El mito del “oro de Perón”: los números del Banco Central que derriban la historia de los lingotes que “no entraban” en las bóvedas
Durante décadas, uno de los relatos más repetidos por el antiperonismo sostuvo que Juan Domingo Perón recibió en 1946 una Argentina con las bóvedas del Banco Central desbordadas de oro. La imagen es potente: pasillos bloqueados por lingotes, reservas acumuladas durante la guerra y un nuevo gobierno que, según esa versión, habría encontrado una verdadera montaña de riqueza para después dilapidarla.
El problema es que cuando la historia abandona el terreno de la leyenda y se la confronta con los registros disponibles, las dimensiones del mito comienzan a achicarse.
La historia del supuesto “oro de Perón” se convirtió con los años en uno de los relatos más persistentes del antiperonismo. Su formulación más conocida sostiene que, cuando Perón asumió la Presidencia en 1946, el Banco Central estaba prácticamente abarrotado de lingotes.
El historiador Félix Luna atribuyó al propio Perón una frase pronunciada en 1946 según la cual los pasillos del Banco Central estaban tan llenos de oro que resultaba difícil caminar por ellos. Esa afirmación fue retomada posteriormente en publicaciones periodísticas como una pieza central de la historia.
En 2003, por ejemplo, La Nación publicó un artículo titulado “Memoria: el oro con el que se tropezó Perón”. Allí, además de recuperar aquella referencia atribuida a Perón, se incorporaron los testimonios de dos oficiales retirados de la marina mercante que aseguraron haber presenciado embarques de oro destinados a la Argentina.
Uno de ellos fue Carlos Suburo, quien relató que, siendo oficial del buque Río Luján, había visto descargar 27 cuñetes con oro destinados al Banco Central. El otro, Luis Fabián Boano, capitán del Río Atuel, mencionó otros 13 cuñetes.
A primera vista, el relato parece contundente. Hay una frase atribuida a Perón, testimonios de marinos y una imagen que durante años fue utilizada en redes sociales para reforzar la idea de que el Banco Central estaba literalmente rebalsado de oro.
Pero hay un problema elemental: las fechas.
Suburo ubicó el embarque de los 27 cuñetes en diciembre de 1943. Según su relato, habían partido desde Nueva Orleans el 7 de diciembre y arribado a Buenos Aires el 29 de ese mismo mes.
Perón, sin embargo, todavía no era presidente.
La primera consecuencia de esa precisión temporal es evidente: aun aceptando el testimonio como verdadero, aquel supuesto cargamento habría llegado a la Argentina más de dos años antes de que Perón asumiera la Presidencia.
Pero hay una segunda cuestión, todavía más importante: ¿qué dicen los registros oficiales del Banco Central?
Los datos históricos del BCRA permiten conocer la evolución de las existencias de oro. Y allí aparece una cifra particularmente significativa.
A diciembre de 1946, las existencias de oro estaban valuadas en 1.710,70 millones de pesos moneda nacional. Ese registro corresponde, además, al nivel más elevado del período comprendido entre diciembre de 1941 y diciembre de 1946.
Es decir que, si se quisiera concederle al mito la mayor ventaja posible, habría que tomar justamente el momento en el que las reservas de oro alcanzaron su mayor valor dentro de ese período.
El paso siguiente consiste en traducir aquella cifra a dólares.
En diciembre de 1946 existía un mercado cambiario desdoblado, con una cotización oficial y otra correspondiente al denominado mercado libre. Tomando esta última, de 410,50 pesos moneda nacional por cada 100 dólares, el valor del stock de oro alcanzaba aproximadamente los 416,74 millones de dólares.
Pero una cifra expresada en dinero todavía no permite visualizar cuánto metal significaba.
Para hacerlo hay que recurrir a la cotización internacional del oro. En 1946, el valor promedio de una onza troy de oro de 24 quilates era de 38,25 dólares.
