Black Loyalists: los esclavos que lucharon por Inglaterra - HISTORIANDOLA

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Black Loyalists: los esclavos que lucharon por Inglaterra

 Los esclavos que lucharon por el rey de Inglaterra: la historia que la independencia de Estados Unidos dejó en las sombras. Mientras los revolucionarios proclamaban que todos los hombres nacían iguales, miles de afroamericanos encontraron en la Corona británica la única posibilidad concreta de escapar de la esclavitud. La historia de los Black Loyalists revela una de las contradicciones más profundas de la Revolución estadounidense y demuestra que, para muchos esclavos, la libertad llegó bajo la bandera del enemigo.




La Guerra de Independencia de los Estados Unidos suele narrarse como una epopeya de hombres decididos a conquistar la libertad frente a la opresión del Imperio británico. Es el relato que se enseña en las escuelas, el que inmortalizaron los cuadros históricos y el que convirtió a figuras como George Washington, Thomas Jefferson o Benjamin Franklin en símbolos universales de la democracia.


Sin embargo, detrás de esa historia heroica existe otra mucho menos conocida. Es la historia de miles de hombres y mujeres afroamericanos esclavizados que no vieron en los revolucionarios a sus libertadores, sino a sus amos. Para ellos, la posibilidad de ser realmente libres llegó desde el bando que la historia oficial suele presentar como el villano: la Corona británica.


La existencia de los llamados Black Loyalists, los leales negros al rey Jorge III, constituye uno de los episodios más reveladores de las contradicciones de la independencia estadounidense. Mientras los patriotas hablaban de derechos naturales e igualdad, seguían sosteniendo un sistema esclavista que negaba esos mismos principios a cientos de miles de personas.


Antes del estallido de la revolución, la esclavitud era una institución profundamente arraigada en las Trece Colonias. Cerca de medio millón de africanos y afrodescendientes vivían sometidos a un régimen que los consideraba propiedad privada. Las grandes plantaciones del sur dependían de su trabajo para producir tabaco, arroz e índigo, mientras que incluso en varias colonias del norte la esclavitud seguía siendo legal.


Cuando en 1776 los revolucionarios proclamaron que "todos los hombres son creados iguales", aquella afirmación tenía límites muy precisos. Muchos de sus principales dirigentes eran propietarios de esclavos. George Washington administraba cientos de personas esclavizadas en Mount Vernon. Thomas Jefferson, autor principal de la Declaración de Independencia, poseyó más de seiscientas personas esclavizadas a lo largo de su vida. La igualdad proclamada en los documentos fundacionales no alcanzaba a quienes trabajaban en sus plantaciones.


Los dirigentes británicos comprendieron rápidamente que esa contradicción podía convertirse en un arma política y militar. En noviembre de 1775, el gobernador real de Virginia, John Murray, cuarto conde de Dunmore, emitió una proclama que cambiaría el curso de la guerra para miles de esclavos. Prometía la libertad a quienes pertenecieran a amos rebeldes y escaparan para servir al ejército británico.


La noticia se propagó como un incendio por las plantaciones. Para quienes habían nacido en la esclavitud, aquella promesa representaba una oportunidad única. Era la posibilidad de abandonar una existencia marcada por el trabajo forzado, los castigos físicos y la separación de las familias.


Años más tarde, en 1779, el comandante británico Henry Clinton amplió todavía más esa política mediante la llamada Proclamación de Philipsburg. Ya no era necesario incorporarse al ejército para aspirar a la libertad. Bastaba con alcanzar las líneas británicas para obtener protección.


Miles comenzaron entonces una huida desesperada.


Se estima que entre 80.000 y 100.000 personas esclavizadas escaparon durante la guerra. Muchas nunca llegaron a destino. Algunas fueron capturadas por patrullas estadounidenses; otras murieron de hambre, agotamiento o víctimas de epidemias como la viruela, que castigó duramente a ambos ejércitos. Pero miles lograron atravesar las líneas de combate y ponerse bajo protección británica.


No todos empuñaron un fusil. Muchos trabajaron como exploradores, enfermeros, carpinteros, cocineros, herreros, marineros o conductores de carros. Otros integraron unidades militares organizadas por los británicos, como el célebre Ethiopian Regiment creado por Dunmore. Aunque aquella unidad tuvo una vida breve, simbolizó un hecho revolucionario para la época: antiguos esclavos combatiendo armados por su propia libertad.


Para los grandes propietarios esclavistas de las colonias rebeldes, la estrategia británica resultó devastadora. No solo perdían mano de obra; también observaban con temor cómo el ejemplo podía extenderse a otras plantaciones. La guerra de independencia empezaba a transformarse, para miles de afroamericanos, en una auténtica guerra de liberación.


Cuando el conflicto terminó en 1783 con la victoria de las colonias rebeldes, surgió un nuevo problema. El Tratado de París establecía que debía restituirse la propiedad confiscada durante la guerra. Los estadounidenses interpretaron que eso incluía a las personas esclavizadas que habían huido hacia los británicos.


Pero los comandantes británicos rechazaron esa exigencia. Consideraban que quienes habían recibido la libertad bajo sus proclamaciones ya no podían volver a ser tratados como propiedad.


Para organizar la evacuación se confeccionó un registro extraordinario conocido como Book of Negroes.


