La deuda que financió la independencia de EE.UU. - HISTORIANDOLA

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La deuda que financió la independencia de EE.UU.

La deuda pública fue uno de los problemas más graves que enfrentaron las trece colonias durante y después de la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1775-1783). Paradójicamente, el país que hoy suele presentarse como un defensor de la disciplina fiscal nació profundamente endeudado y dependió del crédito extranjero para sobrevivir.




Antes de la guerra, el Congreso Continental no tenía facultades para cobrar impuestos. Al no poder recaudar ingresos propios, financió el conflicto mediante la emisión de papel moneda, préstamos internos y, sobre todo, créditos obtenidos en Europa. La emisión masiva de billetes continentales provocó una fuerte inflación y una rápida pérdida de confianza. De allí nació la expresión "not worth a Continental" ("no vale un continental"), utilizada para describir algo sin valor.


La deuda con Francia

La mayor parte de la deuda externa fue contraída con Francia. Tras la alianza de 1778, el gobierno francés otorgó préstamos directos y suministró enormes cantidades de armas, municiones, uniformes, pólvora, barcos y dinero. Sin esa ayuda, difícilmente los rebeldes habrían podido derrotar al Imperio británico.

Francia fue, con diferencia, el principal sostén financiero y militar de la revolución estadounidense. Sin su intervención, difícilmente las Trece Colonias habrían podido derrotar al ejército más poderoso del mundo. El apoyo comenzó incluso antes de que existiera una alianza formal. Desde 1776, la monarquía de Luis XVI de Francia canalizó ayuda secreta mediante la empresa comercial Roderigue Hortalez y Compañía, organizada por el dramaturgo y agente Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais. A través de esa sociedad llegaron a América miles de fusiles, cañones, uniformes, tiendas de campaña, municiones y grandes cargamentos de pólvora, un recurso escaso para los insurgentes. Se estima que durante los primeros años del conflicto cerca del 90 % de la pólvora utilizada por el Ejército Continental tenía origen francés.

La victoria estadounidense en la batalla de Saratoga, en 1777, convenció a la corte de Versalles de que la rebelión tenía posibilidades reales de éxito. Como consecuencia, en febrero de 1778 Francia firmó una alianza formal con las colonias y transformó un conflicto colonial en una guerra internacional contra Gran Bretaña. A partir de entonces comenzaron a llegar préstamos directos, subsidios, créditos y un flujo constante de recursos que permitieron sostener el esfuerzo bélico. Además del dinero, Francia envió miles de soldados profesionales, ingenieros, artillería pesada y una poderosa escuadra naval, mientras oficiales como Gilbert du Motier, marqués de Lafayette se incorporaban al ejército de George Washington.

La intervención francesa alcanzó su punto culminante en 1781. La flota comandada por François Joseph Paul de Grasse derrotó a la Marina británica en la bahía de Chesapeake e impidió que el ejército del general Charles Cornwallis recibiera refuerzos o pudiera escapar de Yorktown. Simultáneamente, unos 8.000 soldados franceses dirigidos por Jean-Baptiste Donatien de Vimeur, conde de Rochambeau combatieron junto a las tropas estadounidenses durante el sitio que culminó con la rendición británica. Aquella victoria selló, en los hechos, la independencia de Estados Unidos.

Sin embargo, semejante despliegue tuvo un costo enorme para la monarquía francesa. Los préstamos, subsidios y gastos militares incrementaron significativamente la deuda del Estado y profundizaron una crisis financiera que ya era grave. Apenas seis años después del fin de la guerra, esa situación desembocaría en la convocatoria de los Estados Generales y, finalmente, en la Revolución Francesa. La paradoja histórica resulta evidente: Francia financió el nacimiento de Estados Unidos, pero ese mismo esfuerzo económico contribuyó a acelerar la caída del régimen que había hecho posible esa ayuda.


La deuda con España

España también desempeñó un papel decisivo, aunque no reconoció oficialmente la independencia hasta el final de la guerra. A través de préstamos, donaciones y del envío de recursos desde La Habana y Nueva Orleans, financió campañas militares fundamentales. El gobernador español de Luisiana, Bernardo de Gálvez, expulsó a los británicos de la costa del Golfo de México y aseguró el control español del río Misisipi, dificultando el abastecimiento británico.  