La onza troy equivale a 31,1034768 gramos.
Con esos valores, los 416,74 millones de dólares correspondientes al stock de oro del país equivalían a aproximadamente 10.895.051 onzas troy.
En términos métricos, eso representaba unas 338,87 toneladas de oro.
La cifra puede parecer gigantesca. Casi 339 toneladas de oro no son precisamente una cantidad menor.
Pero acá aparece la pregunta decisiva: ¿cuánto espacio ocupaban físicamente?
Porque el mito no habla simplemente de que Argentina tenía mucho oro. Habla de lingotes acumulados en tal cantidad que supuestamente desbordaban las bóvedas e incluso dificultaban el tránsito por los pasillos.
Para aproximarse a esa cuestión hay que establecer un patrón de referencia.
Uno de los lingotes más utilizados internacionalmente es el denominado Good Delivery Bar, de aproximadamente 430 onzas troy. Sus dimensiones de referencia son 250 milímetros de largo, 70 milímetros de ancho y 35 milímetros de espesor.
Con ese estándar, la cantidad de oro registrada para diciembre de 1946 equivaldría a unos 27.238 lingotes.
Ahora bien: 27.238 lingotes suenan como una cantidad descomunal.
Pero el volumen importa.
Tomando las dimensiones de referencia de esos lingotes, todo ese oro ocuparía aproximadamente 16,7 metros cúbicos.
Para ponerlo en términos cotidianos, la comparación utilizada en el material original resulta particularmente gráfica: una baulera de aproximadamente cuatro metros de largo, 1,67 metros de ancho y 2,5 metros de alto.
Ahí aparece una contradicción entre la imagen del mito y la dimensión física del metal.
La historia habla de un oro que habría invadido los pasillos del Banco Central.
Los cálculos realizados sobre el stock máximo registrado para el período analizado indican que, utilizando como referencia lingotes convencionales, el volumen total sería de alrededor de 16,7 metros cúbicos.
No se trata de negar la existencia de una importante reserva de oro. Los propios registros muestran que la Argentina disponía de una cantidad considerable.
Lo que queda cuestionado es otra cosa: la imagen de una bóveda incapaz de contenerla.
Y hay otro elemento que vuelve todavía más problemática la historia de los famosos cuñetes.
Un cuñete es un pequeño barril utilizado habitualmente para transportar líquidos y cuya capacidad ronda los 18,9 litros.
Si estuviera lleno de agua, su contenido tendría una masa cercana a los 19 kilogramos.
Pero si se tratara de oro, la historia cambia radicalmente. Debido a la enorme densidad del metal, llenar completamente un recipiente de ese volumen con oro supondría una masa cercana a los 358 kilogramos.
Eso permite dimensionar uno de los testimonios citados en la historia.
Suburo afirmó que 27 cuñetes fueron cargados por solamente dos soldados, a quienes describió como “dos gorilas, verdaderos mastodontes”.
Si aquellos recipientes hubieran estado realmente llenos de oro hasta ocupar los 18,9 litros de capacidad, estaríamos hablando de casi diez toneladas de metal.
El problema, nuevamente, no es solamente creer o no creer en el testimonio. Es confrontarlo con las magnitudes físicas y con los registros documentales disponibles.
Y entonces aparece otra grieta en el relato.
Según la propia historia, aquellos 27 cuñetes partieron de Nueva Orleans el 7 de diciembre de 1943 y llegaron a Buenos Aires el 29 de diciembre.
Los registros del Banco Central consultados en el material no muestran un ingreso extraordinario de lingotes correspondiente a esas fechas ni en los meses posteriores.
La cronología tampoco coincide con la imagen política que el mito intenta construir.
Perón llegó a la Presidencia en 1946. El supuesto cargamento mencionado por el marino habría llegado en 1943.
La historia del “oro de Perón” necesita, por lo tanto, hacer algo bastante extraño: colocar en el escenario de 1946 un cargamento que, según el propio relato utilizado como evidencia, habría llegado tres años antes.
