Cuando Jefferson y Hamilton financiaron diarios con fondos públicos para librar la primera guerra mediática de Estados Unidos. Mucho antes de que existieran las redes sociales, los gobiernos ya entendían que controlar el relato era una herramienta de poder. En los primeros años de la república estadounidense, Thomas Jefferson y Alexander Hamilton utilizaron recursos estatales, contratos oficiales y cargos públicos para sostener periódicos que defendieran o atacaran las políticas del gobierno de George Washington.
La imagen de los Padres Fundadores de Estados Unidos suele estar rodeada por un aura casi sagrada. En el relato tradicional aparecen como hombres dedicados exclusivamente a construir una república basada en la libertad, la Constitución y la división de poderes. Sin embargo, los primeros años del gobierno federal muestran una realidad bastante más compleja: la batalla por el poder también se libró en los diarios, financiados en buena medida gracias al Estado.
Apenas asumió George Washington la presidencia en 1789, quedó claro que las diferencias entre dos de sus principales colaboradores eran mucho más profundas que simples desacuerdos administrativos. Alexander Hamilton, secretario del Tesoro, impulsaba un gobierno federal fuerte, un banco nacional y una economía apoyada en el crédito público y el desarrollo financiero. Thomas Jefferson, secretario de Estado, desconfiaba de esa concentración de poder y defendía una república más descentralizada, basada en los estados y en los pequeños propietarios rurales.
Pero aquella disputa necesitaba un escenario donde convencer a la opinión pública. Ese escenario fueron los periódicos.
Hamilton comprendió rápidamente el enorme poder de la prensa. Por ello promovió la creación de la Gazette of the United States, dirigida por el periodista John Fenno. Aunque el diario era formalmente privado, recibió un impulso decisivo gracias a contratos oficiales de impresión otorgados por el gobierno federal y al respaldo económico de dirigentes y empresarios federalistas. El propio Hamilton redactaba artículos bajo seudónimo para defender sus proyectos económicos y responder a sus críticos.
En los hechos, la Gazette terminó funcionando como el principal vocero del programa político federalista. Las políticas del Tesoro eran presentadas como indispensables para garantizar la supervivencia de la nueva nación, mientras las críticas eran respondidas con una intensidad poco habitual para la época.
Jefferson observó con preocupación cómo aquel periódico se transformaba en una poderosa herramienta de construcción política. En lugar de mantenerse al margen, decidió responder utilizando mecanismos similares.
En 1791 convenció al periodista y poeta Philip Freneau para instalarse en Filadelfia y fundar la National Gazette. La solución para garantizar la supervivencia económica del nuevo medio fue sencilla: Jefferson nombró a Freneau traductor del Departamento de Estado con un salario financiado por el Tesoro nacional. Oficialmente era un funcionario público. En la práctica, ese ingreso le permitía dedicar buena parte de su tiempo a editar un periódico dedicado a cuestionar sistemáticamente las políticas impulsadas por Hamilton e incluso algunas decisiones del propio gobierno encabezado por Washington.
La contradicción resultaba evidente. Mientras integraba el gabinete presidencial, Jefferson financiaba indirectamente un diario que atacaba al mismo gobierno del que formaba parte. Hamilton denunció inmediatamente el conflicto de intereses y acusó a su rival de utilizar dinero de los contribuyentes para sostener propaganda política. Jefferson respondió recordando que la Gazette of the United States también sobrevivía gracias a contratos oficiales y al respaldo de funcionarios del gobierno.
Washington contemplaba con creciente frustración aquella guerra mediática. El presidente aspiraba a mantener la unidad nacional y observaba cómo sus propios ministros utilizaban los periódicos para enfrentarse públicamente. En su correspondencia privada llegó incluso a calificar a Philip Freneau como "ese bribón", convencido de que su periódico contribuía a erosionar la autoridad presidencial y a profundizar las divisiones políticas.
Lejos de ser una excepción, aquella experiencia marcó el nacimiento de la prensa partidaria estadounidense. Los diarios dejaron de ser simples espacios de información para convertirse en verdaderas armas políticas. Desde sus páginas se publicaban acusaciones de corrupción, denuncias de conspiraciones, ataques personales y extensos artículos escritos bajo seudónimos por los propios dirigentes que disputaban el rumbo de la joven república.
Este episodio también desmonta uno de los grandes mitos de la historia política estadounidense: la supuesta separación absoluta entre el Estado y los medios de comunicación desde el nacimiento del país. La realidad muestra un panorama muy distinto. Tanto Hamilton como Jefferson comprendieron que gobernar implicaba también disputar el relato público, y para hacerlo no dudaron en aprovechar las herramientas que les ofrecía el propio Estado.
La primera gran grieta política de Estados Unidos no comenzó únicamente en el Congreso ni en los despachos del gobierno federal. También nació en las imprentas. Allí, entre contratos públicos, cargos estatales y periódicos militantes, empezó una batalla por la opinión pública que anticipó muchas de las discusiones que aún hoy atraviesan a las democracias contemporáneas. La utilización de recursos públicos para fortalecer medios afines y debilitar a los adversarios políticos, lejos de ser una práctica moderna, acompañó a Estados Unidos desde los mismos años de su fundación.
Prof. Walter Onorato
Facebook - Instagram - Twitter - Threads


No hay comentarios:
Publicar un comentario