También existió una importante ayuda financiera. España entregó recursos mediante préstamos y subsidios administrados, en parte, a través de la casa comercial Roderique Hortalez y Compañía, una empresa creada con apoyo de los gobiernos francés y español para enviar armas y provisiones a los rebeldes sin comprometer oficialmente a ambas monarquías. Gracias a ese mecanismo llegaron miles de mosquetes, cañones, uniformes, pólvora y otros pertrechos antes incluso de que España entrara formalmente en la guerra.

El papel de España suele quedar opacado por la ayuda francesa, pero fue absolutamente estratégico. No solo aportó dinero: abrió un segundo frente de guerra que obligó a Gran Bretaña a dispersar sus fuerzas por todo el continente americano.

España entró oficialmente en guerra contra Gran Bretaña en 1779, aunque nunca firmó una alianza militar con las colonias rebeldes ni reconoció su independencia durante el conflicto. La corte de Madrid, bajo el reinado de Carlos III de España, perseguía un objetivo diferente al de Francia: debilitar al Imperio británico y recuperar territorios perdidos tras la Guerra de los Siete Años, especialmente Florida y Menorca. El gobierno español desconfiaba de las ideas revolucionarias que podían extenderse a sus propias colonias americanas, por lo que ayudó a los insurgentes de manera indirecta.

Uno de los principales canales de ayuda fue la ciudad de Nueva Orleans, entonces bajo dominio español. Desde allí partían embarcaciones cargadas con pólvora, fusiles, uniformes, mantas, medicamentos y dinero que remontaban el río Misisipi hasta llegar a las fuerzas de los rebeldes. Gran parte de esos suministros era distribuida por el comerciante Oliver Pollock, quien actuaba como intermediario entre las autoridades españolas y los revolucionarios estadounidenses. 

Otro centro fundamental fue La Habana, uno de los puertos más ricos del Imperio español. En 1781, cuando el ejército de George Washington y las tropas francesas preparaban la campaña decisiva contra los británicos en Yorktown, se necesitaban enormes cantidades de dinero para pagar soldados, transporte y abastecimiento. Las autoridades españolas en Cuba reunieron con rapidez una suma cercana a 500.000 pesos de plata, gran parte obtenida mediante contribuciones extraordinarias de comerciantes y habitantes de La Habana. Ese dinero fue enviado al Caribe y terminó financiando la operación militar que culminó con la rendición británica en Yorktown, considerada la batalla decisiva de la guerra.

Mientras tanto, el gobernador de la Luisiana española, Bernardo de Gálvez, lanzó una brillante campaña militar entre 1779 y 1781. Con una fuerza integrada por soldados españoles, criollos, afrodescendientes libres, indígenas y voluntarios, conquistó sucesivamente los fuertes británicos de Baton Rouge, Natchez, Mobile y finalmente Pensacola, la capital de la Florida Occidental británica.

La captura de Pensacola en 1781 fue un golpe estratégico de enorme magnitud. Con esa victoria, Gran Bretaña perdió el control del Golfo de México y quedó prácticamente eliminada de esa región. Además, España aseguró la navegación por el río Misisipi, una vía vital para el transporte de suministros hacia el interior de Norteamérica.

La campaña de Gálvez produjo otro efecto menos conocido: obligó a los británicos a desviar miles de soldados, barcos y recursos para defender Florida y el Caribe, reduciendo la presión militar sobre el ejército de Washington en las colonias del Atlántico. En términos estratégicos, España contribuyó a que Gran Bretaña tuviera que combatir simultáneamente en varios frentes. 



La deuda con la República de Holanda

Otro acreedor importante fue la República Holandesa. En 1782, gracias a las gestiones diplomáticas de John Adams, Estados Unidos obtuvo importantes préstamos de banqueros de Ámsterdam, fundamentales para estabilizar las finanzas del nuevo país.

Hay que recordar que los Países Bajos eran el principal centro financiero del mundo en el siglo XVIII, algo similar a lo que representa Nueva York o Londres en la actualidad. Ámsterdam concentraba enormes cantidades de capital privado y sus banqueros tenían fama de ser los más confiables de Europa.