Pero todavía queda una de las pruebas visuales más difundidas.
Durante la última campaña presidencial circularon en Twitter publicaciones acompañadas por una fotografía que supuestamente mostraba al Directorio del Banco Central poco antes de la llegada de Perón al poder.
La fotografía parecía perfecta para alimentar la leyenda.
En ella aparecían funcionarios junto a una enorme cantidad de lingotes. El mensaje que acompañaba la imagen afirmaba que aquellos lingotes no entraban en las bóvedas y que posteriormente habían sido “despilfarrados en populismo”.
El problema es que la fotografía no correspondía al Banco Central argentino.
La investigación mencionada en el material permite establecer que la imagen había sido tomada en 1944 y que aquella bóveda no pertenecía al Banco Central de la República Argentina, sino a la cámara de oro del Banco de España.
Los hombres que aparecían en la fotografía tampoco eran funcionarios del BCRA. Pertenecían al Instituto Español de Moneda Extranjera.
Una imagen utilizada para demostrar una historia argentina terminaba siendo una fotografía española.
El detalle no es menor.
Porque los mitos históricos suelen funcionar precisamente así: toman un dato real, una imagen verdadera, un testimonio, una frase o un episodio y los ensamblan en una narración que termina produciendo una conclusión mucho más contundente que las evidencias originales.
En este caso, sí existían reservas de oro.
Sí había oro acumulado durante los años de guerra.
Sí hubo embarques de oro.
Sí existieron importantes reservas metálicas en la Argentina.
Pero una cosa es afirmar eso y otra muy diferente es sostener que Perón encontró un Banco Central cuyos pasillos estaban bloqueados por lingotes.
Los propios números permiten observar la diferencia.
En diciembre de 1946, el mayor stock de oro registrado en el período 1941-1946 equivalía, según los cálculos expuestos, a unas 338,87 toneladas. Convertido a lingotes de referencia de 430 onzas troy, eran unos 27.238 lingotes.
Parece una montaña de oro.
Sin embargo, en términos volumétricos, esos lingotes ocuparían alrededor de 16,7 metros cúbicos.
La distancia entre ambas imágenes es precisamente el terreno donde se construye el mito.
Una cosa es una enorme cantidad de oro expresada en toneladas. Otra es imaginar esa cantidad desbordando físicamente un edificio y bloqueando pasillos.
La discusión, entonces, no debería ser si la Argentina tenía oro en 1946. Los registros muestran que lo tenía.
La cuestión histórica interesante es otra: cómo una existencia real de reservas terminó transformándose, con el paso de las décadas, en una imagen mucho más espectacular: la del oro que “rebalsaba” las bóvedas y que un gobierno habría recibido para luego dilapidarlo.
El relato sobrevivió durante décadas porque resulta sencillo, visual y políticamente funcional. La contabilidad histórica, en cambio, es bastante menos espectacular.
No hay una fotografía impactante de una planilla contable. No hay una escena cinematográfica de pasillos tapizados de lingotes. No hay un relato épico.
Hay fechas, registros, conversiones, pesos, volúmenes y documentos.
Y cuando esas cifras se ponen sobre la mesa, la leyenda empieza a perder parte de su brillo.
Quizás esa sea la razón por la que el mito del “oro de Perón” continúa reapareciendo cada cierto tiempo. No porque la historia sea necesariamente difícil de comprobar, sino porque las leyendas políticas suelen sobrevivir mejor que los documentos que podrían cuestionarlas.
Al final, la pregunta no es solamente cuánto oro había.
La pregunta es cuánto de aquella historia ocurrió realmente y cuánto fue agregado después.
Y ahí aparece una vieja paradoja: puede resultar mucho más sencillo construir un prejuicio histórico que desarmarlo con números.
Como resume la frase atribuida a Albert Einstein utilizada en el material original: “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

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