Un artículo de 1953 revela la visión de Perón sobre Estado y organización social.
El pueblo se organiza: el mensaje de Perón en 1953 que convirtió a la organización en una política de Estado. En octubre de 1953, en plena consolidación del Segundo Plan Quinquenal, Juan Domingo Perón publicó un artículo en Mundo Peronista donde sostuvo que el principal desafío de la Argentina ya no era la iniciativa individual sino la capacidad de organizar a la comunidad. El documento refleja una concepción del Estado, la economía y la democracia que marcaría al peronismo y que aún hoy sigue alimentando el debate político argentino.
El 1 de octubre de 1953, la revista Mundo Peronista publicó en su edición N.º 51 un artículo firmado por Juan Domingo Perón bajo un título que sintetizaba una de las ideas centrales del proyecto justicialista: "El pueblo se organiza".
No era un texto menor ni una reflexión aislada. Formaba parte de una estrategia política mucho más amplia que buscaba transformar la relación entre el Estado, los trabajadores, los empresarios y las organizaciones sociales. Apenas un año antes había comenzado el Segundo Plan Quinquenal, que proponía una nueva etapa del desarrollo argentino basada en el aumento de la productividad, la planificación económica y la organización institucional de la denominada "comunidad organizada".
El artículo constituye hoy un documento histórico que permite comprender cómo concebía Perón el funcionamiento de una sociedad moderna y cuál era el papel que asignaba tanto al Estado como a las organizaciones intermedias.
Una crítica al individualismo económico
Desde las primeras líneas del artículo, Perón desarrolla una reflexión que cuestiona uno de los pilares del liberalismo económico clásico: la idea de que la suma de iniciativas individuales basta para garantizar el bienestar general.
El presidente no niega la importancia del esfuerzo personal ni de la iniciativa privada. Por el contrario, reconoce explícitamente que los hombres son capaces de crear empresas, generar riqueza e impulsar el progreso económico. Sin embargo, sostiene que esa capacidad creadora, si actúa de manera aislada, resulta insuficiente para asegurar la continuidad del desarrollo.
Escribe:
"Los hombres pueden crear y pueden, con su iniciativa, llevar adelante grandes empresas. Pero el actual problema del mundo no consiste en que una iniciativa cree una gran empresa. La empresa será poderosa pero frágil. El actual problema del mundo es consolidar y asegurar mediante una organización la existencia de esas empresas que los hombres crean."
La afirmación revela una diferencia fundamental con la concepción liberal. Mientras ésta deposita su confianza en el funcionamiento espontáneo del mercado y en la competencia entre individuos, Perón entiende que la verdadera fortaleza económica no depende solamente de la capacidad de emprender, sino de la existencia de instituciones que otorguen estabilidad, coordinación y continuidad a esa iniciativa.
La frase central del artículo resume esa idea:
"La crisis no es de iniciativa, sino de esfuerzo; la crisis del mundo es de estabilidad."
Leída en el contexto de 1953, la expresión adquiere una dimensión mucho más amplia. Apenas habían transcurrido ocho años desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Europa reconstruía sus economías con el Plan Marshall, Estados Unidos consolidaba su liderazgo industrial y financiero, mientras la Unión Soviética expandía su influencia en el bloque socialista. El mundo ingresaba en la Guerra Fría, una etapa en la que las potencias discutían no sólo el control geopolítico, sino también cuál era el modelo económico más eficiente para garantizar crecimiento y estabilidad.
Perón observaba ese escenario con una lectura propia. Para él, las grandes crisis del capitalismo —desde la Gran Depresión de 1929 hasta las dificultades económicas de la posguerra— demostraban que la libertad económica absoluta no era capaz de corregir por sí sola los desequilibrios sociales ni las recurrentes inestabilidades financieras. Consideraba que la competencia sin coordinación podía generar riqueza en determinados sectores, pero también concentración económica, conflictos sociales y vulnerabilidad frente a las crisis internacionales.
Por eso afirmaba que el problema no era producir más iniciativas individuales, sino construir mecanismos permanentes de cooperación entre empresarios, trabajadores y Estado. La organización aparecía así como una condición indispensable para transformar el crecimiento económico en un desarrollo sostenible.
