depositarias del sentimiento y la lealtad, y los sectores técnicos, responsables de aportar la capacidad de gestión necesaria para transformar la realidad efectiva. Lo que se gestaba no era simplemente una victoria electoral, sino la construcción de un dispositivo de liberación donde la materia gris acumulada en la CNEA o en los despachos profesionales se ponía al servicio del bien común, bajo la premisa de que no hay liberación nacional posible sin una inteligencia que la planifique y la sostenga.
Hoy, al observar la realidad política argentina, las lecciones de la "inteligencia organizada" de 1972 adquieren una relevancia renovada y urgente. Ante el avance de modelos conservadores-liberales-libertarios que buscan la desarticulación metódica de la capacidad estatal y la fragmentación del tejido social, el peronismo se enfrenta nuevamente al dilema de su propia reconstrucción estratégica. La historia nos enseña con crudeza que no basta con la resistencia testimonial ni con la movilización espasmódica en las plazas; el éxito de un proyecto de liberación nacional depende, hoy como ayer, de la capacidad de "acopiar materia gris" y de organizar la inteligencia nacional para la toma del poder y el ejercicio soberano del gobierno. La ocupación conservadora-liberal del presente, que pretende desmantelar el Estado y sus resortes de soberanía, solo puede ser revertida si el movimiento es capaz de reeditar aquel esfuerzo de 1971, convocando a sus mejores cuadros técnicos y científicos para planificar el Estado del futuro. La advertencia de Perón en el Savoy sigue siendo el faro de cualquier militancia que aspire a la transformación real: la liberación nacional no es el resultado del azar ni de la improvisación técnica, sino la consecuencia inevitable de una inteligencia nacional organizada y puesta en marcha para el cumplimiento del destino de la patria. La preparación técnica no es un lujo académico, sino la única vía para garantizar que, una vez alcanzado el poder, el movimiento sea capaz de reconstruir lo que ha sido destrozado y edificar la Nación justa, libre y soberana que la historia demanda.

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