Mientras la propaganda antiperonista insiste desde hace décadas en presentar al peronismo como una corriente antisemita, los hechos documentados muestran lo contrario: fue el gobierno de Juan Domingo Perón el que reconoció oficialmente al Estado de Israel y estableció relaciones diplomáticas con el nuevo país en 1949.
En la Argentina existe una operación política que se recicla periódicamente: acusar al peronismo de simpatías nazis o de antisemitismo. Es una idea que circula con insistencia en ciertos sectores de la derecha y del antiperonismo más duro, pero que se derrumba cuando se confronta con los hechos históricos concretos. Uno de los más contundentes es simple, verificable y difícil de negar: fue el gobierno de Juan Domingo Perón el que reconoció oficialmente al Estado de Israel.
La fecha no es un detalle menor. El reconocimiento argentino ocurrió el 31 de mayo de 1949, durante la primera presidencia de Perón. Con esa decisión, la Argentina estableció formalmente relaciones diplomáticas con el nuevo Estado surgido en Medio Oriente apenas un año antes.
El gesto diplomático tuvo consecuencias inmediatas. A partir de ese momento comenzaron a funcionar representaciones oficiales entre ambos países: una legación argentina en Tel Aviv y la correspondiente representación israelí en Buenos Aires. No se trató de una declaración simbólica sino de una decisión de política exterior con efectos institucionales concretos.
Para comprender el alcance de esa decisión hay que retroceder un poco en el tiempo. El Estado de Israel había sido proclamado el 14 de mayo de 1948 por David Ben-Gurion, tras el proceso iniciado en la Organización de las Naciones Unidas con el llamado Plan de Partición de Palestina de la ONU de 1947. Aquella resolución propuso dividir el territorio del Mandato británico de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe.
El nacimiento de Israel abrió un complejo escenario diplomático internacional. Muchos países debatían si reconocer o no al nuevo Estado mientras el conflicto regional escalaba rápidamente. En ese contexto, Argentina adoptó una posición inicial cauta: en la votación de la ONU de 1947 se abstuvo. Sin embargo, dos años después el gobierno peronista dio el paso definitivo al reconocer formalmente al nuevo país.
Ese dato histórico resulta incómodo para quienes intentan instalar una narrativa que asocia al peronismo con el nazismo o con posiciones antisemitas. Porque si algo demuestra el reconocimiento diplomático es exactamente lo contrario: el gobierno peronista legitimó institucionalmente la existencia del Estado judío y estableció vínculos oficiales con él.
La operación discursiva que intenta pintar a Perón como antisemita suele apoyarse en simplificaciones o directamente en falsedades. La historia real, en cambio, muestra un panorama más complejo. La Argentina peronista mantuvo relaciones con múltiples países y bloques internacionales en un contexto marcado por el inicio de la Guerra Fría. La política exterior buscaba autonomía y equilibrio, no alineamientos automáticos.
Dentro de ese marco, el reconocimiento a Israel fue una decisión política clara. No se trató de un gesto menor ni de un hecho marginal. Fue el reconocimiento jurídico pleno de un nuevo Estado surgido en el escenario internacional.
Además, Argentina albergaba —y alberga— una de las comunidades judías más importantes de América Latina. Esa realidad social también formaba parte del contexto interno en el que se tomaban las decisiones diplomáticas. Presentar a un gobierno que reconoce oficialmente al Estado judío como un régimen antisemita no resiste el menor análisis histórico serio.
Sin embargo, la acusación persiste. No por evidencia, sino por utilidad política. Desde mediados del siglo XX el antiperonismo más radical construyó un repertorio de acusaciones destinadas a demonizar al movimiento. Dentro de ese repertorio aparece periódicamente la supuesta conexión entre peronismo y nazismo, una narrativa que se repite sin atender a los hechos.
El reconocimiento argentino a Israel en 1949 funciona como un recordatorio incómodo para esa construcción propagandística. Porque los documentos diplomáticos no son opiniones: son registros oficiales del Estado. Y esos registros muestran que el gobierno de Perón no sólo aceptó la existencia de Israel, sino que estableció relaciones diplomáticas formales con él.
La historia, cuando se la examina sin prejuicios ideológicos, suele ser menos conveniente para las simplificaciones políticas. En este caso, el dato es claro: el presidente que reconoció al Estado de Israel fue Juan Domingo Perón.
Por eso cada vez que se repite la acusación de antisemitismo contra el peronismo conviene volver a los hechos. La cronología diplomática habla por sí sola. Y lo que muestra es que la narrativa que intenta vincular al peronismo con el nazismo no se sostiene sobre evidencia histórica, sino sobre una tradición de propaganda política que lleva décadas intentando reescribir el pasado.
Prof. Walter Onorato
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