Esta mirada no implicaba una negación de la propiedad privada ni de la actividad empresarial. En realidad, proponía subordinar ambas al interés nacional y articularlas dentro de un proyecto colectivo. En la doctrina justicialista, la empresa privada debía cumplir una función social y contribuir al desarrollo del conjunto de la comunidad, evitando que la búsqueda exclusiva del beneficio individual terminara debilitando al propio sistema económico.
En ese sentido, el artículo refleja una concepción profundamente influenciada por la experiencia argentina de la industrialización por sustitución de importaciones. Para Perón, el Estado debía actuar como organizador de las fuerzas económicas, promoviendo acuerdos entre los distintos actores sociales y garantizando que el crecimiento beneficiara al conjunto de la Nación. La organización no era presentada como un límite a la iniciativa privada, sino como la condición necesaria para que esa iniciativa pudiera consolidarse, perdurar y servir al interés general.
Setenta años después, el planteo conserva vigencia en un debate que continúa atravesando a la economía argentina: hasta qué punto el mercado puede autorregularse y cuál debe ser el papel del Estado en la planificación, la regulación y la articulación de los distintos intereses sociales. El artículo de Mundo Peronista constituye, en ese sentido, una formulación temprana y particularmente clara de la respuesta que el peronismo dio a esa discusión.
La organización como garantía de estabilidad
El Estado como árbitro del interés general
Uno de los aspectos más significativos del documento aparece cuando Perón define cuál debe ser la función del Estado dentro de la organización de la comunidad. En una época marcada por la confrontación entre el liberalismo económico y las economías de planificación centralizada, el líder justicialista propone una tercera posición en la que el Estado no es un mero espectador de la vida económica ni un propietario absoluto de los medios de producción, sino el garante del interés general.
Lejos de limitarse a administrar servicios públicos o intervenir únicamente cuando el mercado fracasa, Perón sostiene que corresponde al Estado asumir una responsabilidad permanente en la defensa de los intereses comunes de toda la comunidad. Esa tarea implica coordinar, armonizar y orientar la acción de los distintos sectores sociales para evitar que el predominio de intereses particulares termine perjudicando al conjunto de la Nación.
El artículo señala que las organizaciones económicas deben actuar ante el Estado representando intereses generales y no simplemente beneficios sectoriales o individuales. Para Perón, la legitimidad de esas organizaciones radica precisamente en su capacidad para expresar necesidades colectivas y contribuir al desarrollo nacional.
Lo expresa con una frase que sintetiza toda su concepción política:
"Es obligación del Estado defender los intereses mancomunados de todos."
La expresión "intereses mancomunados" no es casual. Remite a la idea de que la sociedad constituye una comunidad de destino compartido, donde trabajadores, empresarios, productores, profesionales y consumidores no son actores enfrentados de manera permanente, sino partes de un mismo cuerpo social cuyos intereses últimos convergen en la prosperidad de la Nación.
Esta concepción ocupa un lugar central en la doctrina justicialista de la Comunidad Organizada, desarrollada por Perón desde fines de la década de 1940 y sistematizada en la obra homónima publicada en 1949. Allí sostenía que una democracia verdaderamente social no podía reducirse al ejercicio periódico del voto, sino que debía construirse sobre instituciones capaces de representar orgánicamente a los distintos sectores de la sociedad y participar activamente en la formulación de las políticas públicas.
Desde esa perspectiva, el Estado deja de ser un simple aparato administrativo para convertirse en el árbitro encargado de equilibrar intereses, prevenir conflictos y asegurar que las decisiones económicas respondan al bien común antes que a la lógica exclusiva del beneficio privado. Su autoridad no deriva únicamente del poder político, sino de la responsabilidad de preservar la justicia social, la independencia económica y la soberanía nacional, los tres principios que el peronismo definía como las banderas fundamentales del Justicialismo.
Por ello, el proyecto peronista no proponía eliminar la iniciativa privada ni avanzar hacia una estatización completa de la economía, como ocurría en los países del bloque soviético. Tampoco aceptaba el modelo liberal que dejaba el funcionamiento económico librado exclusivamente al mercado. La propuesta consistía en integrar trabajadores, empresarios, cooperativas, sindicatos, organizaciones profesionales y entidades de la producción dentro de un sistema coordinado por el Estado, donde cada actor conservara su autonomía, pero actuara en función de objetivos nacionales compartidos.