Este documento constituye hoy una de las fuentes más valiosas para comprender la experiencia de los Black Loyalists. En sus páginas quedaron registrados aproximadamente tres mil afroamericanos que serían evacuados desde Nueva York, el último gran bastión británico en territorio estadounidense.


Cada inscripción contenía información sorprendentemente detallada: nombre, edad aproximada, descripción física, antiguo propietario, lugar de procedencia, ocupación e incluso las circunstancias bajo las cuales aquella persona había obtenido la libertad. Gracias a ese registro, los historiadores han podido reconstruir cientos de historias individuales que, de otro modo, se habrían perdido para siempre.


En el otoño de 1783 comenzaron los embarques. Hombres, mujeres y niños subieron a barcos británicos convencidos de que iniciaban una nueva vida.


La mayoría fue trasladada a Nueva Escocia, en el actual Canadá. Otros llegaron a Inglaterra, Jamaica, las Bahamas o distintas colonias del Imperio británico.


Sin embargo, la libertad no significó igualdad.


Las autoridades británicas habían prometido tierras para que los antiguos esclavos pudieran establecerse como agricultores independientes. En la práctica, recibieron parcelas mucho más pequeñas y de peor calidad que las entregadas a los colonos blancos. En muchos casos, las concesiones tardaron años en concretarse o nunca llegaron.


El clima canadiense también representó un desafío enorme para personas que provenían, en su mayoría, de las regiones cálidas del sur de Norteamérica. Las cosechas fracasaban, el trabajo escaseaba y la discriminación era cotidiana.


Los prejuicios raciales no habían desaparecido simplemente porque aquellas personas ya no fueran esclavas.


En 1784 la tensión explotó en la localidad de Shelburne. Veteranos blancos y trabajadores europeos atacaron viviendas y negocios pertenecientes a afroamericanos libres, acusándolos de aceptar salarios más bajos y quitarles empleo. Los disturbios, considerados por muchos historiadores como el primer motín racial documentado de América del Norte, obligaron a numerosas familias negras a abandonar la ciudad y buscar refugio en otros asentamientos.


Uno de ellos fue Birchtown, que durante un tiempo llegó a convertirse en la comunidad de afrodescendientes libres más grande de América del Norte.


Pero tampoco allí las condiciones eran fáciles.


La pobreza, la falta de oportunidades y el incumplimiento de muchas promesas británicas provocaron un profundo desencanto. Después de casi una década de dificultades, una nueva propuesta comenzó a tomar forma.


En 1792, alrededor de mil doscientos Black Loyalists aceptaron emigrar nuevamente, esta vez hacia la costa occidental de África. Allí fundaron Freetown, en la actual Sierra Leona.


El proyecto pretendía construir una colonia integrada por antiguos esclavos libres bajo protección británica. A los Black Loyalists se sumaron, con el tiempo, otros grupos de africanos liberados y descendientes de esclavos provenientes de diferentes regiones del Atlántico.


Paradójicamente, muchos de aquellos hombres y mujeres terminaron regresando al continente del que sus antepasados habían sido arrancados por la fuerza décadas antes. No regresaban a sus pueblos de origen, sino a una tierra desconocida donde debían comenzar otra vez desde cero.


La historia de los Black Loyalists obliga a replantear algunos de los relatos más consolidados sobre la independencia estadounidense.


No se trata de afirmar que el Imperio británico luchara por abolir la esclavitud. De hecho, Gran Bretaña continuó participando activamente en el comercio transatlántico de personas esclavizadas durante décadas y la abolición definitiva de la esclavitud en su imperio recién llegaría en 1833.


Las proclamaciones de Dunmore y Clinton respondían, ante todo, a necesidades militares. Debilitar la economía de los rebeldes y reforzar las filas británicas era un objetivo estratégico. La libertad ofrecida a los esclavos constituía también un arma de guerra.


Pero esa utilización política no modifica un hecho fundamental: para miles de afroamericanos, el único camino concreto hacia la emancipación durante la guerra fue escapar hacia las líneas británicas.


La revolución que proclamaba la igualdad no estaba preparada para extender ese principio a toda la población.


La experiencia de los Black Loyalists también demuestra que la libertad no era un destino, sino el comienzo de una nueva lucha. Después de escapar de la esclavitud debieron enfrentar el racismo, la pobreza, el desplazamiento y la exclusión en cada uno de los lugares donde intentaron construir una nueva vida.


Su historia permaneció durante mucho tiempo relegada en los grandes relatos nacionales de Estados Unidos. Resultaba incómoda porque cuestionaba la imagen de una revolución homogéneamente liberadora y mostraba que los ideales proclamados en Filadelfia convivían con una realidad mucho más compleja.


Hoy, gracias a documentos como el Book of Negroes y a décadas de investigaciones históricas, es posible reconstruir aquellas trayectorias individuales y comprender que la independencia estadounidense fue también una guerra atravesada por la esclavitud, la raza y la búsqueda desesperada de libertad.


Los Black Loyalists no combatieron por amor al Imperio británico. Combatieron porque, en medio de un conflicto que enfrentaba a dos proyectos políticos, uno de ellos les ofrecía algo que el otro todavía les negaba: la posibilidad de dejar de ser propiedad de otro ser humano.


Esa paradoja continúa siendo una de las páginas más incómodas y, al mismo tiempo, más reveladoras de la historia de los Estados Unidos.



Prof. Walter Onorato

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