El Asado: Cómo el peronismo convirtió un privilegio oligárquico en un derecho popular - HISTORIANDOLA

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El Asado: Cómo el peronismo convirtió un privilegio oligárquico en un derecho popular

 De la cruz en la estancia al patio obrero: la historia política detrás de la carne. El asado no siempre fue argentino en sentido popular. Durante el primer peronismo dejó de ser un ritual exclusivo de la oligarquía rural para convertirse en un hábito semanal de las familias trabajadoras. Detrás de ese cambio hubo algo más que carne: hubo Estado, salario y una disputa feroz por quién tenía derecho a comer.




Durante los gobiernos de Juan Domingo Perón entre 1946 y 1955, Argentina experimentó una transformación profunda que no puede medirse únicamente en indicadores económicos. El cambio fue más íntimo, más cotidiano y, por eso mismo, más político: se redefinió quién podía acceder al bienestar material. En ese proceso, el consumo dejó de ser una cuestión de supervivencia para convertirse en un terreno de disputa simbólica y social. Como señalan las fuente, “no solo se consumía más: se consumía distinto”. Y dentro de ese “consumo distinto”, ningún elemento resulta tan revelador como la carne vacuna.


La historia del asado permite iluminar esta transformación con una claridad incómoda para ciertos relatos. Antes de 1946, el acceso a la carne —particularmente en cantidades significativas— no estaba garantizado para las mayorías. El consumo per cápita oscilaba entre “67-77 kg/año”, cifras elevadas en términos comparativos internacionales, pero engañosas en su distribución social. No todos comían igual. El asado, como práctica social, tenía un carácter más esporádico en los sectores populares y más estructural en los sectores acomodados, especialmente en el ámbito rural. Allí, en las grandes estancias, se consolidaba la imagen del “asado en cruz”, asociado a reuniones de poder, abundancia y dominio territorial.


Ese orden comenzó a resquebrajarse con la irrupción del peronismo. No por una evolución natural del mercado, sino por una intervención deliberada del Estado. El instrumento central fue el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio, que reorganizó la relación entre producción, exportación y consumo. A través de este organismo, el Estado compraba la producción agropecuaria, capturaba la renta diferencial de los precios internacionales de posguerra y la redistribuía en el mercado interno. La consecuencia fue concreta: “el precio real de la carne al público bajó alrededor del 40% entre 1944 y 1949”.


Asado de campo en la estancia Ernestina, del doctor Enrique Keen, en 1905 AGN
Asado de campo en la estancia Ernestina, del doctor Enrique Keen, en 1905 AGN


Ese dato no es técnico: es político. Implica que el acceso a la carne dejó de depender exclusivamente del poder adquisitivo individual y pasó a estar mediado por una decisión estatal. El resultado fue inmediato. El consumo per cápita “saltó a 92 kg en 1949”, consolidando un cambio que no tenía precedentes en la historia argentina. La carne, en palabras de la fuente, se convirtió en el “símbolo máximo” de la transformación social.


Pero lo verdaderamente disruptivo no fue el aumento en los números, sino el cambio en la experiencia cotidiana. “El asado dejó de ser un lujo ocasional para convertirse en un hábito semanal”. Esa frase encierra una revolución silenciosa. Porque lo que estaba en juego no era solo la dieta, sino la estructura misma de la sociedad. El paso “de la estancia al patio de la casa obrera” no es una metáfora romántica: es la evidencia de una redistribución efectiva del ingreso.


Este proceso se explica también por otro factor central: el aumento del salario real. Entre 1946 y 1949, los ingresos de los trabajadores crecieron de manera significativa, impulsados por paritarias, derechos laborales y políticas sociales. Según la fuente, el salario real “en algunos estimaciones se duplicó o más en poder adquisitivo”. Esto permitió que la alimentación dejara de absorber “el 50-60% del presupuesto familiar”, liberando recursos para otros consumos. En ese nuevo esquema, la carne ocupó un lugar central, no solo por su valor nutricional sino por su carga simbólica.


