La revolución de las aulas: cuando el Estado peronista barrió la ignorancia con justicia social. El fin del país para pocos y la construcción de un sistema educativo que transformó al trabajador en el centro de la escena nacional
Durante la década del cuarenta, Argentina rompió las cadenas de un sistema educativo elitista para abrazar una política de Estado que entendió a la educación no como un privilegio de la oligarquía, sino como un derecho inalienable del pueblo trabajador. Frente a las mentiras del mercado que hoy pretenden mercantilizar el saber, la historia demuestra que fue la intervención decidida del primer peronismo la que logró derrumbar las tasas de analfabetismo y abrir las puertas de las universidades a los hijos de los obreros, sentando las bases de una soberanía pedagógica sin precedentes.
Hablar de la caída del analfabetismo durante el gobierno de Juan Domingo Perón es, ante todo, hablar de un cambio de paradigma que dejó de ver al ciudadano como un mero engranaje de la economía agroexportadora para reconocerlo como un sujeto político con derechos sociales plenos. No es casualidad que hoy, en tiempos donde el discurso libertario intenta convencernos de que el Estado es el enemigo, miremos hacia atrás y encontremos que la mayor inversión educativa de nuestra historia ocurrió cuando el bienestar del pueblo fue la prioridad absoluta. Mientras la élite liberal previa se autocomplacía con cifras que solo beneficiaban a los centros urbanos y a las clases acomodadas, el peronismo entendió que el verdadero progreso nacional dependía de una alfabetización básica que alcanzara hasta el último rincón de la patria.
Para comprender la magnitud de esta gesta, hay que mirar los datos que los profetas del libre mercado suelen omitir. Entre 1946 y 1955, el presupuesto educativo no solo creció, sino que se quintuplicó, pasando de una inversión raquítica a una apuesta fenomenal que alcanzó los 3.000 millones de pesos hacia el final del ciclo. Esta inyección de recursos permitió algo que parecía imposible para la chatura administrativa de la "década infame": la construcción de cerca de ocho mil edificios escolares en apenas nueve años. Se levantaron más escuelas en una década que en los cien años anteriores de historia argentina, demostrando que cuando hay voluntad política y amor por el pueblo, la burocracia se rinde ante la acción.
Este esfuerzo estatal tuvo un impacto demoledor sobre la ignorancia. Si en 1945 el país arrastraba todavía un 15% de analfabetos, para 1955 esa cifra se había desplomado a un asombroso 3%, un logro que puso a la Argentina a la vanguardia de todo el continente. El censo de 1947 ya celebraba esos resultados altamente satisfactorios, reconociendo que la escuela pública se había convertido en una institución con una potencia cultural imparable. Pero el peronismo no se conformó con enseñar a leer y escribir; el objetivo era mucho más profundo e incisivo. Se trataba de una "educación integral" que armonizara lo intelectual con lo manual, lo espiritual con lo material.
El sujeto pedagógico de esta revolución fue el "cabecita negra", aquel migrante interno que llegaba del interior profundo para alimentar los cordones industriales y que históricamente había sido negado por el enciclopedismo liberal. Para estos laburantes y sus hijos, el peronismo creó un circuito alternativo que rompió con el elitismo universitario. En 1949, en un acto de justicia que todavía hoy escuece a los sectores reaccionarios, se suprimieron los aranceles universitarios. La universidad dejó de ser el coto de caza de los apellidos ilustres para llenarse de los hijos de la clase trabajadora, quienes por primera vez pudieron aspirar a un título superior sin el estigma de la pobreza. Se creó la Universidad Obrera Nacional, hoy Universidad Tecnológica Nacional, un espacio diseñado específicamente para que la inteligencia práctica y el conocimiento técnico estuvieran al servicio de la industria nacional y no de los intereses extranjeros.
La mística de este período también se sintió en la dignificación de los docentes, cuyos sueldos se duplicaron, reconociendo que un maestro con hambre no puede educar a una nación soberana. Se crearon jardines de infantes y se garantizó la copa de leche en cada aula, porque el Estado peronista sabía que la justicia social empieza por la panza de los más chicos. Frente a la frialdad de los números que hoy manejan los tecnócratas neoliberales, el peronismo opuso una pedagogía de la felicidad y la solidaridad. Eva Perón, desde su labor incansable, transformó la limosna de las damas de beneficencia en justicia social efectiva, tratando a los necesitados como iguales y no como receptores pasivos de migajas.
El Plan Quinquenal fue la hoja de ruta de esta transformación, proponiendo una formación del sujeto para la comunidad, donde la escuela y la vida social en el trabajo se integraban en una unidad indisoluble. Ya no se trataba de formar individuos aislados para el mercado competitivo, sino personas capaces de integrarse en una "comunidad organizada" que valorara su propia cultura, su idioma y su historia. Esta politización del aula, tan criticada por los defensores de una supuesta neutralidad que solo esconde sumisión, fue en realidad la herramienta para despertar una conciencia patriótica y de respeto a la Constitución que protegía los derechos de los más humildes.
Es fundamental recordar estos hitos hoy, cuando las garras del neoliberalismo intentan desmantelar lo que queda de la educación pública bajo la excusa de la ineficiencia. El peronismo demostró que el Estado es el único capaz de garantizar una calidad educativa equivalente en todo el territorio, rompiendo la tiranía de la distancia que condenaba al interior al atraso. Mientras los modelos privatistas buscan segmentar la sociedad entre quienes pueden pagar y quienes no, la política peronista unificó a la nación bajo un mismo guardapolvo blanco, devolviendo la esperanza a millones de familias que vieron en la escuela el motor de una movilidad social ascendente que no era un cuento, sino una realidad palpable.
Reconocer la complejidad de este proceso implica también admitir las tensiones ideológicas de la época, desde el peso inicial de la educación religiosa hasta las disputas con los sectores que veían en este despertar popular un peligro fascista. Sin embargo, la contundencia de los hechos apaga cualquier intento de deslegitimación: el analfabetismo cayó porque hubo un Estado que puso ladrillos, libros y comida donde antes solo había olvido. La escuela peronista fue un espacio de resistencia contra la anomia y un refugio de dignidad para los que nunca habían tenido voz.
En definitiva, la historia de la educación en tiempos de Perón es la prueba viviente de que otra sociedad es posible. Una sociedad justa y solidaria no se construye con vouchers ni con meritocracia vacía, sino con un compromiso inquebrantable con el trabajo y los derechos humanos. Defender hoy la caída del analfabetismo como un triunfo de las políticas públicas es defender nuestra propia identidad como pueblo educado y soberano. No permitamos que nos roben el pasado para hipotecar el futuro; la educación es y debe ser siempre el brazo fuerte de un Estado que no abandona a sus hijos en el altar del mercado.
Prof. Walter Onorato
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