En ese esquema cobraba especial importancia el desarrollo de las organizaciones intermedias. Los sindicatos, las asociaciones empresariales, las cooperativas y los consejos profesionales no eran concebidos únicamente como grupos de presión, sino como instituciones llamadas a canalizar demandas legítimas y colaborar con el Estado en la elaboración de políticas económicas y sociales. La representación organizada de los distintos sectores debía reemplazar la competencia desordenada por mecanismos de concertación y cooperación.
Esta visión encontraba también sustento en el contexto internacional de la posguerra. Mientras numerosos países europeos ampliaban la intervención estatal mediante la creación del Estado de bienestar y Estados Unidos consolidaba mecanismos de regulación económica heredados del New Deal, Perón interpretaba que la experiencia histórica había demostrado los límites del laissez-faire absoluto. Para el líder justicialista, las grandes crisis del siglo XX habían evidenciado que el mercado, por sí solo, no garantizaba ni estabilidad ni justicia social, por lo que el Estado debía asumir un papel activo en la conducción del desarrollo.
Más de siete décadas después, estas ideas continúan siendo objeto de debate. Las discusiones contemporáneas sobre el alcance de la intervención estatal, la regulación de los mercados, el papel de los sindicatos o la planificación económica remiten, en buena medida, a los mismos interrogantes que Perón planteaba en este artículo de 1953: ¿quién representa el interés general cuando los distintos sectores sociales persiguen objetivos contrapuestos? ¿Puede el mercado resolver por sí solo esos conflictos o es necesaria una autoridad pública capaz de arbitrar entre ellos? En El pueblo se organiza, la respuesta del líder justicialista es inequívoca: sólo un Estado comprometido con el bien común puede garantizar que el desarrollo económico fortalezca a toda la comunidad y no únicamente a quienes concentran mayor poder económico.
El contexto de 1953
El momento de publicación resulta especialmente relevante. En 1953 la Argentina atravesaba una etapa compleja.
Tras los años de fuerte expansión económica impulsada por las reservas acumuladas durante la Segunda Guerra Mundial, el país enfrentaba problemas derivados de la caída de los precios internacionales, la escasez de divisas y dificultades para sostener el crecimiento industrial.
El gobierno respondió mediante el Segundo Plan Quinquenal, que promovía:
aumentar la productividad;
racionalizar el gasto;
impulsar inversiones industriales;
fortalecer la producción agropecuaria;
profundizar la planificación económica.
En ese marco, la organización de los distintos sectores sociales aparecía como una condición necesaria para evitar conflictos permanentes y asegurar el desarrollo nacional.
La Comunidad Organizada
Las ideas expresadas por Perón en Mundo Peronista no constituyen una reflexión aislada, sino que forman parte de una concepción política mucho más amplia que comenzó a desarrollarse durante su primer gobierno y que alcanzó su formulación doctrinaria en el Congreso Nacional de Filosofía, realizado en Mendoza en 1949. Allí pronunció el discurso que posteriormente sería publicado bajo el título La Comunidad Organizada, una de las obras fundamentales del pensamiento justicialista.
El concepto surgía como una respuesta a los profundos cambios que atravesaba el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Perón entendía que tanto el liberalismo económico del siglo XIX como las experiencias revolucionarias inspiradas en el marxismo habían mostrado limitaciones para construir sociedades estables, justas y cohesionadas. Mientras el primero privilegiaba al individuo y confiaba en que el libre mercado resolvería espontáneamente los problemas sociales, el segundo colocaba el conflicto entre clases como motor de la historia y proponía la estatización de los principales medios de producción.
Frente a esos dos modelos, el justicialismo pretendía construir una Tercera Posición, capaz de superar tanto el individualismo liberal como la confrontación permanente entre capital y trabajo planteada por el marxismo. La sociedad debía organizarse sobre la base de la cooperación antes que de la competencia irrestricta, y del diálogo institucional antes que de la lucha como mecanismo permanente de resolución de los conflictos.
En esa perspectiva, Perón sostenía que la sociedad no era una simple suma de individuos aislados, sino una comunidad integrada por múltiples organizaciones que expresaban intereses legítimos y permanentes. Los sindicatos representaban a los trabajadores; las asociaciones empresariales, al sector productivo; las cooperativas, a los pequeños productores y consumidores; las organizaciones profesionales, a los distintos cuerpos técnicos; y las entidades civiles, a una amplia diversidad de intereses sociales. Todas ellas debían participar activamente en la construcción del proyecto nacional.