Asado en el campo. Estancia "Los Yngleses". Ambrotipo. Circa 1860. George Corbett (atribuido)
Asado en el campo. Estancia "Los Yngleses". Ambrotipo. Circa 1860. George Corbett (atribuido)


El peronismo no se limitó a facilitar el acceso: construyó un sentido alrededor de ese acceso. La carne fue presentada como parte de una vida digna, como un derecho asociado a la “justicia social”. Se promovió la idea de que una “tierra rica y una economía bien dirigida” debían garantizar ese bienestar. La alimentación dejó de ser un problema privado para convertirse en un asunto público.


Sin embargo, este cambio no fue aceptado de manera pasiva. La redistribución del consumo implicó necesariamente una redistribución del poder. Al priorizar el mercado interno, el Estado peronista redujo el margen de ganancia de los sectores exportadores tradicionales. La carne que antes se destinaba al mercado externo —donde obtenía precios más altos— comenzó a orientarse al consumo local. Esto generó tensiones con los sectores agropecuarios, que veían en estas políticas una amenaza directa a sus intereses.


Aquí es donde la idea de “odio de clase” encuentra un anclaje material. No se trata de una categoría abstracta, sino de una reacción concreta frente a la pérdida de privilegios. El asado en la mesa obrera no era solo una escena doméstica: era la evidencia de que el orden social estaba cambiando. Lo que antes era distintivo de una minoría comenzaba a ser compartido por las mayorías.


Walt Disney comiendo asado en la casa de Molina Campos. Moreno, provincia de Buenos Aires, 1941. 📷 Autor desconocido.
Walt Disney comiendo asado en la casa de Molina Campos. Moreno, provincia de Buenos Aires, 1941. 📷 Autor desconocido.


Este fenómeno no ocurrió en aislamiento. Formó parte de un proceso más amplio de democratización del consumo. Junto con la carne, otros bienes comenzaron a masificarse: radios, heladeras, bicicletas, ropa confeccionada. La fuente lo sintetiza con precisión: “consumir dejó de ser privilegio para convertirse en derecho”. En ese contexto, el asado adquirió un valor particular porque condensaba múltiples dimensiones: alimentación, sociabilidad, identidad y política.


El pico de este proceso se registró a mediados de la década de 1950, cuando el consumo alcanzó niveles históricos. En 1955, se llegó a “101 kilos por habitante por año”, una cifra que la propia fuente define como un récord nunca sostenido en el tiempo. Este dato no solo marca un máximo estadístico, sino también el punto más alto de una experiencia social que redefinió las expectativas de la población.


No obstante, el modelo no estuvo exento de tensiones internas. A partir de 1952, problemas como la sequía, la inflación y la caída de reservas obligaron a implementar ajustes, incluyendo controles más estrictos y restricciones temporales. El consumo de carne descendió momentáneamente a “unos 85 kg”, aunque luego se recuperó. Estos vaivenes muestran que la política de acceso masivo no era automática ni garantizada, sino el resultado de un equilibrio complejo entre producción, distribución y poder.


Aun así, el legado cultural del período persistió. La idea de que el asado es parte constitutiva de la vida argentina —particularmente de la vida popular— tiene su origen en estos años. Antes de eso, la relación con la carne estaba atravesada por desigualdades más marcadas. Después del peronismo, esas desigualdades no desaparecieron, pero quedaron expuestas y politizadas.


La historia del asado, entonces, no puede reducirse a una tradición culinaria. Es, en realidad, una historia de conflicto social, de intervención estatal y de redefinición de derechos. Es la historia de cómo un alimento se convirtió en un campo de disputa y en un símbolo de inclusión.


Decir que el asado familiar fue un logro del peronismo no es una consigna: es una conclusión que se desprende de los datos y del contexto. Que ese logro haya generado resistencias no debería sorprender. Porque cada vez que un privilegio se democratiza, alguien pierde exclusividad. Y en esa pérdida, muchas veces, nace el resentimiento.


El asado en la mesa obrera no fue solo un cambio en el menú. Fue una alteración del orden social. Y como toda alteración profunda, dejó huellas que todavía incomodan.

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