Hemeroteca: Los árabes amenazan invadir Palestina después del día 15 de mayo de 1948 - HISTORIANDOLA

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Hemeroteca: Los árabes amenazan invadir Palestina después del día 15 de mayo de 1948

La tapa de Clarín del 7 de mayo de 1948 refleja uno de los momentos más explosivos y decisivos del siglo XX: el colapso definitivo del Mandato Británico sobre Palestina y el inminente nacimiento del Estado de Israel en medio de una guerra anunciada. El titular “Abdullah amenaza invadir Palestina después del día 15” no era una exageración periodística. Era la constatación de que Medio Oriente estaba a punto de entrar en una guerra abierta.




El “Abdullah” mencionado en la portada era el rey Abdullah I de Transjordania, monarca aliado de Gran Bretaña y uno de los principales actores árabes de la región. Su amenaza de invadir Palestina después del 15 de mayo hacía referencia a la fecha exacta en la que los británicos abandonarían oficialmente el territorio palestino, poniendo fin al Mandato que administraban desde el fin de la Primera Guerra Mundial.


Para entender el contexto hay que retroceder varias décadas. Tras la caída del Imperio Otomano, Gran Bretaña tomó control de Palestina bajo mandato de la Sociedad de Naciones. Durante años, Londres jugó un doble juego: prometió independencia a los árabes mientras también respaldaba la creación de un “hogar nacional judío” mediante la Declaración Balfour de 1917. Esa contradicción incubó una bomba política y étnica que estallaría después de la Segunda Guerra Mundial.



En 1947, la ONU aprobó el Plan de Partición de Palestina, que dividía el territorio en un Estado judío y otro árabe. Los dirigentes sionistas aceptaron el plan porque legitimaba internacionalmente la creación de Israel. Los países árabes y los palestinos lo rechazaron, denunciándolo como una imposición colonial que entregaba gran parte del territorio a una población inmigrante judía que aún era minoritaria.


Desde fines de 1947 ya existía una guerra civil dentro de Palestina entre milicias judías y fuerzas árabes palestinas. La portada de Clarín aparece precisamente en esos días de caos absoluto: atentados, expulsiones masivas, masacres y ciudades sitiadas. El artículo menciona “encarnizados combates” porque el territorio ya ardía antes incluso de la proclamación formal del Estado de Israel.


El 15 de mayo de 1948 —la fecha mencionada en el titular— ocurrió lo inevitable. David Ben-Gurión declaró la independencia de Israel y, pocas horas después, ejércitos de Egipto, Siria, Irak, Líbano y Transjordania ingresaron en Palestina. Comenzaba oficialmente la Primera Guerra Árabe-Israelí.


La noticia también revela otra cuestión central: el agotamiento del Imperio Británico después de la Segunda Guerra Mundial. Gran Bretaña ya no podía sostener el control de Palestina ni contener la violencia creciente. El texto habla de pedidos para “demorar la entrega del mandato”, lo que demuestra el temor internacional a que la retirada británica dejara un vacío que derivara en una guerra regional. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.


Pero detrás de la narrativa diplomática había un drama humano gigantesco. En esos mismos meses comenzó la Nakba (“catástrofe”, en árabe): el éxodo forzado de más de 700.000 palestinos expulsados o desplazados de sus tierras durante la guerra. Mientras el mundo celebraba el nacimiento de Israel como refugio tras el Holocausto, otra tragedia nacía paralelamente para el pueblo palestino.


Esta tapa de Clarín es una fotografía histórica de un mundo que se estaba reconfigurando después de la Segunda Guerra Mundial. Allí conviven el declive del colonialismo británico, el ascenso del nacionalismo árabe, la consolidación del sionismo político y el inicio de un conflicto que más de 75 años después sigue incendiando Medio Oriente. Lo que aparece como un titular lejano de 1948 es, en realidad, el prólogo de una de las disputas más largas, sangrientas e irresueltas de la historia contemporánea.



¿Quien era Abdullah I de Jordania?

Fue una de las figuras más decisivas y contradictorias del Medio Oriente del siglo XX. Nacido en La Meca en 1882, pertenecía a la dinastía hachemita, una familia árabe que afirmaba descender directamente del profeta Mahoma y que durante siglos controló los lugares sagrados islámicos del Hiyaz.


Su ascenso político estuvo profundamente ligado al derrumbe del Imperio Otomano y a las maniobras coloniales británicas. Durante la Primera Guerra Mundial participó de la llamada “Revuelta Árabe” impulsada por Gran Bretaña contra los turcos otomanos. Londres prometía independencia árabe, pero detrás de esas promesas negociaba secretamente el reparto colonial de Medio Oriente con Francia mediante el acuerdo Sykes-Picot. Abdullah, como muchos líderes árabes de la época, terminaría descubriendo que las potencias europeas utilizaban el nacionalismo árabe mientras diseñaban nuevas formas de dominación.


En 1921 los británicos lo colocaron al frente de Transjordania, un territorio artificial creado por Londres al este del río Jordán para garantizar estabilidad en la región y proteger sus intereses imperiales. Durante décadas gobernó bajo tutela británica, dependiendo económica y militarmente de Inglaterra. En 1946, con el fin formal del mandato británico, se convirtió en el primer rey del nuevo Reino Hachemita de Jordania.


Abdullah I tenía una ambición política mucho más grande que la simple administración de Transjordania. Soñaba con construir una “Gran Siria” bajo liderazgo hachemita, incorporando Palestina, Siria y otros territorios árabes. Esa aspiración explica parte de su intervención en la guerra de 1948 contra Israel. Aunque públicamente defendía la causa árabe palestina, mantuvo negociaciones secretas con dirigentes sionistas y buscó anexar para sí la parte árabe de Palestina. Finalmente, tras la guerra, Jordania ocupó y anexó Cisjordania y Jerusalén Oriental.


Su figura quedó marcada por esa doble política: aliado de Occidente, interlocutor del sionismo y, al mismo tiempo, líder árabe que pretendía presentarse como defensor palestino. Para muchos nacionalistas árabes fue visto como un dirigente pragmático; para otros, directamente como un monarca funcional a los intereses británicos.


El final de Abdullah I fue tan violento como el contexto que ayudó a moldear. El 20 de julio de 1951 fue asesinado en Jerusalén por un militante palestino mientras ingresaba a la mezquita de Al-Aqsa. El magnicidio estuvo vinculado al profundo rechazo que generaban sus negociaciones con Israel y sus aspiraciones sobre Palestina.


Su legado sigue atravesando la historia contemporánea de Medio Oriente. Fue uno de los arquitectos del Estado jordano moderno, pero también un símbolo de las tensiones irresueltas entre nacionalismo árabe, colonialismo europeo y conflicto palestino-israelí.


Prof. Walter Onorato

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