En 1963, Pedro Eugenio Aramburu convirtió el "No vuelven más" en el símbolo de un antiperonismo convencido de haber derrotado para siempre al movimiento nacido en 1945. Más de sesenta años después, la misma consigna reaparece en parte del discurso libertario. La historia no demuestra que las épocas sean iguales, pero sí ofrece una advertencia sobre quienes anuncian el final definitivo de un adversario político profundamente arraigado en la sociedad argentina.
Las palabras tienen memoria. Atraviesan gobiernos, sobreviven a las generaciones y, en ocasiones, regresan con una fuerza inesperada. Una de ellas es la consigna "No vuelven más". Hoy vuelve a escucharse en actos, declaraciones públicas y redes sociales de dirigentes, militantes y simpatizantes identificados con el espacio libertario cuando se refieren al peronismo. Para muchos parece una expresión nacida del clima político actual. Sin embargo, la historia argentina ya conoció esa frase. Y también conoció su desenlace.
La escena original ocurrió en 1963.
Ocho años antes, el golpe de Estado de septiembre de 1955 había derrocado al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. La autodenominada Revolución Libertadora se presentó como la restauración de la República, pero su objetivo político fue mucho más amplio que el reemplazo de un presidente. Buscó desmontar el movimiento político y social que había transformado la Argentina desde 1945. El Partido Peronista fue proscripto, la CGT intervenida, dirigentes sindicales encarcelados, militantes perseguidos y el Decreto Ley 4161 llegó incluso a prohibir mencionar los nombres de Juan Domingo Perón y Eva Perón, exhibir sus imágenes o cantar la Marcha Peronista.
Detrás de esas medidas existía una convicción que atravesaba al antiperonismo más duro: el peronismo debía desaparecer de la vida política nacional.
Esa expectativa encontró su formulación más explícita cuando Pedro Eugenio Aramburu, principal conductor de la dictadura entre 1955 y 1958, decidió competir en las elecciones presidenciales de 1963 al frente de la Unión del Pueblo Argentino (UDELPA). Su campaña eligió un lema destinado a convertirse en una pieza clásica de la historia política argentina: "Vote a UDELPA y no vuelve más".
No era simplemente un eslogan electoral.
Era la síntesis de ocho años de proscripciones, persecuciones y censura. Expresaba la certeza de que el peronismo había sido derrotado definitivamente y que el tiempo terminaría haciendo desaparecer una identidad política que, según esa mirada, dependía exclusivamente del liderazgo de Perón.
La realidad fue muy distinta.
Las elecciones presidenciales de 1963 constituyeron un severo revés para Aramburu. Arturo Illia obtuvo 2.441.064 votos, equivalentes al 25,15 % del total. Oscar Alende reunió 1.593.002 sufragios, el 16,4 %. Pedro Eugenio Aramburu quedó relegado al tercer lugar con apenas 726.861 votos, apenas el 7,5 % del electorado.
Sin embargo, la cifra más elocuente fue otra.
El voto en blanco, impulsado por el peronismo proscripto como forma de desconocer un proceso electoral que excluía al principal movimiento político del país, alcanzó 1.884.435 sufragios, el 19,4 % del total de los votos emitidos. Es decir, casi tres veces más argentinos eligieron votar en blanco que acompañar la candidatura del hombre que había prometido que el peronismo "no volvía más".
La historia produjo entonces una ironía difícil de ignorar.
Quien había llegado al poder mediante un golpe de Estado y pretendía legitimar aquel proyecto en las urnas descubría que ni siquiera con el peronismo prohibido conseguía construir una mayoría electoral. La consigna que anunciaba el final definitivo del movimiento era desmentida por la propia sociedad argentina.
Más de seis décadas después, aquella frase volvió a instalarse en el debate público. El contexto es completamente distinto. La Argentina de hoy no vive bajo un régimen de proscripción, las instituciones democráticas funcionan y los actores políticos pertenecen a otra época. Sería un error historiográfico confundir ambos escenarios.
Pero también sería un error ignorar la continuidad de ciertos discursos.
En ambos momentos aparece una misma representación del adversario político: la convicción de que el peronismo constituye una experiencia agotada, destinada a desaparecer y cuyo regreso debe impedirse o descartarse como una posibilidad histórica.
Ese paralelismo resulta significativo porque permite observar cómo determinadas tradiciones del antiperonismo conservan una forma similar de interpretar la política argentina. No se trata únicamente de disputar elecciones o de confrontar programas de gobierno. Se trata de anunciar el final de un movimiento político que, desde hace ocho décadas, ha demostrado una notable capacidad para reorganizarse después de derrotas, proscripciones, crisis internas y cambios de liderazgo.
La historia no ofrece certezas sobre el futuro. Tampoco convierte los procesos políticos en ciclos inevitables. Ningún historiador serio puede afirmar que lo ocurrido en 1963 deba repetirse en el presente.
Lo que sí permite hacer es advertir sobre los límites de ciertas certezas políticas.
La experiencia de Aramburu demuestra que declarar muerto a un movimiento popular no equivale a haberlo derrotado. Las identidades políticas arraigadas en amplios sectores sociales rara vez desaparecen porque sus adversarios así lo proclamen. Pueden transformarse, fragmentarse, perder elecciones o atravesar profundas crisis. Pero su desaparición nunca depende únicamente de la voluntad de quienes los enfrentan.
Existe, además, otro elemento que conecta ambos momentos históricos.
En 1955, el antiperonismo más radical interpretó que el problema argentino era la existencia misma del peronismo. En la actualidad, parte del discurso libertario vuelve a construir al peronismo como el principal obstáculo para el desarrollo nacional y como el origen de todos los males del país. Las diferencias entre ambos procesos son evidentes y responden a contextos históricos distintos. Sin embargo, el mecanismo discursivo presenta un rasgo común: convertir al peronismo en el enemigo absoluto cuya desaparición resolvería los problemas estructurales de la Argentina.
La historia de 1963 invita a observar esa idea con prudencia.
El "No vuelven más" de Aramburu terminó convirtiéndose en una de las mayores ironías de la política argentina. El hombre que creyó haber clausurado definitivamente una etapa terminó obteniendo apenas el 7,5 % de los votos, mientras casi dos millones de argentinos utilizaban el voto en blanco para demostrar que el peronismo seguía vivo a pesar de la proscripción.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza que el pasado ofrece al presente.
La democracia no se construye anunciando la desaparición del adversario, sino aceptando que ninguna fuerza política con profundas raíces sociales puede ser borrada por una consigna. La primera vez que el antiperonismo proclamó con fuerza que el peronismo "no volvía más", fueron las urnas las que respondieron. Más de sesenta años después, esa experiencia histórica sigue recordando que las consignas pueden expresar deseos políticos, pero es la sociedad quien termina decidiendo si esos deseos se convierten o no en realidad.
Prof. Walter Onorato
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