En 1782, John Adams logró un éxito diplomático de enorme trascendencia: las Provincias Unidas reconocieron oficialmente la independencia de Estados Unidos. Ese reconocimiento no fue solamente político. Permitió que el nuevo país pudiera pedir dinero en los mercados financieros holandeses como un Estado soberano, algo imposible mientras fuera considerado una simple colonia rebelde.

Pocos meses después, Adams negoció un préstamo de cinco millones de florines holandeses, una cifra extraordinaria para la época. El dinero no provenía del gobierno holandés, sino de un consorcio de prestigiosos banqueros privados de Ámsterdam, entre ellos las casas Wilhem & Jan Willink, Nicolaas & Jacob van Staphorst y De la Lande & Fynje, que colocaban bonos estadounidenses entre los inversionistas europeos.

Existe además una curiosidad financiera: los primeros bonos emitidos por Estados Unidos se vendieron en Holanda antes de que el país tuviera una Constitución federal. En otras palabras, los inversionistas europeos estaban comprando deuda de una nación cuya estructura política todavía era muy precaria.

El préstamo tampoco se destinó únicamente a continuar la guerra. Una parte importante sirvió para pagar intereses de deudas anteriores contraídas con Francia, adquirir suministros militares y sostener el funcionamiento del Congreso Continental, que prácticamente estaba quebrado.

Hay otro dato revelador. Mientras Gran Bretaña esperaba que la joven república colapsara por falta de recursos, los banqueros holandeses consideraron que la credibilidad de Adams y la posibilidad de una futura expansión económica hacían de Estados Unidos una inversión de largo plazo. Fue una apuesta arriesgada, pero extraordinariamente rentable.

Cuando Alexander Hamilton reorganizó la deuda pública en 1790, el cumplimiento puntual de los pagos a esos acreedores holandeses convirtió a Estados Unidos en un deudor confiable. Esa reputación financiera le permitió acceder a nuevos créditos internacionales durante las décadas siguientes y fue uno de los pilares de su desarrollo económico.

Un detalle que suele pasar inadvertido es que la deuda con los banqueros de Ámsterdam sobrevivió a la propia generación de los Padres Fundadores. Estados Unidos continuó amortizando esos préstamos durante muchos años, demostrando que el crédito internacional había pasado a ser una pieza central de la construcción del nuevo Estado.




Al terminar la guerra en 1783, la deuda nacional ascendía aproximadamente a 43 millones de dólares de la época. De ellos, alrededor de 12 millones correspondían a deuda externa y unos 31 millones a deuda interna contraída con soldados, comerciantes y ciudadanos que habían financiado el esfuerzo bélico.

La magnitud de esa deuda generó una crisis política. Bajo los Artículos de la Confederación, el gobierno federal carecía de poder para recaudar impuestos y pagar a sus acreedores. Muchos estados también estaban altamente endeudados, lo que provocó fuertes tensiones sociales. Un ejemplo fue la Rebelión de Shays, protagonizada por agricultores arruinados por los impuestos destinados a pagar las deudas estatales.

La solución llegó con la Constitución de 1787, que otorgó al gobierno federal la facultad de recaudar impuestos. Poco después, el primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, presentó un ambicioso programa financiero. Propuso que el gobierno federal asumiera las deudas de los estados y pagara íntegramente la deuda nacional para fortalecer el crédito internacional y consolidar la autoridad del nuevo Estado.

El llamado "Plan Hamilton" fue aprobado en 1790. Estados Unidos comenzó a cumplir sus obligaciones con los acreedores nacionales y extranjeros, consolidando un sistema financiero que sería la base de su crecimiento económico durante las décadas siguientes.

Existe además una paradoja histórica poco conocida: mientras el nuevo gobierno estadounidense hizo un gran esfuerzo por honrar las deudas contraídas con banqueros europeos y acreedores privados, mantuvo durante décadas disputas por compensaciones prometidas a pueblos indígenas cuyos territorios fueron ocupados tras la independencia. Esa contradicción marcaría buena parte de la expansión territorial del país en los siglos posteriores.

En definitiva, la independencia estadounidense no solo fue una victoria militar, sino también una enorme operación financiera. Sin los préstamos de Francia, España y los Países Bajos, y sin la posterior reorganización de la deuda impulsada por Hamilton, es probable que el nuevo Estado hubiera enfrentado serias dificultades para sobrevivir como nación independiente.


Prof. Walter Onorato

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