Esta concepción implicaba reconocer que entre el individuo y el Estado existía un amplio entramado de organizaciones intermedias cuya función era canalizar demandas, representar intereses colectivos y contribuir a la elaboración de políticas públicas. Para Perón, una democracia verdaderamente participativa no podía limitarse al voto periódico, sino que debía incorporar de manera permanente a esas instituciones en la vida política y económica del país.
En ese esquema, el Estado no aparecía como un actor enfrentado a la sociedad, sino como el coordinador de ese conjunto de organizaciones. Su misión consistía en armonizar intereses, promover acuerdos y evitar que las diferencias sectoriales derivaran en conflictos capaces de poner en riesgo el desarrollo nacional. La autoridad estatal debía ejercerse con la finalidad de garantizar el bien común, procurando que ningún sector —ya fuera económico, sindical o político— impusiera sus intereses particulares sobre el conjunto de la comunidad.
Esta concepción encontraba expresión concreta en muchas de las políticas impulsadas durante los gobiernos peronistas: la institucionalización de las negociaciones colectivas entre sindicatos y empresarios, la expansión del cooperativismo, la creación de consejos económicos y sociales, la planificación mediante los Planes Quinquenales y el fortalecimiento de las organizaciones sindicales como interlocutores permanentes del Estado. La organización de la comunidad no era concebida únicamente como un principio filosófico, sino como una forma específica de estructurar el funcionamiento de la economía y de la democracia.
No obstante, este modelo también generó críticas desde distintos sectores. Algunos autores señalaron que otorgaba un peso excesivo a las organizaciones corporativas y fortalecía la capacidad del Estado para intervenir sobre la vida económica y social. Desde posiciones liberales se cuestionó que pudiera limitar la autonomía individual y restringir la competencia política. Desde ciertos enfoques marxistas, en cambio, se sostuvo que la búsqueda de armonía entre capital y trabajo ocultaba las desigualdades estructurales propias del sistema capitalista y desalentaba la confrontación social como herramienta de transformación.
Estas discusiones han acompañado al peronismo desde sus orígenes y siguen ocupando un lugar relevante en la historiografía argentina. Para algunos investigadores, la Comunidad Organizada representó un intento original de construir un modelo nacional de democracia social, adaptado a la realidad argentina y distante tanto del liberalismo anglosajón como del socialismo soviético. Para otros, constituyó una forma de organización corporativa que concentró poder en el Estado y limitó la autonomía de las instituciones sociales.
Más allá de esas interpretaciones contrapuestas, el artículo "El pueblo se organiza" demuestra que la organización de la comunidad ocupaba un lugar central en el pensamiento político de Perón. No se trataba simplemente de administrar el Estado o planificar la economía, sino de construir un entramado institucional capaz de integrar a los distintos sectores sociales detrás de un objetivo común: el desarrollo nacional con justicia social, independencia económica y soberanía política. Es precisamente esa concepción la que explica por qué la idea de la Comunidad Organizada continúa siendo, más de siete décadas después, uno de los conceptos más debatidos y estudiados de la historia política argentina.
Un documento que sigue generando discusión
Leído desde el presente, el artículo de 1953 adquiere una sorprendente actualidad.
Mientras buena parte del debate contemporáneo gira alrededor del papel del Estado, la desregulación económica, el mercado y la iniciativa privada, el texto propone exactamente la pregunta inversa: ¿puede una sociedad sostenerse únicamente sobre decisiones individuales?
Para Perón, la respuesta era negativa.
Su argumento era que el desarrollo económico requería instituciones fuertes capaces de coordinar intereses colectivos y garantizar estabilidad.
Esa convicción explica buena parte de las políticas impulsadas durante sus gobiernos: el fortalecimiento de los sindicatos, la creación de organismos de planificación, la expansión de las cooperativas, la promoción de asociaciones empresariales y una presencia activa del Estado en la economía.
Más de siete décadas después, "El pueblo se organiza" continúa siendo mucho más que un artículo periodístico. Es una síntesis de una concepción política que entendía que el progreso nacional no dependía exclusivamente del talento individual, sino de la capacidad de una comunidad para organizarse detrás de objetivos comunes. En una Argentina donde reaparecen con fuerza las discusiones entre Estado y mercado, planificación y desregulación, aquel texto de 1953 conserva un notable valor como fuente histórica para comprender uno de los ejes centrales del pensamiento peronista y las tensiones que siguen atravesando la vida política del país.
Prof. Walter Onorato
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