Estados Unidos prometió respetar las tierras del pueblo creek, pero incumplió el tratado que firmó George Washington. El primer gran acuerdo entre el gobierno de Estados Unidos y una nación indígena quedó reducido a una promesa vacía cuando la expansión de los colonos prevaleció sobre la palabra empeñada por el propio presidente George Washington.
En la construcción del relato fundacional de Estados Unidos suele exaltarse a George Washington como el líder que sentó las bases de una república sustentada en la ley y el respeto institucional. Sin embargo, uno de los primeros tratados firmados por su gobierno revela una realidad mucho menos heroica. El Tratado de Nueva York de 1790, celebrado con la Nación Creek, constituye un ejemplo temprano de cómo las promesas hechas a los pueblos indígenas fueron sacrificadas en favor de la expansión territorial.
El acuerdo fue firmado el 7 de agosto de 1790 entre el gobierno federal y la Nación Creek, representada por su principal dirigente, Alexander McGillivray. El objetivo era poner fin a los constantes enfrentamientos provocados por el avance de los colonos sobre las tierras indígenas, especialmente en el territorio de Georgia.
El tratado parecía ofrecer garantías claras. Estados Unidos reconocía oficialmente las fronteras del territorio creek y se comprometía a impedir que los colonos ocuparan esas tierras de manera ilegal. A cambio, los creek cedían una parte de su territorio, aceptaban mantener la paz y establecían relaciones comerciales con el nuevo país.
Sobre el papel, el acuerdo representaba un reconocimiento de la soberanía territorial de la Nación Creek. En los hechos, fue una promesa que el propio gobierno estadounidense no logró —o no quiso— cumplir.
Mientras Washington aseguraba que el territorio indígena sería protegido, miles de colonos continuaron ingresando ilegalmente en las tierras reconocidas por el tratado. Las autoridades federales demostraron una escasa capacidad para frenar esas ocupaciones, mientras los intereses políticos y económicos de los estados fronterizos terminaron imponiéndose sobre los compromisos asumidos con los pueblos originarios.
La consecuencia fue inmediata: la confianza de los creek en el gobierno estadounidense comenzó a desmoronarse. Lo que había nacido como un acuerdo destinado a garantizar la paz terminó alimentando nuevos conflictos y profundizando la violencia en la frontera.
Este incumplimiento no fue un episodio aislado. Por el contrario, inauguró un patrón que se repetiría durante gran parte de la historia de Estados Unidos. Numerosos tratados firmados con distintas naciones indígenas serían vulnerados cuando el crecimiento demográfico, la expansión agrícola o los intereses económicos exigieran nuevas tierras.
Décadas después, la situación alcanzaría un desenlace aún más dramático. Tras la Guerra Creek de 1813-1814 y el avance de las políticas de expulsión indígena, gran parte del pueblo creek fue obligado a abandonar sus territorios ancestrales para ser trasladado al actual Oklahoma, perdiendo las mismas tierras cuya protección había sido garantizada por el gobierno federal años antes.
El Tratado de Nueva York de 1790 deja al descubierto una contradicción difícil de ignorar. Mientras Estados Unidos proclamaba el valor de los acuerdos y del Estado de derecho, incumplía uno de los primeros compromisos diplomáticos asumidos con una nación indígena. La expansión territorial terminó pesando más que la palabra firmada.
Más de dos siglos después, este episodio sigue siendo un recordatorio incómodo de que la historia de Estados Unidos no solo se construyó sobre ideales de libertad e independencia, sino también sobre promesas incumplidas a los pueblos originarios. El caso del pueblo creek demuestra que, desde los primeros años de la república, los tratados podían convertirse en simples instrumentos políticos cuando entraban en conflicto con la ambición de conquistar nuevas tierras.
Prof. Walter Onorato
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